Entradas archivadas en Mayo dEurope/Berlin 2005

Martes, 31 de Mayo de 2005

Cuentan que antaño, yo no tengo edad para recordarlo porque las monjas de mi colegio eran postconcilio (Vaticano II, claro), los maestros e incluso los médicos, o algunos médicos, enseñaban que la masturbación producía toda serie de efectos secundarios, por supuesto adversos. Para evitarla, además de recurrir a métodos de castigo físico incluso autoinfligido (qué decir del remedio consistente en frotarse con ortigas allá donde pique), se practicaba la advertencia de forma tenebrosa: no crecerás, te crecerán pelos en las manos, te llenarás de granos, te quedarás ciego…
¿Y qué decir de este cartel, prodigio de ternura, que lleva años y años circulando, tan explícito?

Por no hablar de los sitios creados en internet para ayudar «al control» y en los que por lo visto se dan consejos como éste:

Mantengan la calma y díganse ¡Tú no eres mi dueña, masturbación! Recuperaré mi vida. Si no funciona, pueden buscar otras alternativas, como mascar chicle, escuchar el tema de John Lennon Cold Turkey, comer chocolate, o lo que les resulte de más ayuda (menos masturbarse)

Claro, siempre había pensado que todo eso eran leyendas sin ningún tipo de fundamento más allá de la vocación de las religiones de meterse en cama ajena, porque lo que sí me parecía cierto a todas luces es lo de «semen retentibus venenum est», viendo los ejemplares de amargados que circulan, llorones impenitentes e impertinentes a los que yo pensaba que un par de meneos en condiciones podría arreglarles la vida; como algunos parece imposible que obtengan cooperación para tal menester, en mi mente yo les adjudicaba prejuicios contra la masturbación, dado el resultado (o sea, que tienen la mente muy mal, vaya). Por supuesto, ahora lo sé, ambas cosas son erróneas: pueden portarse como monos, y/o ser muy activos sexualmente, porque si algo de bueno tiene la vida es que siempre hay un roto para un descosido, por astroso, abyecto o barato que sea el descosido, y no mejorar en nada ya que al final lo único cierto en el mundo es que de donde no hay, no se puede sacar, se aplique el movimiento que se aplique.
Y no. Resulta que ahora se ha publicado que ¿la, el? Viagra deja ciego. Bueno, «a veces» deja ciego y hasta el fabricante ha reconocido la conexión entre el medicamento y el efecto secundario. Como se me escapa la relación, al final va a ser que todos los cuentos de viejas tienen un fundamento remoto, que el transcurso de los años nos ha hecho olvidar, y que lo del sexo y la vista va a tener una trabazón que no vemos (bueno, yo no la veo).
O sea, ahora uno (si pertenece a los frigidis) puede elegir entre solucionar sus problemas de «erigere membrum» o quedarse ciego. Y dada la edad de los usuarios naturales de ¿el, la? Viagra, será como un retorno a la ruleta rusa de su niñez, cuando elegían entre el placer inmediato y todos los males anunciados.

Lunes, 30 de Mayo de 2005

Aunque Homero dice que Helena, Clitemestra, Cástor y Polideuces (Pólux) eran todos hijos de Tíndaro, a mí me gustan más las versiones que hacen a algunos de ellos fruto de la unión de Leda con Zeus transformado en cisne para escapar de la ira y las miradas de Hera, y, sobre todo, por simétrica, la que hace a Helena y Pólux hijos de Zeus, y a Clitemestra y Cástor hijos del rey de Esparta.

De cualquier manera, Cástor y Pólux son conocidos como los Dioscuros («los jóvenes nacidos de Zeus»), y su historia es conjunta, pues además de gemelos (nacidos de distinto padre, pero en la misma nidada), fueron inseparables.
Formaron parte de la ilustre lista de Argonautas, entre los que figuraron también Peleo, Teseo o el mismo Heracles. Durante la travesía del Argo la habilidad como boxeador de Pólux logró que saliesen con bien del encuentro con el rey Ãmico, hijo de Posidón, quien retaba a todos sus visitantes a combatir con él a muerte; muerte que por otro lado era segura si no se aceptaba el reto porque en ese caso se arrojaba al cobarde (o sensato) desde el acantilado más alto. Cástor era un experto jinete y, con su hermano, ayudó a Jasón, el héroe tesalio, a destruir Yolco cuando regresaron con el vellocino de oro. Juntos también liberaron a su hermana Helena, que había sido raptada a los doce años por Teseo y Pirítoo, dando qué hacer ya desde pequeñita.
Pero no son los únicos hermanos inseparables que encontramos en la mitología griega. Menos conocidos por sus nombres, estaban también Idas y Linceo, primos hermanos de los Dioscuros. Eran hijos del rey de Mesenia, Afareo, aunque a Idas se le considera a veces hijo de Posidón, y su historia está ligada a la de Cástor y Pólux, con quienes compartieron aventuras, como la caza del jabalí de Calidón o la travesía del Argo. Ligados, pero rivales siempre, porque Linceo e Idas estaban prometidos a sus primas Hilaíra y Febe, hijas del rey Leucipo, cuando los Dioscuros las raptaron y las llevaron a Esparta, donde las hicieron sus esposas.

