El otro día, tomando notas en el cuadernito que comencé en verano, cada vez más escuálido porque cuando publico arranco y trituro, pero no completamente agotado porque de vez en cuando le soy infiel con hojas sueltas, me fijé en el bolígrafo que ha sido su compañero inseparable desde entonces, siempre prendido del capuchón a la espiral cuando no está escribiendo. El bolígrafo es corrientito, de esos de tinta azul y cuerpo transparente que delata que está en las últimas también, porque tengo una (otra, de acuerdo) manía: terminar los bolis, hacer que se agote la tinta. Puesta a buscar una razón, y tiene que haberla, me niego a ser maníatica porque sí, y dado que si algo no soy es tacaña, más bien todo lo contrario, el motivo tiene que encontrarse en la infancia.
En el colegio, englobado en el epígrafe «material escolar» de la factura, nos proporcionaban un bolígrafo azul, uno rojo, y un lapicero al comenzar el curso (si añado algunas hojas, las ceras manley de la clase y las tizas de la pizarra, la enumeración es exhaustiva, ahí terminaba todo). Cuando recibíamos los dos bolis (bic cristal, escribe normal) y el lapicero, procedíamos a pegar en ellos, en la parte superior, con celo (tómese en un par de sentidos) un trocito de papel con nuestro número escrito. Después había que cuidarlos como a un tesoro, porque para que nos diesen otro había que presentar el original agotado; entonces, la profesora comprobaba que el boli no escribía, o que era imposible aprovechar más el lapicero porque ya no se podía sacar punta, y nos mandaba a secretaría para que la madre María hiciese la sustitución. Estoy convencida de que hay países que ponen menos cuidado en el tráfico de plutonio enriquecido, pero era así. Tampoco es que viviésemos en medio de estrecheces, pero supongo que quienes nos educaban entonces sí las habían conocido, así que nada de cambiar el boli porque soltase goterones de tinta, eso te servía para levantar la mano y aprender a no esparcirlos por la hoja, claro que eso era más problemático para la minoría de zurdas que para el resto.
Así las cosas, durante mucho tiempo (es decir, hasta que se agotó) estuve usando un bolígrafo de propaganda de Buckler limón que me dieron unos pobres chicos en una terraza de la plaza de la Universidad. Lo de pobres chicos es porque antes de repartir los bolis, gorras, llaveros y demás objetos de propaganda, tuvieron que interpretar un baile-karaoke allí, delante de todos. Llegaron, pusieron el radiocasette que llevaban a todo volumen ante la mirada asesina del señor de la mesa de al lado que estaba leyendo tranquilamente y mi tradicional vergüenza ajena, y ataviados con el color amarillo del producto, él con pantalones, ellas con minifalda, empezaron a cantar «mi limón, mi limoneeeero…» La verdad es que algunas campañas tienen delito.