No sé yo si la antropología lo habrá estudiado (nótese que soy buena y digo antropología, no zoología), pero me admira sin remedio que tipos de la especie humana entrados generalmente en la treintena necesiten tres días, tres, para celebrar un ritual secreto en el quinto pino. Lo llaman «despedida de soltero», y a veces en lugar de tres días es una noche, pero la esencia se mantiene. Además luego el ritual tiene efectos secundarios, puede que a alguien hasta le dé por escribir un blog a consecuencia de un desmadre semejante.
Imagino que básicamente consistirá en emborracharse (eso siempre se confiesa), dejar de lado las más elementales normas de urbanidad (consecuencia ineludible salvo en contados casos, casi todo el mundo tiene muy mal beber) y posiblemente, quizá, contratar también los servicios de alguna pilingui. Esto último casi nunca se confiesa pero a mí me parece bien, porque viendo el aspecto de alguno de los homenajeados morirá habiendo conocido (carnalmente, quiero decir) a la pilingui y a su novia (de él, no de la pilingui).
El motivo o la excusa para hacer el memo viene a ser que ya han fijado fecha para jorobar a familia y conocidos firmando un papel, en la Iglesia o en el Juzgado, mediante el cual la sociedad se da por enterada de que fornican parejas que llevan alrededor de diez años juntas, se supone que todas sin voto de castidad, porque la virgen con pareja que había (o hay) en España pasados los veinte está localizada y actúa en Tele 5 ocasionalmente.
A mí no me parece mal que se celebren estas tradiciones, que de algún sitio serán, lo que no sé es porqué unas sí y otras no. Hay que ser consecuente, y quien celebre su despedida de soltero con otra cosa que no sea una cena con amigos y copas en bar que no sea de alterne, tendría que estar obligado por ley (y en defecto de ley, por costumbre : P) a seguir todos los ritos.
Así, por ejemplo, tras la cena, debería dirigirse la nueva pareja oficial en su coche, debidamente decorado con latas atadas al tubo de escape y apósitos de papel higiénico estratégicamente distribuidos por la carrocería, hasta una habitación donde les esperasen tres testigos: uno por la novia, otro por el novio, y un representante de la Iglesia, Juzgado o Alcaldía (en su defecto, un notario, que esto no es peor que dar fe de las votaciones de Gran Hermano). Ante ellos deberán encamarse (los novios, no los testigos). Ya estará alguien en un rapto de modernidad pensando «mira qué tradicional, dice que se encamen, ésta ignora que se puede consumar en otros sitios y posturas»; pues no, no lo ignoro, pero ¿no estamos siguiendo tradiciones? Además el detalle de la cama es fundamental, porque se puede lograr que los novios no lo consigan a la primera si los alegres invitados al jolgorio han sido previsores y han preparado una petaca con las sábanas. Hay que estar atentos ahí, porque cabe que él (o ella, o ambos) lleve una cogorza tan inhumana que crea que rompiendo la sábana se arregla todo, y eso no vale. La sábana debe permanecer íntegra.
Una vez superado el obstáculo de la petaca, y ante los tres testigos citados (téngase en cuenta que el número es un mínimo necesario, según el interés que tengan las respectivas familias en demostrar su poderío e influencia es susceptible de ampliación hasta el infinito o casi), procederán los contrayentes a consumar el matrimonio, de modo sobrio, con el debido decoro y sin florituras, sobre todo si hay representante de la Iglesia, para a continuación pasar al bonito momento de la exposición de la sábana con los residuos correspondientes colgada en el balcón. Ya, ya estarán los agoreros de siempre hablando de que la novia no va a dejar el residuo esperado… pues con tener a mano higadillos de pollo o similar sirve, tampoco van a hacer los invitados una investigación del ADN. Algún purista dirá que no es lo mismo, pero hombre, si la novia se ha casado de blanco, y puede que por la Iglesia, y sabiendo lo que sabemos ¿nos vamos a poner exquisitos por una simulación más?
Tras esto los testigos se despedirán, que se han ganado el descanso, y dejarán a la feliz pareja para que descubra lo que le falte por descubrir, que en esta cuestión no será mucho tras casi un tercio de su vida juntos. Mientras, alguna rondalla, tuna, o simplemente los invitados que aún se mantengan en pie y estén en la fase de cantos regionales, pueden deleitarles con bonitas melodías. Recomiendo especialmente las rabeladas, así hacemos por su conservación:

Todos los que cantan bien
cantan bajo tu ventana
yo como canto mal
estoy contigo en la cama.

Debajo de tu mandil
Tienes el infierno ardiendo
Déjame meter la mano
Aunque la saque corriendo

Anda diciendo tu madre
que me va a dar un rosario
bastante tengo con su hijo
cruz, martirio y calvario.


Puede que haya a quien le parezca excesivo tanto ceremonial, pero ¿y lo bonito que va a quedar el vídeo con el que se tortura a las visitas, eh?