Un día, las dos parejas de gemelos prepararon una expedición a la Arcadia para robar ganado, y a la vuelta, Idas lanzó un desafío: el primero que terminase de comer su parte de carne obtendría la mitad del rebaño, y el segundo la otra mitad. Cástor y Pólux aceptaron el reto que en realidad era una trampa, puesto que Idas había distribuido las carnes de modo que les favoreciera a él y a su hermano la división, por lo que terminaron rápidamente sus porciones y obtuvieron todo el ganado. Burlados y furiosos, los Dioscuros hicieron una incursión en Mesenia y robaron de nuevo las reses, llevándolas a Esparta.
Sus primos se lanzaron en su persecución, y la vista prodigiosa de Linceo los localizó en una encina hueca, donde se habían refugiado. Idas se deslizó detrás del árbol y atacó a Cástor con su jabalina, hiriéndole mortalmente. Pólux persiguió a sus primos, y logró matar a Linceo, mientras que Idas fue fulminado por Zeus, que intervino en favor de su hijo cuando el Dioscuro estaba a punto de ser alcanzado.
Habiendo terminado con ellos, Pólux volvió junto a su hermano agonizante, y suplicó a su padre que no le dejase vivir si Cástor moría, o que le convirtiese también en inmortal, pero que no les separase para toda la eternidad. Zeus, conmovido, accedió a que Cástor (la contraestrella) compartiese la inmortalidad que le correspondía a Pólux (la muy brillante) y desde entonces se les puede ver siempre juntos, en el cielo.

Jueves, 26 de Mayo de 2005

No suelo emplear nunca un post para responder un comentario, pero esta especie de norma no escrita que vengo observando algún día tenía que saltármela porque para eso, entre otras cosas, están las normas. Pero sobre todo me he decidido a hacerlo porque yo no puedo contestar sola a una cuestión planteada en los comentarios de este post y quizá alguien que lea por aquí pueda echar una mano.
El asunto es que una lectora, que supongo que llegaría hasta esta página a través del buscador ese que todos pensáis, solicita ayuda con carácter urgente. A ver si entre todos podemos proporcionársela, porque puedo imaginar perfectamente el desasosiego que siente Juana Mari:

hola,mi hermana se casa el proximo sabado y estoy buscando uno muñecos para la tarta nupcial…se lo que quiero pero no lo encuentro!!es la novia cojiendo al novio del cuello de la camisa y arrastrandolo por el suelo,si alguien sabe donde y como ponerme en contacto con algun sitio donde los hagan que me lo comunique,gracias.

La urgencia como es obvio viene determinada por la fecha del acontecimiento: el próximo sábado. Si no actuamos rápido van a tener que poner una pareja de las de siempre, con pose de foto.
De su descripción deduzco que lo que ella quiere es algo así:

Tengo que confesar por mi parte que en las indagaciones privadas, que he llevado a cabo con algunos amigos, lo que se dice una solución no me han dado, aunque han hecho valiosas aportaciones a la posible composición de la figurita. Destaco sobre todo la necesidad que señalan casi unánimemente de un gran piso superior para poder asentar debidamente a la pareja; también que se podría considerar la posibilidad de despeñar al muñeco por la tarta, de modo que quedase suspendido, agarrado a uno de los niveles inferiores, o que cuelgue de la tarta mientras la muñeca lo agarra de la corbata (en este último caso podría incluso hacerse que el monigote saque la lengua en medio de una mueca).
Por cuestiones de realismo, y descartada la pintura roja, se podría optar por una tarta con mermelada de fresa o de alguna fruta del bosque que dé un tono de sangre coagulada.
En caso de no encontrar la pareja así descrita, y como alternativas, cabe la posibilidad de hacerse con una barbie novia y ponerla en la pose adecuada con un madelman (seguirán existiendo, supongo; yo prefería el geyperman pero ese sí que me parece que ya no lo hacen), aunque habría que confeccionarle el traje porque no recuerdo yo que hayan vendido nunca muñecos para niños vestidos así (ni de monje, ni de enfermero…), y usar un traje de comando o de buzo no lograría el efecto deseado, que disfrazados yo creo que sólo se casan ya algunos aspirantes a trono caducos; si estos muñecos resultasen demasiado grandes podría acudirse a la opción de las barriguitas de famosa, pero tan redonditos no sé yo si iban a quedar muy estéticos los novios; además cuando yo era pequeña no había barriguitas-niño, por tanto el novio terminaría recordando a Nicki de Gran Hermano.
También cabría buscar rápidamente a alguien hábil con la plastilina (no tóxica) y que ejecute la obra. Los únicos expertos en ese material que yo conozco no terminan de coger bien la idea y están en la guardería la mayor parte del tiempo.

Lunes, 23 de Mayo de 2005

En el periodismo, no sé si desde siempre o sólo actualmente, hay una vocación de permanencia contradictoria con su propia naturaleza, seguramente heredera de los tiempos gloriosos del Watergate, cuando dos periodistas obtuvieron la gloria de que sus informaciones no caducasen cada mañana y de que sus nombres permaneciesen durante años.
El afán de importancia, influencia y permanencia yo creo que ha hecho que se revista la información escueta de un ropaje casi escandaloso y no sé si será verdad, pero yo lo noté primero en la información deportiva, cuando José María García y su legión de imitadores comenzaron a informar sobre las inaceptables actuaciones de, por ejemplo, el presidente de la federación regional de canicas de cristal bicolor con tal despliegue de medios, aporte de datos y testigos, y análisis contextual para ver las implicaciones de la protección que el presidente de la Diputación de turno les prestaba, que no quedaba más remedio que rendirse a la evidencia de la necesidad de un cambio en la cúpula de tan influyente deporte. Después ya se extendió al mundo del corazón, y así hay «periodistas de investigación» dedicados a descubrir montajes evidentes para los que no tenemos tanta profesionalidad.
Y sin embargo, yo creo que nada influye tanto como las páginas de estilo de los suplementos dominicales, todas ellas, pero especialmente las secciones que dedican a los vinos. Tengo para mí que es responsabilidad suya la invasión de catadores que asola los restaurantes cualquier sábado por la noche, todos dispuestos a ejecutar el ritual cuando el sommelier les muestra la botella elegida por el experto de la mesa. Realmente la ceremonia comienza en la elección, mientras desliza displicentemente la mirada por la carta de vinos, mínimo tinto crianza, en busca de las marcas que conoce o recuerda. Si no hay suerte, y ninguna de ellas aparece, lo que no suele fallar es escoger uno de la zona media-alta de precios; el más caro no, porque parecería que no tiene ni idea, el más barato tampoco, porque parecería un rácano. Cuando se acerque el camarero con la botella elegida, un leve gesto de cabeza será suficiente, hay que reservarse por si presentan el corcho (que ya no lo hacen en muchos sitios) y desde luego para el momento estelar de la cata, con los comensales observando a la estrella ocasional mientras huele, mueve, observa al trasluz y degusta. Desde luego existe gente muy dotada, porque teniendo en cuenta las cervecitas o los martinis de antes, y el tabaco de todo momento, yo a lo más que llego es a saber si me gusta o no el vino, y si está picado (bueno, la fase visual también puedo salvarla si no ha habido exceso de alcohol antes, vamos, que veo si es viscoso o no, y distingo el color). Pero a mí me gusta verles en la fase olfativa, oliendo en reposo, agitando la copa, aunque ahí no suelen decir nada; es mucho mejor cuando ya se llega al gusto, que si es un poco lírico el catador puede explayarse sobre el cuerpo, el equilibrio, y lo que más me gusta: el retrogusto.
Yo creo que conviene llevar un catador en el grupo porque en algunos restaurantes (sobre todo esos en los que la carta está lleno de artículos determinados: «la» perdiz, «las» habitas, «la» lubina, «el» rodaballo…) parece ofenderles que no realices la ceremonia, ellos creen que es lo normal porque los frecuentan sobre todo nuevos ricos. Y además, siempre pedirán «el» solomillo al punto. Si ya lo decía Siniestro.

