Entradas archivadas en Abril dEurope/Berlin 2005

Viernes, 29 de Abril de 2005

El incesto es uno de los tabúes más arraigados en nuestra cultura, y puede que en todas. Cuando se habla de matrimonio incluso gran parte de quienes apoyan el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede evitar el escándalo cuando planteas la posibilidad, y a mí me encanta plantearla aunque no tenga yo nada que ver con Electra, de eliminar otros impedimentos como la consanguinidad, esencialmente en línea recta (abuelos-padres-hijos), aunque la colateral tampoco es algo aceptado sobre todo en el grado más próximo (hermanos). No sé si desde la noche de los tiempos, pero desde luego desde muy temprano, se ha prohibido el matrimonio entre personas relacionadas por sangre (por ejemplo en el Levítico) y nuestro Código Civil sigue recogiendo esos impedimentos, algunos con la cualidad de indispensables (línea recta en cualquier grado, y segundo grado en la colateral). Yo sigo pensando que esto era lógico cuando el matrimonio se orientaba a la reproducción a pleno rendimiento y había que proteger la especie, que la orgía de sangre sin renovar ya dio sus frutos en Europa con Hechizados y demás ralea, pero ahora mismo supongo que el mantenerlo obedece más a que ningún grupo de presión ha hecho de ello su bandera, sobre todo teniendo en cuenta que el no reconocer un hecho no evita que este se produzca, y reconocerlo no nos obliga a practicarlo; tampoco sé si serán muy frecuentes las relaciones incestuosas porque no parece un asunto que nadie vaya a hacer público si puede evitarlo.
En definitiva el incesto es uno de esos tabúes tan arraigados que aún se ve como un castigo divino, como cuando Afrodita, ofendida porque no la adorase, castigó a Mirra e hizo que se enamorase de su padre, el rey de Chipre Cíniras. Con ayuda de una de las doncellas a su servicio, logró yacer con él varias veces sin que se enterase el padre de quien ocupaba su cama; cuando lo descubrió, indignado y horrorizado, sacó su espada para matarla, pero Mirra, que estaba ya embarazada, logró escapar y los dioses la convirtieron en un árbol que producía una resina preciosa. Pasó el tiempo, y el arbusto se partió, dejando salir de él a un bebé, Adonis, de belleza incomparable. Afrodita, que se sentía responsable del niño, al haber provocado su concepción y la muerte de su madre, lo ocultó en un cofre y se lo confió a Perséfone, reina del Hades, para que lo criase. Cuando Adonis se hizo mayor, se convirtió en amante de Perséfone, pero Afrodita lo reclamó para sí, y como juez de la disputa Zeus nombró a la musa Calíope, quien ordenó que Adonis permaneciese cuatro meses con cada diosa, y cuatro meses libre. Así, el joven pasó su periodo con Perséfone, su periodo con Afrodita, y cuando pudo elegir, la diosa del amor consiguió que se quedase con ella; esto enfureció a Perséfone, quien para vengarse, habló con Ares, amante de Afrodita. Ares entonces consiguió que un jabalí matase a Adonis durante una cacería; Afrodita, inconsolable (hasta el siguiente amante al menos), hizo brotar anémonas rojas de cada gota de su sangre.

Parecía que Adonis iba a tener que vivir para siempre con Perséfone, ya que había muerto, pero Afrodita se quejó amargamente a Zeus y finalmente el padre de los dioses logró convencer a Perséfone para que devolviese a Adonis a la vida al menos cuatro meses cada año. Cuando Adonis se reúne de nuevo con Afrodita, comienza el buen tiempo y la vegetación renace.
El sol de hoy y el calorcito de esta semana me hacen sospechar que hay una pareja pasándoselo bien.

