La obra de Graham Greene, que leí en versión de Pemán, supuso para mí contemplar el adulterio, no diré que con una luz nueva porque a la edad en que la leí supongo que ninguna luz había alumbrado para mí semejante cuestión; el adulterio ni me preocupaba, como no me preocupaba el matrimonio, que era una cosa de padres, a la que hubiese supuesto que todo el mundo llegaba, como se llega sin remedio a la edad adulta, de haberme parado entonces a pensar en esa cuestión.
Como conocí al amante complaciente antes que a los defensores de la honra a palos del siglo de oro español, siempre he pensado desde entonces, como Greene, que la postura desairada es la de quien somete su pasión a los horarios y ocupaciones de alguien ajeno a la pareja, lo sepa el tercero en discordia o no. Bueno, para desairada, la postura de ella en «Vivamos un sueño», de Sacha Guitry, pero esa es otra historia. Hace falta mucho deseo para acomodarse a las horas breves y robadas, y mucho amor si es durante mucho tiempo. Pero claro, en la obra de Greene el telón caía justo cuando se establecían las bases del triángulo, con el marido y el amante resignados a compartir a Mary mientras ninguno de los dos ganase la partida, es decir, consiguiese tenerla a tiempo completo, pero mucho más resignado a mi juicio el amante, que no contaba con hijos ni con rutinas para retenerla.

MARY._ No quiero elegir. No quiero dejaros a ti y a los chicos.
VÃCTOR._ No digas eso. Esas cosas no se dicen. Pasan. Pero no se dicen. Yo no te pongo condiciones. Pero esto sin palabras. Lo malo son las palabras… Sé que me llamarán, con burla, un marido complaciente.
MARY._ ¿Y él?
VÃCTOR._ Él tiene que ser también complaciente. Eso no se lo afearán con burla. Porque así es nuestro mundo. No ven que el tercero cede mucho más. Porque yo me quedo con la mejor parte: la casa, los hijos, la vejez, la tristeza. Vosotros hablaréis de vida. «Toda la vida», «mi vida entera»… Pero algún día veréis que la vida es eso que se quedó de este lado mío, gracias a un dentista simple y un poco ridículo.
Cuadro Segundo del Acto Segundo

Siempre me ha parecido que la situación de Carlos y Camila fue esa al principio, un adulterio consentido por el marido, y que hubiesen podido seguir así eternamente, pero se les ocurrió llegar a la perfección buscando una bobita (lo siento, nunca sentí el hechizo ladyDi) para cuadrar el triángulo, y terminaron expuestos al juicio del público, con lo mal que se llevan los cuernos, consentidos o no, ante el mundo. Resulta que ahora esa pareja de maduros fogosos que forman Carlos y Camila tiene un requisito más para contraer matrimonio el mes que viene: él tiene que pedir perdón al exmarido de ella por el adulterio continuado, y ese sí que es un desenlace imprevisto, nunca hubiese imaginado yo al amante complaciente disculpándose con el marido.
Luego dirán que la monarquía no se acerca al pueblo, si está ya instalada en la burguesía más tradicional… Un adulterio decente, que lo hubiera llamado Jardiel.