Con la expresión «fondo de armario» se ha puesto de moda designar aquellas prendas imprescindibles para poder salir airosamente de cualquier evento social, e información sobre ellas tenemos cualquier domingo en las páginas de estilo de cualquier suplemento, generalmente un poco antes de que nos informen de la manera adecuada para recibir en la piscina de nuestro ático a un grupo de amigos que vienen a cenar los platos «casuales y divertidos» que llevamos tres días preparando siguiendo las clarísimas recetas de la misma publicación. No voy a insistir sobre las prendas que lo componen, porque todo el mundo se hace una idea y porque quien no se la haga puede acudir al cosmopolitan, a AR, o a cualquiera de esas revistas para mujeres liberadas en general y esclavas de la celulitis y la dieta en particular. Yo lo que voy a hacer es preocuparme de lo que no hay que usar y añadir una prenda a las proscritas, eso que jamás hay que tener en casa, porque no teniéndolo, no se cae en la tentación de usarlo: el mandil.

El mandil es un trozo de tela (o plástico) dignificado por un dobladillo para que no se deshilache, en cuyos extremos hay unas tiras, generalmente del mismo material, que sirven para atarlo en la cintura de la víctima; asimismo puede llevar un a modo de peto con o sin cintas, para atarlo en el cuello o para prenderlo con alfileres en el pecho (bueno, en la prenda de vestir que cubra el pecho, si fuese en el pecho propiamente dicho entraríamos en terreno sadomaso y no es mi intención). Algunas gentes lo conocen por el nombre de delantal, por cubrir la parte delantera de los humanos que lo usan. Por aquello de la paridad, suelen regalarse en parejas, lo que constituye una circunstancia agravante.

No voy a ser dura, existen sitios donde es normal que uno lleve un mandil: si trabaja en una pescadería, si es camarero y le obliga el jefe, en la cocina de un restaurante, en la logia si uno es masón… no voy a ser exhaustiva, porque todos tendremos en mente la casuística (espero).

Vale, pues si no somos nada de eso, no hay nada que justifique que nos pongamos un mandil en casa para trastear en la cocina. Nada. Ni siquiera que en un alarde de gusto (y no voy a calificar el gusto) alguien nos haya regalado alguno de estos productos.
Es una empresa titánica, lo sé, pero no desfalleceré.