Si las semanas las bautizásemos por lo que en ellas (nos) ha sucedido, esta sería para mí la «semana Benedetto», no sólo por el Papa nuevo (no pongo enlace, seguro que ya somos todos expertos en él, y algunos además futurólogos), sino porque me ha llevado tooooda la semana (mea culpa, no quiere decir que sea pesado ni nada de eso) leer un libro, Imprimatur, cuya acción transcurre bajo el mandato de Inocencio XI, en el mundo Benedetto Odescalchi. Es verdad que la semana tiene dos días aún (día y medio ya), pero ni siquiera se llaman ya «semana», sino «fin de semana», y permanecen aquí, al final, como en una especie de limbo que nos saca de la rutina aunque lo haga para sumergir a algunos en otra; sin embargo, hoy es la fiesta de mi comunidad, que curiosamente no necesitó construirse contra nadie, lo cual hace que el fin de semana vaya a ser como un domingo repetido. Es además San Jorge, un nombre que me gusta, el que elegí la única vez que pude hacerlo para ponérselo a alguien, felicidades a los Jorges que pasan por aquí.
También se celebra hoy «el día del libro», establecido por la UNESCO aprovechando la coincidencia de la muerte en esta fecha de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega.
No es que a mí me gusten mucho los «días de», pero cualquier día es bueno para leer y para encontrarse con la obra de algún escritor. Este año, que además es el del 400º aniversario del Quijote, parece que lo normal en esta fecha sería hablar de ese libro y de su autor, pero no voy a hacerlo, hay sobreabundancia. Hoy prefiero a Miguel Mihura, porque en este año se cumplen, en julio, cien desde su nacimiento en Madrid

«Cuando yo estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese yo y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser madrileño.»
Mis memorias, Miguel Mihura

Por lo visto sólo la iniciativa privada va a recordarlo, en medio del silencio institucional; me parece curioso que alguien, en este caso la sobrina del escritor, se sienta en la necesidad de justificar que el autor no fuese de derechas, sino apolítico, para que su obra merezca un recuerdo y un homenaje, como si los responsables de la cosa cultural en España fuesen comisarios políticos o algo así.
Alguien más académico que yo, que no lo soy nada, puesto a elegir una obra de Mihura, recomendaría «Tres sombreros de copa», primera obra del autor, escrita en 1932, publicada por primera vez en 1943 y estrenada en 1952 gracias a la insistencia de Gustavo Perez Puig, que quiso que el TEU (Teatro Español Universitario, del que acababa de ser nombrado director) la representase, convenciendo don Miguel, bastante reacio a estrenarla ya a esas alturas.

Pero mi éxito grande, el que me decidió por fin a seguir haciendo el teatro que yo quería, el teatro no «codornicesco» ni de vanguardia pero tampoco sin demasiadas concesiones, con humanidad, con ternura, con observación de personajes, con diálogo de calidad, sin pedanterías, humorístico y no arbitrario fue «A media luz los tres (Piso de soltero)», que se estrenó bajo mi dirección en el Teatro de la Comedia el día 25 de noviembre de 1953 por la Compañía de Conchita Montes. [...] Había encontrado, por fin, el estilo que yo buscaba. Lo malo era que esta consagración llegaba un poco tarde. Tenía exactamente cuarenta y ocho años. Muchos años ya para dedicarse de lleno al teatro. Pero continué en él.
Y seguí estrenando obras -unas mejores y otras peores- con el mismo resultado optimista que ensalzaban el público y la crítica. Pero los eruditos, los ensayistas, seguían hablando de «Tres sombreros de copa».

A mí me resulta difícil elegir una obra de Mihura, y además no hay motivo para escoger una sobre otra pudiendo leer todas y disfrutar de cada una; yo hoy seguramente, por puro capricho y por seguir huyendo de lo trillado, me quedaría con «El caso del señor vestido de violeta», una comedia estrenada en 1954 por Fernando Fernán-Gómez (no, malpensados, no pude ir al estreno), en la que el protagonista es un torero con inquietudes intelectuales, lógicamente (hablamos de Mihura) caricaturizado, que reacciona contra los tópicos del flamenquismo (andaluz, no belga), y sustituye la capillita de santos habitual por un despacho con retrato de Ortega y Gasset y obras de Schopenhauer.
En cualquier caso, feliz lectura.