No, no me refiero a quemar los libros, cosa que no entiendo ni en Carvalho, sino a leer a escondidas, una práctica antigua, de cuando los libros eran esas cosas al alcance de tan pocos, unos objetos casi mágicos que encerraban saberes lejos del alcance del común de los mortales, o historias tan excitantes que podían llevar a la locura a las gentes con la imaginación exaltada. Los libros eran la actualización de la manzana, el vehículo que transmitía los saberes que nos están vedados.
Nunca, ni por la temática ni por el autor, en casa me prohibieron ningún libro, por tanto jamás me vi obligada a ocultar que leía, ni lo que leía, como Montag en la novela de Ray Bradbury, y eso que leer a escondidas tiene que añadir un encanto especial a lo escrito, un placer más el placer de lo prohibido.
Mis únicas transgresiones con respecto a la lectura han consistido sólo en leer cuando no debía, básicamente robándole horas al sueño, cosa que sigo haciendo pero ahora sólo cuando un libro me engancha hasta el punto de que aunque apagase la luz no podría dejar de pensar en el destino que les aguarda a los personajes, y en los últimos años me ha ocurrido sólo con Cipriano Salcedo y con Daniel Semper y Julián Carax.
Pero nunca hubo en casa lecturas prohibidas, ya no era la época, sí discusiones sobre autores y obras que nos enseñaron que leer es un acto individual que también sirve para relacionarse luego, cuando se comenta la obra y se intercambian opiniones.


Supongo que ahora sólo se leerán vergonzantemente algunas revistas de esas que se compran por sus grandes artículos de investigación, con las que el impropiamente llamado onanista se encerrará en un retrete, y algunos sitios de internet, aunque la técnica para esto es menos segura que la de encerrarse porque hay que confiar en la tecnología y ésta avanza muy rápido, pero más que porque nadie haya introducido esto en un Índice, porque el sujeto se avergüenza de su conducta por quien sabe qué razones o porque prefiere disfrutar a solas y en silencio, que todo es posible.