¿Qué quieres ser de mayor? padre, yo quiero ser catador
En el periodismo, no sé si desde siempre o sólo actualmente, hay una vocación de permanencia contradictoria con su propia naturaleza, seguramente heredera de los tiempos gloriosos del Watergate, cuando dos periodistas obtuvieron la gloria de que sus informaciones no caducasen cada mañana y de que sus nombres permaneciesen durante años.
El afán de importancia, influencia y permanencia yo creo que ha hecho que se revista la información escueta de un ropaje casi escandaloso y no sé si será verdad, pero yo lo noté primero en la información deportiva, cuando José MarÃa GarcÃa y su legión de imitadores comenzaron a informar sobre las inaceptables actuaciones de, por ejemplo, el presidente de la federación regional de canicas de cristal bicolor con tal despliegue de medios, aporte de datos y testigos, y análisis contextual para ver las implicaciones de la protección que el presidente de la Diputación de turno les prestaba, que no quedaba más remedio que rendirse a la evidencia de la necesidad de un cambio en la cúpula de tan influyente deporte. Después ya se extendió al mundo del corazón, y asà hay «periodistas de investigación» dedicados a descubrir montajes evidentes para los que no tenemos tanta profesionalidad.
Y sin embargo, yo creo que nada influye tanto como las páginas de estilo de los suplementos dominicales, todas ellas, pero especialmente las secciones que dedican a los vinos. Tengo para mà que es responsabilidad suya la invasión de catadores que asola los restaurantes cualquier sábado por la noche, todos dispuestos a ejecutar el ritual cuando el sommelier les muestra la botella elegida por el experto de la mesa. Realmente la ceremonia comienza en la elección, mientras desliza displicentemente la mirada por la carta de vinos, mÃnimo tinto crianza, en busca de las marcas que conoce o recuerda. Si no hay suerte, y ninguna de ellas aparece, lo que no suele fallar es escoger uno de la zona media-alta de precios; el más caro no, porque parecerÃa que no tiene ni idea, el más barato tampoco, porque parecerÃa un rácano. Cuando se acerque el camarero con la botella elegida, un leve gesto de cabeza será suficiente, hay que reservarse por si presentan el corcho (que ya no lo hacen en muchos sitios) y desde luego para el momento estelar de la cata, con los comensales observando a la estrella ocasional mientras huele, mueve, observa al trasluz y degusta. Desde luego existe gente muy dotada, porque teniendo en cuenta las cervecitas o los martinis de antes, y el tabaco de todo momento, yo a lo más que llego es a saber si me gusta o no el vino, y si está picado (bueno, la fase visual también puedo salvarla si no ha habido exceso de alcohol antes, vamos, que veo si es viscoso o no, y distingo el color). Pero a mà me gusta verles en la fase olfativa, oliendo en reposo, agitando la copa, aunque ahà no suelen decir nada; es mucho mejor cuando ya se llega al gusto, que si es un poco lÃrico el catador puede explayarse sobre el cuerpo, el equilibrio, y lo que más me gusta: el retrogusto.
Yo creo que conviene llevar un catador en el grupo porque en algunos restaurantes (sobre todo esos en los que la carta está lleno de artÃculos determinados: «la» perdiz, «las» habitas, «la» lubina, «el» rodaballo…) parece ofenderles que no realices la ceremonia, ellos creen que es lo normal porque los frecuentan sobre todo nuevos ricos. Y además, siempre pedirán «el» solomillo al punto. Si ya lo decÃa Siniestro.









