No me gusta mucho el circo, supongo que porque cualquiera de los números de equilibrio los he visto más o menos competiciones deportivas, y los payasos me parecen unos seres un poco tétricos, con ese maquillaje blanco y rojo tapando sus caras para construir tan solo una mueca y unos ojos tristes, ya he dicho varias veces que nunca he sentido la magia del circo. Pero hay veces en las que lees o escuchas algo, y se te instala una idea en la cabeza, y yo hoy llevo todo el día con Pompoff y Teddy allí metidos.
En Pompoff y Teddy suelo pensar (bueno, en ellos no, que no tuve el gusto de verlos nunca, sino en el nombre, tan apropiado, rotundo, sonoro: Pompoff y Teddy) cuando observo a gentes que hablan en pareja.
Se suele dar mucho en parejas sentimentales cuando hablan con alguien (obviamente, ajeno a su relación, he dicho pareja), básicamente por dos motivos: o están muy compenetradas, ya se sabe lo del colchón y la opinión, y esto es lógico, dialogan entre sí y piensan igual, no es a esto a lo que me refiero; o uno de los componentes es un perezoso mental y sólo apostilla las cosas que su compañero enuncia, sin mayor análisis y sin plantearse que puede pensar solo.
Curiosamente, esas dos variantes también se dan en parejas formadas sin vínculo sentimental, aunque sí ideológico o de parasitaria admiración, en las que uno de los componentes es bastante más listo que el otro, aunque nunca lo reconocen, y esas son las que me hacen gracia (en las otras, el amor, la pasión o la bioquímica me parecen disculpas suficientes), porque suelen responderse entre sí intentando imitar la ironía, sólo que les queda más bien un remedo de diálogo entre payasos, siendo uno de ellos (no necesariamente el mismo siempre) el serio:

-Gaby ¿no es verdad que tengo razón, porque siempre lo hemos dicho así?
-Nooooooo, Fofó, pero por mucho que lo expliquemos no lo entenderá este ser inferior al que nos dirigimos.

Al principio se cae en la trampa, y se intenta dialogar con esos tipos humanos, pero luego, salvo que te guste mucho la arena del circo, es más divertido contemplarlos (a ellos y a la batería de tópicos que suelen esgrimir) en todo su esplendor, que es mucho, aunque no el que ellos creen.

La apoteosis del número es cuando añaden a la pareja un tercero, que suele ser el menos dotado, o sea, es simple, para qué andar con eufemismos, incluso a veces lo proclama aunque no con esas palabras y aunque no haga falta, porque es lo primero que se ve, pero claro, también es lógico porque hay gente que no da para más; en realidad no son un trío, sino un par de payasos y un títere. El tercero es muy útil como carne de cañón, sus directores espirituales le meten una idea falsa en su impresionable mente, y se le lanza a repetir la mentira por todos los lados, ya se encargará el otro par de divulgarla para que parezca verdad.
Sólo que a veces, parecer no es igual que ser.