La fÃsica es un placer

Seguramente a los que no os suceda no lo entenderéis, pero existe un tipo de mente, como la mÃa, que es superada irremediablemente por la abstracción fÃsica o matemática, incluso creo que el lugar donde yo sitúo la abstracción está mucho antes de aquél donde lo hacen quienes sà están dotados para esas materias. Quiero decir, yo llego a ver la utilidad de las cuatro reglas, incluso de una raÃz cuadrada; pero, aunque aprendà a hacerlas porque escogà matemáticas en C.O.U., jamás llegué a ver la utilidad de las integrales y derivadas, y se borraron de mi mente en cuanto empecé con los praetor urbanus y peregrinus, de forma que si alguien me dice que un lÃmite tiende a infinito, yo sólo soy capaz de recordar el viejo chiste. En definitiva, en cuestión de matématicas y para escándalo y desesperación de quienes sà saben, todo lo apaño con la salvadora regla de tres, suponiendo que es el paso siguiente en sofisticación de la acreditada «cuenta de la vieja». Y en la fÃsica llego a entender el principio de ArquÃmedes, aunque tiendo a centrarme más en la historia que le hizo enunciarlo, y logro comprender la ley de la palanca si puedo ver el punto de apoyo.
Por eso ayer escuché estupefacta esta noticia, en la que se abre una esperanza, bien es verdad que remota, para encontrar una cura para el cáncer. El estado de perplejidad en primer lugar sin duda alguna se debe a que todo esto ocurra aquÃ, en España, donde la I+D suele responder a Intuición y Desparpajo más que a Investigación y Desarrollo; y en segundo lugar, al hecho de que el origen del tratamiento sea una teorÃa matemática y que el artÃfice del trabajo sea un profesor teórico fÃsico, Antonio Bru.
Resulta que sÃ, somos materia ordenada hasta en lo anómalo, que respondemos a patrones comunes, que aunque nuestra mente lo olvide, nuestro cuerpo termina siendo polvo, de estrellas o enamorado.










