Anoche estaba mirando la serie de antena 3 «Sin rastro» y como en el primer capítulo el secuestrador era un personaje untuoso que me pone nerviosa (menos mal que ayer terminaron con él, porque era la tercera vez que salía y le veía camino de convertirse en el sociópata fijo atormentador del protagonista para siempre, aunque no canto victoria, para los muertos está el flashback) estuve practicando la acreditada forma de evadirme que consiste en visitar los cerros de Úbeda (provincia de Jaén); así que mientras me iba enterando por encima del argumento, diseccionaba al protagonista, Anthony Lapaglia, intentando recordar si nunca ha tenido labios o es que le van desapareciendo por razones de edad y/o peso.
Además, tenía la molesta sensación de que me recordaba a alguien. Esto me sucede con frecuencia en los adultos, unos me recuerdan a otros, claro que normalmente nadie más que yo ve el parecido; justo al contrario que con los recién nacidos, que todo el mundo ve como se parecen a uno de los padres, o a los abuelos, o a otro hermano, y yo sólo logro que me recuerden a una manzana vieja, tan arrugaditos, pero claro, nunca se lo digo a la madre que bastante tendrá la pobre con la depresión postparto.
Bueno, pues después de un rato de cavilaciones, descubrí a quien me recordaba: a los Baldwin.
Claro que no a Alec Baldwin en «La Caza del Octubre Rojo», cuando estaba tan guapo que yo casi aprendo a hacer la maniobra «loco Iván» de tanto ver la película, ni a los Baldwin de repuesto, porque en esa familia existe la ventaja de que cuando uno se estropea se puede reemplazar con un hermano más pequeño, sino a Alec Baldwin ahora:

De hecho creo que, si no fuese porque los Baldwin se deterioran también, se podría decir que Anthony Lapaglia nació para ser su retratodeDorianGray.