Una de las ventajas más evidentes de la república frente a la monarquía tal y como la conocemos actualmente (hereditaria) es que cuando conocemos al futuro Presidente ha pasado ya la edad de los pañales (algunos vuelven a ella, pero es estando ya en el cargo) y además nadie estuvo pendiente de su concepción, salvo los padres de la criatura y quizá su familia más directa en el caso de que perteneciese esta última al rango de las histéricas que no quieren «que se pierda el Pérez». Pero el recambio del Presidente no depende de la puntería de uno o varios coitos; se soluciona con unas elecciones, que si bien llevan su parafernalia de precampaña y campaña, luego permiten decir cosas como lo de la «fiesta de la democracia» que tanto nos mejora.

En cambio la monarquía sí depende de que los príncipes no sean estériles, o por lo menos que no lo sean todos, y a algunos monárquicos no puedo dejar de imaginármelos como a los «criadores de campeones», sobre todo cuando pedían «tranquilidad» para que las cosas siguiesen su curso. Imagino los suspiros de alivio ahora que ya hay comunicado oficial (por si algún despistado aún no lo sabe, enlazo al ABC, aunque desde que Anson -antes Ansón- no está no es lo mismo).
Ale, ya pueden descansar todos, los que ponían velas al santo al que se encarguen las preñeces, que alguno habrá, y los príncipes mismos, no la vamos a ver convertida en Yerma; digo descansar, pero no me parecía a mí que estuviesen condenados a galeras, aunque eso puede ser porque yo tengo afición.
Lo que comenzará ahora será la quiniela sobre nombre y sexo del futuro infante. Si es verdad que vox populi, vox Dei, Pelayo sale en un puesto destacado. No faltarán quienes pidan Juan, aunque habría en ese caso un problema con el ordinal, y quizá tuviese que acudir como su abuelo al nombre compuesto. Algunos suspirarán por un Fernando, y mejor que se parezca al Tercero o al inspirador de «El Príncipe» de Maquiavelo, no vaya a ser que salga como el Séptimo, por mucho que ambos hayan sido deseados. Aunque puestos a buscar un nombre simbólico, las malas lenguas sospecho que se inclinarán por Ruber.
Si fuese niña supongo que una comunidad entera pedirá una Covadonga, los más tradicionales una Isabel y en Castilla seremos buenos y no pediremos una Urraca o una Berenguela, pobre criatura, aunque podíamos pedir una María, que la que hubo fue hábil gobernando en tiempos difíciles. Por aquello de la igualdad, las malas lenguas pueden seguir inclinándose por Ruber.
Y de todas formas, siempre pueden poner a la criatura una retahíla de nombres antes del «y de Todos los Santos».
El caso es que, en medio de las hagiografías de los futuros padres y los sonrojantes comentarios de los tertulianos habituales sobre las futuras virtudes del bebé (alto, guapo, rubio, simpático, y el más listo de la guardería, claro), empezaremos a escuchar otra vez lo de la ley Sálica, no sé el motivo, porque esa aportación francesa fue abolida en España con la promulgación de la Pragmática Sanción en tiempos de Fernando VII, y tenía que ser algo que recordásemos todos, no en vano ese hecho nos costó las guerras civiles que conocemos como Carlistas y que tanto juego dieron luego al imbécil de Arana.
El siguiente paso, una vez descartado que tengamos que derogar una ley abolida en el siglo XIX, será emprenderla con la reforma de la Constitución, ya que a sus padres (los de la Constitución digo) se les ocurrió recoger en el Título II (art. 57) las normas de sucesión, y establecer la tradicional prelación de los varones sobre las mujeres dentro del mismo grado.
Como la reforma requiere disolución de las Cámaras (art. 168 ) y no va a desperdiciar el Gobierno el tiempo que aún tiene de legislatura, en este periodo (tres años más o menos) podemos aprendernos el procedimiento y ver lo que se incluye en él por el mismo precio.
Y este ser tiene tres años para trabajar asentando (más) la monarquía.