Jueves, 28 de Abril de 2005

Existe un momento en las bodas que, dentro de lo irresistible que es en sí la ceremonia y lo que marca para siempre a algunos de los que participan en ella (derivan a una especie de monomanía, tú les dices «peras traigo» y ellos contestan «recuerdo que en mi boda dudamos entre peras y uvas para la guarnición del solomillo»), a mí me encanta: es cuando aparece la tarta con unos muñequitos como de vudú encima, y el jefe de sala va detrás con el espadón de noble acero toledano (que ahora brillas en mi maaaano), uno pensaría en principio que para decapitarlos, pero no, es para que la feliz pareja (la de carne y hueso, diría la más alta, pero es que fui una vez a una boda en la que la pareja era tan bajita que los muñecos parecían estatuas) proceda a hacer un cortecito en el merengue, que el resto ya lo partirán en el restaurante. Luego además pueden darse una porción el uno al otro, y si entrecruzan los brazos en ese momento, alguna invitada llegará al paroxismo, claro que los bracitos pueden entrelazarlos también en el momento del champán, pero una cosa no quita la otra, unos novios bien entrenados tendrían que poder hacer ambas cosas. Como no se ha decapitado a los muñecos, luego pueden ir a una vitrina en el salón, entre la copa de petanca, la figurita de Lladró y el recuerdo de la boda de la prima Gertru.
Con todo lo dicho, entenderéis que haya un escaparate en el que me paro siempre que paso por delante, cerca de mi casa, lleno de recuerdos para invitados y de figuritas de novios, para ver las últimas tendencias en «detalles de boda», y las pirámides llenas de lazos que preparan con ellos para cuando la madrina tiene que repartirlos. Me paro siempre porque lo único que le falta a esta tienda es una sección de enanitos de jardín (aunque mi favorito será forever el enano Bienbenido) y perros de porcelana, por lo demás, está surtidita. La última vez que he mirado, las novedades no estaban en los recuerdos, que venían a ser los de siempre: el botecito de perfume, el juego de pinceles, el estuche para llevar barras de labios, cajitas de esas que no cabe nada en ellas, ramos de flores en miniatura tipo bouquet… en fin, nada nuevo; lo original esta vez es que habían renovado los muñequitos de la tarta, y junto a las parejas heteros de toda la vida en versiones variadas (con pelo natural o pintado, con cola o sin cola la novia, con chistera y sin chistera el novio, la imaginación humana no conoce límites) había parejas masculinas y parejas femeninas, lo cual demuestra que las tiendas de regalos se adaptan mejor a las leyes progresistas que algunos partidos políticos.


Muy logradas no están todavía, por eso alguien se ha visto en la necesidad de poner unos cartoncitos explicando lo que es cada una, pero no podía dejar de compartirlo con vosotros porque en el fondo soy buena.

Miércoles, 27 de Abril de 2005


No me gusta mucho el circo, supongo que porque cualquiera de los números de equilibrio los he visto más o menos competiciones deportivas, y los payasos me parecen unos seres un poco tétricos, con ese maquillaje blanco y rojo tapando sus caras para construir tan solo una mueca y unos ojos tristes, ya he dicho varias veces que nunca he sentido la magia del circo. Pero hay veces en las que lees o escuchas algo, y se te instala una idea en la cabeza, y yo hoy llevo todo el día con Pompoff y Teddy allí metidos.
En Pompoff y Teddy suelo pensar (bueno, en ellos no, que no tuve el gusto de verlos nunca, sino en el nombre, tan apropiado, rotundo, sonoro: Pompoff y Teddy) cuando observo a gentes que hablan en pareja.
Se suele dar mucho en parejas sentimentales cuando hablan con alguien (obviamente, ajeno a su relación, he dicho pareja), básicamente por dos motivos: o están muy compenetradas, ya se sabe lo del colchón y la opinión, y esto es lógico, dialogan entre sí y piensan igual, no es a esto a lo que me refiero; o uno de los componentes es un perezoso mental y sólo apostilla las cosas que su compañero enuncia, sin mayor análisis y sin plantearse que puede pensar solo.
Curiosamente, esas dos variantes también se dan en parejas formadas sin vínculo sentimental, aunque sí ideológico o de parasitaria admiración, en las que uno de los componentes es bastante más listo que el otro, aunque nunca lo reconocen, y esas son las que me hacen gracia (en las otras, el amor, la pasión o la bioquímica me parecen disculpas suficientes), porque suelen responderse entre sí intentando imitar la ironía, sólo que les queda más bien un remedo de diálogo entre payasos, siendo uno de ellos (no necesariamente el mismo siempre) el serio:

-Gaby ¿no es verdad que tengo razón, porque siempre lo hemos dicho así?
-Nooooooo, Fofó, pero por mucho que lo expliquemos no lo entenderá este ser inferior al que nos dirigimos.

