No hace falta insistir en que el título de esta bitácora hace referencia a mi condición de tiquismiquis (eso cuando hablo yo de mí, los demás podéis tratarme con más cariño, se recompensará : P) así que vine a Valencia (sí, estoy aquí) deseando conocer las Fallas pero suponiendo que iba a sufrir más que otra cosa, porque cuando en mi tierra tiran un miserable petardito yo suelo acordame, no precisamente con cariño, de la madre del engendro (léase niño) que anda por ahí jugando con fuego. Lo que son las cosas, que ahora veo a Vicentet (ni idea de como se llamará, pero le pega mucho porque es moreno y redondito y yo le llamo así) debajo del balcón venga a tirar petardos, a cualquier hora del día o de la noche, con su blusoncito de fallero, y me hace hasta gracia. Lo único que me pregunto es cómo van al cuarto de baño los niños valencianos cuando se han quemado ya las dos manos. Bueno, y también me pregunto cuántos kilómetros camina una fallera con un pasacalles, porque por aquí ayer estuvo una pasando todo el día, calle arriba, cuarto de hora después, calle abajo, hasta cuatro veces el rato que estuve.

En conversaciones previas con algún amigo valenciano ya me había medio convencido de que lo mejor era ver la mascletá frente al Ayuntamiento, pero el primer día me quedé tímidamente al inicio de la calle de las Barcas, porque yo suelo tener buena intención pero dócil, lo que se dice dócil, no soy. Ejem.
Bien, el domingo vi la primera (sosa, según los entendidos, pero a mí me pareció espectacular porque allí no tiran tanta pólvora ni por equivocación; justo en ese momento, cuando la ves por primera vez, te acuerdas de lo que en tu tierra llaman fuegos artificiales, ejem, ejem) y cuando terminó estaba tan excitada (en el mal sentido, para el bueno necesito algo más que un petardo, incluso algo más que kilos de pólvora) que rápidamente envié un mensaje a algunos amigos contándoles que había sobrevivido a mi primera mascletá. Es que no me fío mucho de mí y no sabía si con el ruido yo iba a encogerme como en un bombardeo (bueno, en lo que supongo que será un bombardeo, porque afortunadamente no he vivido ninguno), como me han contado que ha hecho una modelo cuyo nombre no sé en el balcón del Ayuntamiento, y claro, tampoco quería yo dar ese espectáculo. A algún otro personaje ya le he mareado con mis mascletás durante los almuerzos a los que gentilmente me invita el caballero, porque eso es otra cosa que me encanta de Valencia, los almuerzos (no temáis por mi línea, tampoco como tanto y luego me tienen haciendo ejercicio, arriba y abajo, arriba y abajo : P).

Volviendo a las mascletás, no sé porqué tenía yo la idea de que la cosa era mayormente humo y ruido, porque ¡¡¡tienen colores!!! Vale, los de Valencia, no os partáis de risa que os veo, yo qué sabía. Supongo que lo de los colorines es lo que más me sorprendió. Miento. Lo que más me ha sorprendido es verme a mí misma yendo con tiempo a coger un buen sitio (o sea, que ahora soy la de la segunda fila, tras la valla), esperando mientras como buñuelos de calabaza que cada día llegue el momento del ruido, más bien cuando sube de intensidad que dirían ellos, creo yo, que es justo cuando notas como tiembla el suelo y tiembla todo tu cuerpo.

Las fotos no hacen ninguna justicia, porque claro, el sonido es indescriptible, y el olorcillo a pólvora, y la sensación de ir queriendo cada vez un poco más, ansiosa que es una.
El caso es que yo en Valencia, si no es por una cosa es por otra, tiemblo.
Y me encanta.