Como mi primera aproximación a las sirenas fue por Andersen, casi supuso un choque ver que en la mitología griega las sirenas eran seres alados que simbolizaban las almas de los muertos. Pero al menos, el cuento de Andersen era cruel; si mi primera aproximación hubiera sido con la adaptación babosa de Disney, puede que me hubiese dado un síncope. Claro que no he podido tomarme nunca en serio a la sirenita de Disney porque para mí Ariel sigue siendo el de Los Rodríguez (es que con Tequila no tenía yo fijaciones de ese tipo).

Las sirenas griegas eran hijas del dios-río Aqueloo, o de Forcis, y de una Musa, su número varía según las tradiciones. Cuando se habla de dos, sus nombres son Himeropa «Dulzura» y Teixiepia «Palabra encantadora». Cuando son tres se refieren a Leucosia «Blanca», Ligia «Melodiosa» y Parténope «Voz de la joven». Y cuando son cuatro, Teixepia, Pisíone «Persuasiva», Aglaofeme «Renombrada» y Molpe «Canción». Pero enseguida perdieron sus identidades individuales, y casi siempre son designadas por el nombre común.

Se representaban como pájaros con cabeza humana, y sólo más tarde adoptaron la forma en la que han llegado hasta nosotros, como mujeres con cola de pez, aunque al principio no eran nada sexis (bueno, realmente ahora tampoco lo serán mucho, digo yo, que lo de la cola de pez tiene que echar un poquito hacia atrás hasta al más entusiasta o menos selectivo).
En la tradición que recoge la Odisea, se trata de divinidades del mar situadas a la entrada del estrecho de Sicilia, cerca de los monstruos Caribdis y Escila, en la isla de Antemoesa.
Las sirenas entonaban profecías y canciones inspiradas por el Hades, y el encanto irresistible de sus melodías atraía a los marineros, arrastrándolos a la muerte; si dejaban escapar un navío, debían pagarlo precipitándose al mar y desapareciendo. No solían fracasar, pero Orfeo tuvo una voz más potente que las suyas, y salvó al Argo imponiéndose a sus cantos, y Ulises también resistió, aunque para ello tuvo que hacerse atar al mástil de su navío y tapar con cera los oídos de sus marineros.

Sea como sea, y adopten la forma que adopten, como pájaros, peces o luces, oír sirenas hoy sigue sin anunciar nada bueno.