Al principio se cae en la trampa, y se intenta dialogar con esos tipos humanos, pero luego, salvo que te guste mucho la arena del circo, es más divertido contemplarlos (a ellos y a la batería de tópicos que suelen esgrimir) en todo su esplendor, que es mucho, aunque no el que ellos creen.

La apoteosis del número es cuando añaden a la pareja un tercero, que suele ser el menos dotado, o sea, es simple, para qué andar con eufemismos, incluso a veces lo proclama aunque no con esas palabras y aunque no haga falta, porque es lo primero que se ve, pero claro, también es lógico porque hay gente que no da para más; en realidad no son un trío, sino un par de payasos y un títere. El tercero es muy útil como carne de cañón, sus directores espirituales le meten una idea falsa en su impresionable mente, y se le lanza a repetir la mentira por todos los lados, ya se encargará el otro par de divulgarla para que parezca verdad.
Sólo que a veces, parecer no es igual que ser.

Martes, 26 de Abril de 2005

Es un problema que un himno nacional no tenga letra, como el nuestro (yo recuerdo una de Pemán, venía en alguno de mis libros de texto, pero nunca llegué a escuchar la versión cantada), y que los españoles no acostumbremos a llevarnos la mano al corazón como hacen en otros países, porque cuando suena ni podemos cantar para entretenernos ni tenemos establecida una postura común para escucharlo, salvo si uno pertenece al ejército, que ahí sí tienen todo uniforme. Es un problema, como digo, porque el medio minuto de la versión corta o el minuto y algo de la larga se ve que se hacen eternos cuando uno es el centro de atención del público.
Los futbolistas de la selección nacional más o menos logran pasar el trance de modo decoroso, sobre todo si se recuerda como lo hacían unos años atrás, que sólo les faltaba sonarse los mocos durante la ejecución (del himno); ahora lo de los mocos lo hacen nada más durante el partido, y como el uniforme de jugador no lleva pañuelito a juego, (una cosa muy útil, recuerdo yo mi vestido de primera comunión en blanco, porque entonces había blanco y beige, no blanco en mil gamas, con limosnera y pañuelito bordado a juego; pero claro, al jugador no le van a colgar una limosnera por si en un momento dado tiene que sacar el pañuelo y sonarse), en lugar de hacerlo de modo discreto lo que hacen es avanzar la cabeza como si fuesen a mochar a alguien, y expulsar el aire enérgicamente (tanto, que algún día a alguno le saldrá un trocito de cerebro también) por la nariz en dirección al suelo, imagino que procurando apartar las botitas para no llevar luego fluidos adheridos que después pasarían al balón o a la espinilla del contrario.

Es posible que ocurra en otros deportes, no lo niego, pero es que no lo he visto, porque yo lo único que hacía en tiempos era ir al baloncesto y allí ningún jugador hacía esas cosas, tenían las toallas más a mano, supongo. Como decía, ahora salvo el ligero baile de San Vito que se aprecia en ellos, no hacen nada más, no hablan, no saludan, alguno incluso se pone tan firme que posiblemente termine algún día haciendo el puente, pero no voy a criticar eso, que siempre será mejor que la postura de Alonso el domingo.

