El fin de semana es un tiempo extraño. Dos días de ocio que hay que llenar de forma autónoma, con algo que satisfaga y/o con algo que se pueda contar el lunes, cuando se vuelve al trabajo, para despertar la admiración y la envidia de quien nos escuche.
La tipología de quienes empiezan el fin de semana es muy variada, desde quienes avisan de sus encuentros sexuales, sin caer en la cuenta de que el hecho mismo de merecer un anuncio por su parte da pistas sobre lo mal que llevan su escasa (escasa, sí, siempre que se puede poner fecha y número es escasa) vida sexual, hasta quienes, en su afán de no dejar un minuto libre ni para sí mismos ni para quienes les rodean, se preparan para convertir el fin de semana de su familia en lo que a mí me parece (visto desde fuera porque nunca lo he sufrido para suerte mía) una refinada tortura digna de figurar en el Infierno descrito por Dante que comienza en un Leroy Merlín o sitio similar.
Son los sims del bricolaje, gente que se levantará pronto el sábado, dispuesta a llevar a cabo, más bien ejecutar, «en un momento» algún trabajo manual en su casa. Como los sims, vivirán exclusivamente para su tarea, parando el tiempo justo para comer y beber, mientras empantanan a todo el que tenga la desgracia de estar alrededor cuando se transforman en capataces. El inicio de esta gente en la perversión por fuerza tuvo que ser inocente y bienintencionado, por ejemplo, colgar un cuadro (aunque depende del cuadro, hay algunos que si al verlos se sigue teniendo ganas de ponerlos en una pared ya indican claramente la degeneración del individuo), reparar una cisterna que gotea o un enchufe que se ha soltado (fijo que todo tiene un nombre «técnico», pero lo desconozco). En principio intentarían hacerlo con las herramientas que todo el mundo tiene en casa: el destornillador, el martillo y el pegamento, que si es super-glue yo creo que puede ser considerado herramienta también ¿no?
Claro, son quizá instrumentos insuficientes, sobre todo por la falta de pericia, y puede que el impulso normal sea acudir a una ferretería para que te aconsejen, pero eso hay que evitarlo a toda costa.
Es peligroso sucumbir a ese primer momento de debilidad porque en la ferretería te van a intentar convencer de que cambiar un enchufe requiere un instrumental más numeroso que el necesario para sustituir una válvula cardiaca. Ahí te meterán hábil y perversamente en el inmenso y desconocido mundo de las alcayatas (escarpias, o sea), brocas y tirafondos, y luego ya, cuando asumas que es imposible saber cuántos números de alcayatas y brocas hay, seguro que intentan pasarte al mundo de las masillas, o aún peor, de las soldaduras. La cosa degenera ya por sí misma, y debe de ser en ese momento cuando a la antigua persona normal y actual manitas le entran unas irrefrenables ganas de ver «Bricomanía», sin pararse a pensar que encima de estar engorrinado durante un año para hacer un mueble-bar que le parece bonito a un tipo que viste peto y camisa de leñador, le va a salir cada copa que se tome a millón si tiene que amortizar todas las herramientas y material que ha comprado y/o alquilado.
Y encima es una espiral sin fin, cuando haya perpetrado el mueble-bar, la cómoda moderna, el revistero, la estantería en la que no puede poner muchos libros porque se cae (aunque quizá ese peligro no llegue a consumarse nunca) y un sinfín de «alternativos» muebles más, caerá en la cuenta de que no le caben en casa, y verá que es el momento de dar un paso más y construirse él mismo un chamizo en el terrenito rústico que tiene abandonado («así los chicos respirarán aire puro», pensará, sin caer en la cuenta de que si dejase de usar pinturas, esmaltes, colas y pegamentos, el aire de su casa sería bastante aceptable). Pero claro, él ha visto «bricomanía», y además de enseñarle lo del mueble-bar, habrá aprendido cómo se hace una cubierta con paneles sandwich (yo creo que eso existe, pero no lo sé seguro) y cómo se diseña un jardín francés o algo por el estilo, no sé bien, porque yo sólo he asimilado de momento que las plantas necesitan «buen sustrato». Lo único bueno de ese instante, cuando deciden volver al campo, es que dejan de jorobar a sus vecinos con los martillazos los domingos de madrugada.
Y si la vecina soy yo, eso es impagable.