Nada, imagino, es capaz de reparar el dolor, la herida que producen algunos delitos que todos tenemos en mente, ni siquiera la muerte de quien los cometió (para mí fuera de discusión, por otro lado) conseguiría posiblemente apaciguar el ánimo de quien haya sufrido una violación o el asesinato de un familiar. Y entiendo también la necesidad de que las penas sean proporcionadas, no sólo por quien va a sufrirlas, sino para evitar eso que un profesor de derecho penal nos explicaba: «a partir de la segunda violación, al violador le sale ‘gratis’ matar»; nosotros lo escuchábamos con nuestras mentes burguesitas escandalizadas, supongo, porque a fin de cuentas conocíamos muchísimo peor el Derecho que cualquier preso veterano.
Pero yo sigo teniendo la impresión de que aquí sólo nos preocupamos del delincuente, quizá porque hoy se me acumulan dos noticias: por un lado, la libertad en agosto para Ignacio de Juana Chaos, y por otro, el desgraciado caso de Benejúzar.
En el caso del etarra, estamos ya acostumbrados a escuchar los miles de años a los que son condenados cuando los informativos se hacen eco de las sentencias, y en raras ocasiones mencionan el número máximo de años de prisión que van a cumplir aún sin beneficios penitenciarios (antes 30, ahora menos). La cuenta simple es que este miserable, condenado por 25 asesinatos, va a salir en libertad habiendo cumplido 18 años de prisión, sin que el juez Pedraz aprecie indicios de su pertenencia a ETA, y justificando sus exabruptos en Gara como licencias de escritor. Y viendo esto, a mí no me da más que para pensar que, o falla estrepitosamente la ley, o el juez… estaba por tomarme una licencia de escritora, pero yo no lo soy, así que dejo que la mente de cada uno rellene los puntos suspensivos.
El asunto de Benejúzar me parece mucho más triste por irremediable ya: en este caso la madre de una víctima de violación hace siete años ha aprovechado el primer permiso penitenciario del violador para prenderle fuego. Obviando si es mucha o poca la condena a nueve años por violar a una niña de 13, no deja de llamar la atención que el violador en cuanto obtiene su primer permiso vuelva por donde solía, sin ningún tipo de cautela, ni suya ni de la justicia, ni por él ni por la víctima. Alguien tendría que tomar nota de las opiniones (del tono de ellas, más bien) que genera este suceso, y que se pueden leer al final de la noticia. Pero la madre, víctima vicaria hace siete años, se ha convertido en verdugo ayer y no puedo dejar de preguntarme si otra justicia podría haberlo evitado.
Filosofías del Derecho aparte (o maldigeridas), yo siempre he pensado que si la venganza privada, instintiva, ha sido eliminada casi por completo de nuestra sociedad (el casi es porque luego aparece un jefe de estudios de instituto dando confusos razonamientos sobre puñaladas) es porque sabemos, aunque sea de un modo difuso y poco consciente, que es el Estado quien se encarga de establecer qué es delito y qué pena corresponde a cada uno de ellos, racionalmente pero con la contundencia suficiente como para evitar tentaciones de perjudicados y parientes. Y sin perder de vista a las víctimas.