Patria o paraÃso
Que la infancia es la patria de cada uno es algo que con diversos enunciados hemos venido escuchando siempre, con procedencias diversas, desde Baudelaire a Rilke, y seguramente por eso todos habremos sonreÃdo al recibir un correo que circula hace algún tiempo comparando las condiciones en las que vivÃamos y crecimos los que nacimos hace algún tiempo ya y el extremo cuidado, reverencial e insano, que se tiene ahora con los niños en nuestro ambiente. Al leerlo, pensé que era un ejercico de nostalgia sin más, y que sin gran análisis me gustaba porque en algunas cosas (no en todas) me reconocÃa. Pero acabo de enterarme de que, por el bien de esos niños que nos preocupan tanto que dejamos su educación en manos de la tele, han puesto a Triqui a dieta.
Triqui, el monstruo de las galletas, ahora va a ser como una adolescente preanoréxica, un embrión de Brigdet Jones, controlando las calorÃas que ingiere (aunque por lo que yo recuerdo apenas le entraba en la boca un 10% de lo que destrozaba) y haciendo la competencia a Popeye y a Bugs Bunny. Y he pensado que en un mundo en el que hay que poner a Triqui a dieta, puede tener cierta lógica una escena que entrevà y escuché hace unos dÃas y que me impactó.
Durante una tarde de compras, decidimos hacer un alto entre tiendas en una bodeguita muy cerca del Atrio de Santiago en la que ponen unos bocadillos pequeñitos estupendos, en un pan blanco y poco cocido, riquÃsimos. Allà estábamos con nuestro bocadillito y una caña, cuando entró una pareja de nuestra edad, más o menos, con una niña de unos cinco años (tampoco es que yo calcule bien, ya sabéis, ni pesos ni edades ni medidas, pero la niña iba con uniforme y hablaba normal, no entrecortada). No comencé a fijarme en ellos hasta que se sentaron en la mesa que habÃa a mi espalda. Ahà sÃ, ahà empecé a escuchar la voz quejumbrosa con la que la madre se dirigÃa a la hija, a quien habÃan pedido también un bocadillo, de jamón, convirtiendo la merienda en un suplicio sonoro: «MarÃaaaaaa, ¿no quieres el bocadillito, mi amor?», «no te preocupes, no tienes que comer nada que no quieras», «come el jamoncito y deja el pan», «mira, mamá te da el jamoncito en trocitos pequeñitos», «MarÃa, hija, ¿qué te pasa?» Hasta ahà más o menos era el monólogo (porque MarÃa hasta entonces no se habÃa expresado) de una madre con una niña melindres para comer, pero cuando no pude evitar girarme y mirar fue cuando escuché «MarÃa, mi amor ¿estás deprimida?» Ahà sÃ, ahà me di la vuelta y miré, porque no daba crédito a lo que escuchaba. Vi a MarÃa sentada delante de un plato con el bocadillo destrozado, jamón deshilachado, miga y corteza, mirando con los ojos abiertos de los que escapaban lágrimas mansas, no una rabieta como las que yo conozco, un llanto desbordado, pero cesó en cuanto la madre le prometió comprar un yogur cuando saliesen del bar (de los de beber, porque no tenÃan cuchara, aclaró). Mientras, el padre no abrió la boca más que para comerse su propio bocadillo.
Recordé entonces mis meriendas, en invierno frente a la tele antes de hacer los deberes, y en verano después del baño, en las que desde que pude sujetarlo el bocadillo era cosa mÃa, y lo comÃa dando mordiscos, nada de metiéndome mi madre pedacitos en la boca como si fuese un pájaro. Pero sobre todo pensé que si me hubiese preguntado si estaba deprimida no lo hubiese entendido, la depresión era un concepto que los niños de entonces no manejábamos, y por lo visto los de ahora sÃ. No digo que no hubiese depresión infantil, sólo que a nadie entonces se le hubiese ocurrido preguntar a su hijo si estaba deprimido; claro que entonces Epi y Blas no eran vÃctimas de rumores ni de campañas de outing, y Triqui podÃa ser el monstruo de las galletas porque de que comiésemos verduras, pescado y cosas de esas que no gustan, se encargaban en casa.










