Sangre alterada
El incesto es uno de los tabúes más arraigados en nuestra cultura, y puede que en todas. Cuando se habla de matrimonio incluso gran parte de quienes apoyan el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede evitar el escándalo cuando planteas la posibilidad, y a mà me encanta plantearla aunque no tenga yo nada que ver con Electra, de eliminar otros impedimentos como la consanguinidad, esencialmente en lÃnea recta (abuelos-padres-hijos), aunque la colateral tampoco es algo aceptado sobre todo en el grado más próximo (hermanos). No sé si desde la noche de los tiempos, pero desde luego desde muy temprano, se ha prohibido el matrimonio entre personas relacionadas por sangre (por ejemplo en el LevÃtico) y nuestro Código Civil sigue recogiendo esos impedimentos, algunos con la cualidad de indispensables (lÃnea recta en cualquier grado, y segundo grado en la colateral). Yo sigo pensando que esto era lógico cuando el matrimonio se orientaba a la reproducción a pleno rendimiento y habÃa que proteger la especie, que la orgÃa de sangre sin renovar ya dio sus frutos en Europa con Hechizados y demás ralea, pero ahora mismo supongo que el mantenerlo obedece más a que ningún grupo de presión ha hecho de ello su bandera, sobre todo teniendo en cuenta que el no reconocer un hecho no evita que este se produzca, y reconocerlo no nos obliga a practicarlo; tampoco sé si serán muy frecuentes las relaciones incestuosas porque no parece un asunto que nadie vaya a hacer público si puede evitarlo.
En definitiva el incesto es uno de esos tabúes tan arraigados que aún se ve como un castigo divino, como cuando Afrodita, ofendida porque no la adorase, castigó a Mirra e hizo que se enamorase de su padre, el rey de Chipre CÃniras. Con ayuda de una de las doncellas a su servicio, logró yacer con él varias veces sin que se enterase el padre de quien ocupaba su cama; cuando lo descubrió, indignado y horrorizado, sacó su espada para matarla, pero Mirra, que estaba ya embarazada, logró escapar y los dioses la convirtieron en un árbol que producÃa una resina preciosa. Pasó el tiempo, y el arbusto se partió, dejando salir de él a un bebé, Adonis, de belleza incomparable. Afrodita, que se sentÃa responsable del niño, al haber provocado su concepción y la muerte de su madre, lo ocultó en un cofre y se lo confió a Perséfone, reina del Hades, para que lo criase. Cuando Adonis se hizo mayor, se convirtió en amante de Perséfone, pero Afrodita lo reclamó para sÃ, y como juez de la disputa Zeus nombró a la musa CalÃope, quien ordenó que Adonis permaneciese cuatro meses con cada diosa, y cuatro meses libre. AsÃ, el joven pasó su periodo con Perséfone, su periodo con Afrodita, y cuando pudo elegir, la diosa del amor consiguió que se quedase con ella; esto enfureció a Perséfone, quien para vengarse, habló con Ares, amante de Afrodita. Ares entonces consiguió que un jabalà matase a Adonis durante una cacerÃa; Afrodita, inconsolable (hasta el siguiente amante al menos), hizo brotar anémonas rojas de cada gota de su sangre.

ParecÃa que Adonis iba a tener que vivir para siempre con Perséfone, ya que habÃa muerto, pero Afrodita se quejó amargamente a Zeus y finalmente el padre de los dioses logró convencer a Perséfone para que devolviese a Adonis a la vida al menos cuatro meses cada año. Cuando Adonis se reúne de nuevo con Afrodita, comienza el buen tiempo y la vegetación renace.
El sol de hoy y el calorcito de esta semana me hacen sospechar que hay una pareja pasándoselo bien.





Curiosamente, esas dos variantes también se dan en parejas formadas sin vÃnculo sentimental, aunque sà ideológico o de parasitaria admiración, en las que uno de los componentes es bastante más listo que el otro, aunque nunca lo reconocen, y esas son las que me hacen gracia (en las otras, el amor, la pasión o la bioquÃmica me parecen disculpas suficientes), porque suelen responderse entre sà intentando imitar la ironÃa, sólo que les queda más bien un remedo de diálogo entre payasos, siendo uno de ellos (no necesariamente el mismo siempre) el serio:



Es verdad que era tan pequeña que apenas recuerdo nada más que los soldados en un puente y por las calles, mi hermano y yo mirando por el cristal de atrás del coche, él encantado viendo «metralletas», mientras salÃamos con urgencia de un paÃs cuyas fronteras con el nuestro iban a cerrarse, imagino que en un intento por parte española de evitar «el contagio». No recuerdo si en la calle habÃa tensión, supongo que sÃ; en nuestro coche sà la habÃa, aunque esa tensión sorda que se da cuando los mayores no quieren que los niños noten nada. No lo consiguen, sólo que los niños entonces procuran disimular.







