Hacía mucho, fuera del tiempo y quizá también del espacio, cuando todo era nada, en medio de la bruma que disfrazaba el falso vacío, habían escuchado la voz contándoles su historia, entremezclados. Pero no lo sabían y no podían recordarlo.
Los dos pertenecían al fuego, que los reclamaba, pero la luna, antes de dejarlos marchar, se aseguró de que al mirarse ambos siempre la recordasen: a ella le dio una piel pálida para que él la viese eternamente reflejada, no sólo al mirar a sus ojos, también al acariciarla; a él le besó con avaricia y donde se detuvo más tiempo surgió el lunar sobre el que ella se deslizaría eternamente hechizada.
Desde siempre, si alguien hubiera sabido todo, habría sabido también que se reconocerían en el mismo instante en que supiesen que existían, y que se encontrarían, aunque no se buscasen, en una noche mágica de hogueras alumbrando la luna.
Para siempre, aprendieron a vivir entre la avidez y la urgencia que sólo pensarse les provocaba, y a recoger cada uno los besos que el otro entregaba al aire cuando estaban separados.