Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, no suelo cocinar. Quiere esto decir que cuando tengo que hacerlo, recurro a un repertorio consistente más o menos en purés de patata y leche, hoymenús, huevos rotos, ensaladas, pasta y algún plato exótico tipo sushi o pollo terisaki para cuando tengo que exhibir habilidades culinarias ante alguna víctima, pero siempre lo hago con premeditación y alevosía (normalmente con nocturnidad también), porque como no suelo cocinar, me caducarían los ingredientes necesarios antes de usarlos. Los guisos sustanciosos y las comidas que no me gustan pero debo tomar los sigue preparando la MadredelaPrincesadelGuisante. Os pongo en antecedentes para que comprendáis que, cuando por un imprevisto tuve que comer sola (y abandonada, snif) en casa anteayer, el inventario del frigorífico fuese, bebidas aparte (eso está más surtido): medio bote de guisantes y zanahorias al natural, un bote de brotes de soja, un bote de alcaparras, yogures coronado, salsa de soja, queso rallado y especias diversas; lo que se dice un frigorífico de diseño, lleno de espacios diáfanos para dejar pasar la luz. Ahora dudo si publicar esto, porque como lo lea la ministra de vivienda convierte mi frigorífico en una «solución habitacional» y me mete un núcleo familiar a vivir en él durante un «ciclo vital».
Bueno, después de emplear un tiempo (dos minutos) en hacer el inventario, me puse a pensar qué comer; deseché la opción de alimentarme con sólo un yogur, porque como todavía hace bastante frío me sigo viendo habitualmente tapada y mi cerebro rechaza que eso sea comida (de momento, más cerca del verano y con los bikinis gritando en el cajón ya veremos). La solución elegida fue saltear los guisantes con las zanahorias en una sartén, con sal, pimienta y alguna hierba, para luego meterlo todo en el microondas y derretir el queso rallado encima; ya sé que así dicho no parece gran cosa, pero si dejásemos eso en manos de un cocinero de los de la nueva cocina, ya veríais qué nombre más bonito, apetitoso y caro le ponía al plato.
En fin, puse una sartén con un poco de aceite de oliva al fuego, añadí los guisantes con las zanahorias cuando estuvo caliente, y aquí vino el desastre. ¡Qué bonito es nuestro idioma! ¡Qué apropiado! ¿Por qué iba a llamarse eso «saltear»? Pues porque apenas cayeron los guisantes en la sartén, empezaron a lanzarse como posesos en todas las direcciones. Afortunadamente no lo hacían con mucha fuerza, pero como no pesan mucho, se han metido por sitios insospechados; pese a que tardé poco en taparlos y limpié el estropicio en su momento (qué remedio), anoche seguían apareciendo guisantes por sorpresa, restos de la batalla.

Si hacen esto conmigo, que soy de la familia, no quiero ni pensar qué harán con vosotros. Os lo advierto: no conviene maltratar a un guisante.