La plaza está ahora entre sol y sombra.
Estoy casi a gusto sentada en este escalón, acompañada por un grupo de gente innominada pero conocida. Si no fuese por estas palomas que revolotean sin pañal ignorando la civilización…
Suena una música amortiguada. Casi es excesivo llamarla aún música, sólo son sonidos.
Un tipo rubio con melenita de príncipe y cara como para una bofetada acaricia su guitarra. Con los primeros acordes nos levantamos los siete u ocho que estamos juntos, sentados en la escalera, haciendo nada. Ahora le miramos desde un poco más arriba (le miro, en realidad; sé que estoy acompañada pero no sé quien está a mi lado, sus actos parecen depender de mi voluntad, y se vuelven borrosos hasta casi desaparecer). Antes ni siquiera habíamos reparado en su presencia ni en la del grupo que le rodea mirando como toca.
Va con su guitarra porque sin ella es invisible.
Las palomas se callan y desaparecen; quizá sólo es que lo que no molesta no existe.
Sólo puedo mirarle a él, aunque es todo lo contrario de lo que me gusta. Pero me siento como una serpiente, no sólo porque esté mudando la piel, también porque sus acordes casi susurrados y repetidos tiran de mí, me levantan aunque no lleguen a elevarme, me hacen mirarle, me impulsan a intentar cantar.
Intento articular las palabras de esa melodía que conozco y que no escuchaba desde que era una niña, cuando sólo había cintas y discos, cuando los padres eran gente que nunca iba a dejar de estar a tu lado, protegiéndote.
El rumor de las palabras, sordo e ininteligible, va creciendo: otros antes que yo han encontrado la canción y se unen al coro, que va subiendo de intensidad.
Sé que conozco la melodía, que si hago un pequeño esfuerzo puedo unirme a ellos, y me apetece aunque todavía parece un rezo.
De repente, dejo de pensar y sólo así mis labios logran moverse para decir «¿qué cantan los poetas, poetas andaluces, de ahora?»