Viernes, 20 de Mayo de 2005

El fin de semana es un tiempo extraño. Dos días de ocio que hay que llenar de forma autónoma, con algo que satisfaga y/o con algo que se pueda contar el lunes, cuando se vuelve al trabajo, para despertar la admiración y la envidia de quien nos escuche.
La tipología de quienes empiezan el fin de semana es muy variada, desde quienes avisan de sus encuentros sexuales, sin caer en la cuenta de que el hecho mismo de merecer un anuncio por su parte da pistas sobre lo mal que llevan su escasa (escasa, sí, siempre que se puede poner fecha y número es escasa) vida sexual, hasta quienes, en su afán de no dejar un minuto libre ni para sí mismos ni para quienes les rodean, se preparan para convertir el fin de semana de su familia en lo que a mí me parece (visto desde fuera porque nunca lo he sufrido para suerte mía) una refinada tortura digna de figurar en el Infierno descrito por Dante que comienza en un Leroy Merlín o sitio similar.
Son los sims del bricolaje, gente que se levantará pronto el sábado, dispuesta a llevar a cabo, más bien ejecutar, «en un momento» algún trabajo manual en su casa. Como los sims, vivirán exclusivamente para su tarea, parando el tiempo justo para comer y beber, mientras empantanan a todo el que tenga la desgracia de estar alrededor cuando se transforman en capataces. El inicio de esta gente en la perversión por fuerza tuvo que ser inocente y bienintencionado, por ejemplo, colgar un cuadro (aunque depende del cuadro, hay algunos que si al verlos se sigue teniendo ganas de ponerlos en una pared ya indican claramente la degeneración del individuo), reparar una cisterna que gotea o un enchufe que se ha soltado (fijo que todo tiene un nombre «técnico», pero lo desconozco). En principio intentarían hacerlo con las herramientas que todo el mundo tiene en casa: el destornillador, el martillo y el pegamento, que si es super-glue yo creo que puede ser considerado herramienta también ¿no?
Claro, son quizá instrumentos insuficientes, sobre todo por la falta de pericia, y puede que el impulso normal sea acudir a una ferretería para que te aconsejen, pero eso hay que evitarlo a toda costa.
Es peligroso sucumbir a ese primer momento de debilidad porque en la ferretería te van a intentar convencer de que cambiar un enchufe requiere un instrumental más numeroso que el necesario para sustituir una válvula cardiaca. Ahí te meterán hábil y perversamente en el inmenso y desconocido mundo de las alcayatas (escarpias, o sea), brocas y tirafondos, y luego ya, cuando asumas que es imposible saber cuántos números de alcayatas y brocas hay, seguro que intentan pasarte al mundo de las masillas, o aún peor, de las soldaduras. La cosa degenera ya por sí misma, y debe de ser en ese momento cuando a la antigua persona normal y actual manitas le entran unas irrefrenables ganas de ver «Bricomanía», sin pararse a pensar que encima de estar engorrinado durante un año para hacer un mueble-bar que le parece bonito a un tipo que viste peto y camisa de leñador, le va a salir cada copa que se tome a millón si tiene que amortizar todas las herramientas y material que ha comprado y/o alquilado.
Y encima es una espiral sin fin, cuando haya perpetrado el mueble-bar, la cómoda moderna, el revistero, la estantería en la que no puede poner muchos libros porque se cae (aunque quizá ese peligro no llegue a consumarse nunca) y un sinfín de «alternativos» muebles más, caerá en la cuenta de que no le caben en casa, y verá que es el momento de dar un paso más y construirse él mismo un chamizo en el terrenito rústico que tiene abandonado («así los chicos respirarán aire puro», pensará, sin caer en la cuenta de que si dejase de usar pinturas, esmaltes, colas y pegamentos, el aire de su casa sería bastante aceptable). Pero claro, él ha visto «bricomanía», y además de enseñarle lo del mueble-bar, habrá aprendido cómo se hace una cubierta con paneles sandwich (yo creo que eso existe, pero no lo sé seguro) y cómo se diseña un jardín francés o algo por el estilo, no sé bien, porque yo sólo he asimilado de momento que las plantas necesitan «buen sustrato». Lo único bueno de ese instante, cuando deciden volver al campo, es que dejan de jorobar a sus vecinos con los martillazos los domingos de madrugada.
Y si la vecina soy yo, eso es impagable.


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