He comentado alguna vez ya por aquí o por allí, seguro, que lo que a mí me pone de verdad en un hombre es el «puntito canalla»; para tranquilidad de feministas (y feministos) concienciadas (y concienciados) y desolación de sádicos, diré que no tiene nada que ver con que me guste que me hagan sufrir, que además no me gusta y lo hago muy mal, lo que de verdad hago bien es disfrutar; es una mezcla de inteligencia y retranca que me puede, pero no es fácil de explicar, o mejor dicho, sería demasiado largo y como tampoco estoy convocando oposiciones al puesto, porque en mi vida ya existe el titular (cawen, con lo bien que quedaría un enlace aquí para el cotilleo : P), dejémoslo ahí respecto al «plano privado» y que cada uno se haga su composición, dentro de un orden.

Pero uno de mis canallas favoritos, Calamaro, llevaba once años, once, acusado de un delito de apología de la droga, en Argentina, porque durante un concierto dijo «estoy tan a gusto que me fumaría un porrito», y finalmente ha sido absuelto. No termino de entenderlo bien, será que allí no ha cantado nunca «aquí no podemos hacerlo» o que la metáfora es tan sutil que no lo entienden quienes se preocupan de denunciar, aunque en «Loco» está bastante más claro.
No voy a enredarme en lo de las drogas y su consumo, ni en si es artificial o no la distinción entre blandas y duras, ni en la delincuencia que provocan o conllevan, porque sólo quiero alegrarme, con el fundamental y egocéntrico motivo de que él me gusta, de que le hayan absuelto y haya regresado a los escenarios aunque sea lejos.

A mí no podría cantarme nunca «mil horas»…