Cuentan que antaño, yo no tengo edad para recordarlo porque las monjas de mi colegio eran postconcilio (Vaticano II, claro), los maestros e incluso los médicos, o algunos médicos, enseñaban que la masturbación producía toda serie de efectos secundarios, por supuesto adversos. Para evitarla, además de recurrir a métodos de castigo físico incluso autoinfligido (qué decir del remedio consistente en frotarse con ortigas allá donde pique), se practicaba la advertencia de forma tenebrosa: no crecerás, te crecerán pelos en las manos, te llenarás de granos, te quedarás ciego…
¿Y qué decir de este cartel, prodigio de ternura, que lleva años y años circulando, tan explícito?

Por no hablar de los sitios creados en internet para ayudar «al control» y en los que por lo visto se dan consejos como éste:

Mantengan la calma y díganse ¡Tú no eres mi dueña, masturbación! Recuperaré mi vida. Si no funciona, pueden buscar otras alternativas, como mascar chicle, escuchar el tema de John Lennon Cold Turkey, comer chocolate, o lo que les resulte de más ayuda (menos masturbarse)

Claro, siempre había pensado que todo eso eran leyendas sin ningún tipo de fundamento más allá de la vocación de las religiones de meterse en cama ajena, porque lo que sí me parecía cierto a todas luces es lo de «semen retentibus venenum est», viendo los ejemplares de amargados que circulan, llorones impenitentes e impertinentes a los que yo pensaba que un par de meneos en condiciones podría arreglarles la vida; como algunos parece imposible que obtengan cooperación para tal menester, en mi mente yo les adjudicaba prejuicios contra la masturbación, dado el resultado (o sea, que tienen la mente muy mal, vaya). Por supuesto, ahora lo sé, ambas cosas son erróneas: pueden portarse como monos, y/o ser muy activos sexualmente, porque si algo de bueno tiene la vida es que siempre hay un roto para un descosido, por astroso, abyecto o barato que sea el descosido, y no mejorar en nada ya que al final lo único cierto en el mundo es que de donde no hay, no se puede sacar, se aplique el movimiento que se aplique.
Y no. Resulta que ahora se ha publicado que ¿la, el? Viagra deja ciego. Bueno, «a veces» deja ciego y hasta el fabricante ha reconocido la conexión entre el medicamento y el efecto secundario. Como se me escapa la relación, al final va a ser que todos los cuentos de viejas tienen un fundamento remoto, que el transcurso de los años nos ha hecho olvidar, y que lo del sexo y la vista va a tener una trabazón que no vemos (bueno, yo no la veo).
O sea, ahora uno (si pertenece a los frigidis) puede elegir entre solucionar sus problemas de «erigere membrum» o quedarse ciego. Y dada la edad de los usuarios naturales de ¿el, la? Viagra, será como un retorno a la ruleta rusa de su niñez, cuando elegían entre el placer inmediato y todos los males anunciados.