Como media España, el domingo comimos con el run run de la carrera de fondo; al final, hasta mi abuela estaba pendiente de si ganaba o no, porque lo bueno de ver la Fórmula 1 con mis hermanos es que parece hasta emocionante; no digo que este gran premio no lo fuese, pero hay otros aburridísimos, y en mi casa veían la Fórmula 1 cuando no había ningún español compitiendo, que quieras que no le añade algo de interés para mí, aunque no tanto como para ver guapo o sexi al piloto en cuestión; ni falta que le hace, por otra parte. Así que en cuanto ganó, hice una encuesta casera (cuando el diablo no tiene que hacer…) sobre cuántos de nosotros marcamos el tres como Alonso, y cuántos lo hacemos con el índice, el corazón y el anular, en lo que esperaba que llegase lo del podium y el himno, que a mí me gusta verlo.

Y allí estaba Alonso, exultante (no es para menos), pero me resultó un poco decepcionante, en primer lugar porque no les deben dar el tiempo suficiente para saludar a los conocidos antes de entregarles la copa, así que aprovechan para hacerlo mientras suenan los himnos, y en segundo lugar porque se mire como se mire lo de los brazos en jarras no resulta muy elegante, y si uno está en un podium y no sujeta cántaros o nardos en la cintura, no tiene mucha explicación la postura salvo que se padezca una cosa que se llama golondrinos, que no he visto en mi vida un nombre de afección mejor puesto. Claro que también puede ser cosa del traje ese que llevan para pilotar, quizá le tirase un poco de sisa o puede que uno salga rígido después de tanto volante y por eso lleve los brazos como la Vita de «El príncipe destronado»; no sé, seguro que hay una explicación, pero apuesto, lo que se dice apuesto, no resultaba.

Lunes, 25 de Abril de 2005

Yo una vez estuve en una revolución.
Me lo ha recordado Yambra, al comentar su post de hoy. Como bien apunta él, al son de «Gràndola, vila morena» que emitía la radio, comenzó en Portugal una revolución hace ya muchos años.
Es verdad que era tan pequeña que apenas recuerdo nada más que los soldados en un puente y por las calles, mi hermano y yo mirando por el cristal de atrás del coche, él encantado viendo «metralletas», mientras salíamos con urgencia de un país cuyas fronteras con el nuestro iban a cerrarse, imagino que en un intento por parte española de evitar «el contagio». No recuerdo si en la calle había tensión, supongo que sí; en nuestro coche sí la había, aunque esa tensión sorda que se da cuando los mayores no quieren que los niños noten nada. No lo consiguen, sólo que los niños entonces procuran disimular.
Yo miraba a ver si los soldados eran tan jóvenes como decía mi madre a mi padre («míralos, son casi niños») que iba atento conduciendo, y ni veía que fuese tan jóvenes (eran mayores para mí también) ni entendía qué podía importar que lo fuesen, ni sabía que mi madre veía muy probable que muchos de los que estábamos mirando murieran en breve.
Desde luego yo no sabía que aquello era la Revolución de los Claveles, ni que entonces desde España miraban esperanzados (algunos, otros es más fácil pensar que casi aterrorizados) a Portugal pensando que quizá aquí faltaba poco también para algo así. Y faltaba poco, pero eso fue más biológico que revolucionario.
Muchos años después, hará cinco, quizá seis, no recuerdo exactamente, conocí a Otelo Saraiva de Carvalho, el oficial que aquel día comandó las operaciones militares del golpe, uno de los capitanes de abril. Él había sido uno de los principales gestores del Movimiento de las Fuerzas Armadas, y había estudiado la situación del ejército y la posibilidad de una acción armada a gran escala en aquellos momentos. Dibujó en una interesante conferencia en Segovia, con escasísimo público, el panorama de un Portugal harto de guerras coloniales, que habían llenado el país de mutilados, habían quebrantado la economía y hacían que las familias estuviesen pendientes de sus combatientes. Se le veía orgulloso de su actitud entonces, de haber contribuido a que no hubiese baños de sangre, a cambiar todo de forma incruenta, pero profundamente desencantado con el rumbo posterior de esa revolución, con muchos de sus compañeros, y con el presente.

Después de tanto tiempo, parecía sólo un militar romántico.


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