En este mundo maniqueo en el que siempre hay que elegir, entre Beatles y Rolling, toros o fútbol, cine o teatro, coca-cola o pepsi (max, no lo olvido) y en función de eso te encasillas o te encasillan, mi primera elección (la primera que recuerdo) me la dieron hecha: había que pintar con ceras Manley. Claro que por entonces, en jardines y parvulitos, no es que no nos dejasen elegir, es que creo que las Plastidecor ni siquiera existían. Las plastidecor eran todo ventajas, no manchaban, no olían, pero nada de eso nos importaba, en las actividades verdaderamente placenteras de la vida no piensas en la asepsia. Como las Manley fueron las primeras después, cuando ya podíamos escoger unas u otras, y pasado el primer momento de la novedad, terminábamos casi todas (no me he leído ningún manual de lenguaje no sexista del algún sindicato ni nada de eso, no tengo mente ni humor para tanto, es que no había niños a partir de primero de E.G.B.) con las manos pringosas de apretar amorosamente nuestras primeras ceras; incluso yo, pese a que con ellas me gané el primer castigo de mi vida (o el primero que recuerdo, aunque es posible que no hubiese anteriores porque era una niña bastante buena mientras no me contrariasen, y eso no sucedía a menudo).
La historia es que en mi colegio, además de las mesas y sillas a escala de formica verde, (eso lo aprendimos pronto a decir bien, era lo que más corregían las monjas, junto con algún «’me se’, será ‘seme’», en cuanto decía una «fornica», estaban encima: formica, formica) y del «servicio» con sus váteres para enanitos, y su disco rojo/verde colgado en la entrada, había una cosa que llamábamos «los tapices». Consistían los tapices en trozos de material sintético (no habréis pensado que en mi cole teníamos tapices de Goya), cuadrados más o menos, que tenían la función de servir de alfombra individual cuando nos sentábamos en el suelo (para no coger frío, supongo), en la circunferencia marcada por cinta adhesiva de color verde-persiana alrededor de la clase. En cuanto la monja o la señorita decía «coged los tapices», íbamos todos (ahí todavía era mixto, recordad a Chema el pelirrojo) a la estantería, cogíamos uno, y nos sentábamos en el suelo, nosotras de la manera más incómoda, intentando no arrugar mucho las tablas de la falda monumento al mal gusto que formaba parte del uniforme, que era el segundo más feo de la ciudad, sólo superado por el de las pobres que tenían que llevar pichi, lo cual con tres y cuatro años no era tan traumático, pero imagino que con quince o dieciséis comenzaría a serlo.
Bien, ahí me tenéis, después de cantar canciones de esas con mímica («mirad-mirad a-llí sobrel teja-doa quel el ele-fan-tes-tá en bici-cle-ta-va…»), sobre un suelo de baldosa de manchas grises e irregulares, tan triste (el suelo, no yo), y con las ceras manley al alcance de mi mano… ¿qué podía hacer, sino decorarlo y alegrarlo un poco? Tomé la pintura azul cielo, tan bonita, tan luminosa, y primero tímidamente, luego ya más decidida, fui impregnando con cuidado todas las baldosas que pude; como eran rugosas, tenía que dar varias pasadas, y apretar, para lograr un poco de uniformidad, pero recuerdo que el resultado fue bastante satisfactorio a mis exigentes ojos.
Sin embargo, ajena por completo a mis buenas intenciones, la señorita cuando me vio montó en cólera, y tras la oportuna bronca (entonces nos chillaban, nada de diálogo con los niños, berrido), me trajeron un balde y un estropajo, y me pusieron a frotar para deshacer toda mi obra. Así me recuerdo, de rodillas, delante de toda la clase, aguantándome las lágrimas de rabia y frotando como podía, con aquello tan áspero y con el agua maloliente, el suelo. Como Cenicienta.

Ahora quien me castiga es bitácoras dejándome muda todo el día, aunque igual no es que me castigue a mí, es que tiene piedad de vosotros.