Una de mis historias preferidas cuenta que hace mucho tiempo, tanto que ni lo recordamos, los humanos éramos distintos: nuestras espalda y costados formaban una esfera coronada por una sola cabeza presidida por dos rostros enfrentados, poseíamos cuatro orejas, cuatro brazos, cuatro piernas que nos permitían avanzar en direcciones opuestas alternativamente sin girarnos, dos órganos sexuales…
Estos humanos vivían felices y cada uno era un ser completo, pero siempre que los humanos hemos tenido una época feliz y sin preocupaciones la hemos echado a perder, y así sucedió también entonces: ofendieron a los dioses, incluso intentaron ascender al cielo para atacarlos, y estos, que desde el principio de los tiempos tenían claro lo de divide y vencerás (aunque ahora veremos que de modo mucho más literal), para castigarlos, hacerlos más débiles y menos altaneros, resolvieron hacer de cada uno dos. Zeus iba partiendo humanos por la mitad y Apolo iba girando el rostro de los seres incompletos que quedaban para que siempre tuviesen a la vista su seccionamiento.
Desde entonces, cada parte echa de menos a su mitad, y cuando la encuentra, la reconoce como semejante a ella y a partir de ese momento sólo quieren permanecer abrazados, anhelando ser de nuevo un solo ser.

Bastante después de que me contasen así la historia, la reconocí como un fragmento de «El Banquete» de Platón, el discurso, muy simplificado y en forma de cuento casi en la versión que yo escuché, correspondiente a Aristófanes, en el que el Amor es unión de los semejantes y que además explica y clasifica todas las especies del amor humano.

[...]si nos hacemos amigos y nos reconciliamos con el dios [Eros], descubriremos y nos encontraremos con nuestros amados correspondientes, cosa que ahora logran sólo unos pocos.[...] yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que nuestra raza sólo podría llegar a ser feliz si lleváramos a su culminación el amor y cada uno encontrara a su propio amado, retornando a su antigua naturaleza[...]