Yo una vez estuve en una revolución.
Me lo ha recordado Yambra, al comentar su post de hoy. Como bien apunta él, al son de «Gràndola, vila morena» que emitía la radio, comenzó en Portugal una revolución hace ya muchos años.
Es verdad que era tan pequeña que apenas recuerdo nada más que los soldados en un puente y por las calles, mi hermano y yo mirando por el cristal de atrás del coche, él encantado viendo «metralletas», mientras salíamos con urgencia de un país cuyas fronteras con el nuestro iban a cerrarse, imagino que en un intento por parte española de evitar «el contagio». No recuerdo si en la calle había tensión, supongo que sí; en nuestro coche sí la había, aunque esa tensión sorda que se da cuando los mayores no quieren que los niños noten nada. No lo consiguen, sólo que los niños entonces procuran disimular.
Yo miraba a ver si los soldados eran tan jóvenes como decía mi madre a mi padre («míralos, son casi niños») que iba atento conduciendo, y ni veía que fuese tan jóvenes (eran mayores para mí también) ni entendía qué podía importar que lo fuesen, ni sabía que mi madre veía muy probable que muchos de los que estábamos mirando murieran en breve.
Desde luego yo no sabía que aquello era la Revolución de los Claveles, ni que entonces desde España miraban esperanzados (algunos, otros es más fácil pensar que casi aterrorizados) a Portugal pensando que quizá aquí faltaba poco también para algo así. Y faltaba poco, pero eso fue más biológico que revolucionario.
Muchos años después, hará cinco, quizá seis, no recuerdo exactamente, conocí a Otelo Saraiva de Carvalho, el oficial que aquel día comandó las operaciones militares del golpe, uno de los capitanes de abril. Él había sido uno de los principales gestores del Movimiento de las Fuerzas Armadas, y había estudiado la situación del ejército y la posibilidad de una acción armada a gran escala en aquellos momentos. Dibujó en una interesante conferencia en Segovia, con escasísimo público, el panorama de un Portugal harto de guerras coloniales, que habían llenado el país de mutilados, habían quebrantado la economía y hacían que las familias estuviesen pendientes de sus combatientes. Se le veía orgulloso de su actitud entonces, de haber contribuido a que no hubiese baños de sangre, a cambiar todo de forma incruenta, pero profundamente desencantado con el rumbo posterior de esa revolución, con muchos de sus compañeros, y con el presente.

Después de tanto tiempo, parecía sólo un militar romántico.