La vejez, que antaño cuando llegaba era una parte de la vida, es hoy un espectáculo muchísimo más frecuente pero bochornoso y atroz que se puede afrontar de dos modos: asumiendo que el tiempo pasa, que las canas y las arrugas llegan, que lo que antes era firme y terso va cediendo ante la ley de la gravedad sin necesidad de haber oído hablar jamás de Newton o, por el contrario, acudiendo cada vez con mayor frecuencia a centros de recauchutado que prometen lo imposible sin pudor pero siguen teniendo la confianza de mucha gente, la cual termina adquiriendo una expresión de asombro perpetuo o de frenada alevosa.
Esto por lo que respecta a quienes van entrando en la vejez, periodo de la vida que ahora ¿preferimos? llamar «tercera edad» (curioso lo de los terceros, reflejan cosas que no queremos nombrar, no países subdesarrollados sino tercer mundo, qué revolucionarios -franceses, claro- somos con el lenguaje). Para los que aún no estamos cerca, la solución es mucho más sencilla y justo todo lo contrario: no mirar. Con no mirar, tenemos suficiente. No queremos ver a nadie enfermo, no queremos ver un gesto de sufrimiento, de dolor, no queremos ver viejos, ni gordos, ni feos, ni calvos a nuestro alrededor; puede que nos horrorice pensar en el mundo feliz de Huxley, pero sólo porque sospechamos que quizá, remotamente quizá, nosotros no seríamos de la clase Alfa.
Aceptamos la muerte (qué remedio, aunque sea a regañadientes) pero evitamos las enfermedades, los deterioros y las agonías como si no mirando no sucediesen, como si cerrar los ojos fuese en realidad el único gesto mágico que conservamos de la niñez.
Esto es lo que me parece que ha habido todo este tiempo en las voces de quienes pedían que cesase el «espectáculo denigrante» de ver el deterioro de la salud física (insisto, física, nadie que yo sepa ha cuestionado su lucidez) del Papa. No, no ha sido un espectáculo agradable para nosotros, tan superferolíticos, tan acostumbrados a esquivar lo feo y lo desagradable, tan proclives a respetar la libertad de elección ajena mientras la opción elegida coincida con la nuestra.
Habrá quien diga (hay quien ha dicho) que ha sido márketing, o cabezonería, y seguramente nunca habrá habido tantos no católicos y anticatólicos (sí, existen) humanitariamente preocupados por la jefatura de la Iglesia y la situación del Papa; y sin embargo, a mí me ha parecido algo digno de admiración asumir el propio deterioro, renunciar al orgullo de una imagen impecable, aceptar la dependencia de otros y el propio cuerpo desgastado y doliente, y no dejarse esclavizar por él. Una lección para los que habitualmente no queremos mirar.