Las comunidades de vecinos son unos sitios estupendos, y las reuniones periódicas que tienen que celebrar suelen ser perfomances tirando a surrealistas que, si te toca presenciar con un poco de cansancio acumulado o poco humor por las buenas, no puedes apreciar en toda su intensidad. Claro, nadie tiene la culpa de que llegues cansado y con pocas ganas al jolgorio y se te meta por los oídos la voz de pito estridente de la vecina con mando en plaza durante ese año.
Por un lado la rotación de personas en los cargos está bien, así no le toca siempre al que ni fijándose en los buzones es capaz de elaborar una lista de asistentes a la junta sin faltas de ortografía, y una vez cada cierto tiempo le toca al entregado (o entregada) que con su título de presidente, secretario o tesorero recibe otro de Derecho por la Universidad de la Ciencia Infusa, especialidad en Propiedad Horizontal y Procedimiento, asombrando con sus ideas e iniciativas que el resto, con nuestra cortedad de miras, intentaremos abortar apenas las enuncie por eso que llamamos vergüenza ajena.
Lo malo es que esa rotación de personas en los cargos conlleva un ajetreo de papeles sin control, y por alguna extraña razón los papeles al pasar de unas manos a otras tienden a fugarse por las escaleras. Eso sin duda explica por qué en casa de mi madre durante el fin de semana fueron incapaces de encontrar el contrato suscrito con la empresa de mantenimiento de ascensores y se conformaron con la explicación que les dieron en el teléfono que facilitan para comunicar las averías, a saber: que el servicio 24 horas consiste en acudir a la finca para rescatar a los vecinos atrapados en el ascensor cuando se estropea y punto; el resto de cosas tienen que esperar al primer día laborable. Y lo peor es que igual sí están pagando por semejante servicio.
Yo reconozco que el domingo cuando llegué para comer me enfadé bastante, y sólo la mediación de mi madre evitó que llamase otra vez al 902 que facilitan, por lo menos para poner verde a la empresa ya que los que atienden el teléfono tampoco es que puedan resolver gran cosa y supongo que ahí no me mandarían reiniciar el ascensor como hacían los del ADSL (’reinicie el router y el ordenador’) cada vez que llamaba. Claro que me lo contaron según llegaba al sexto piso montada sobre los tacones y después de una noche de sábado; pero luego, reflexionando, me he dado cuenta de que no está mal el servicio 24 horas, porque a fin de cuentas es verdad que acudieron el sábado sobre las 10 de la noche [supongo que para ellos, como son técnicos, serían las 22 horas, o 2000Z (veinte cero cero zulú)] para sacar a los dos vecinos atrapados en el ascensor, con lo cual la empresa, en un alarde de eficacia, evitó con su actuación que dos seres humanos estuvieran más de 40 horas encerrados en un habitáculo de… (aquí pondría las medidas, pero sabéis que calculo fatal y además hay un espejo para dar sensación de amplitud; pero vamos, yo creo que cuatro personas gordas se rozarán las unas a las otras dentro de la cabina, y eso que todos en un ascensor tendemos a sujetar las paredes) y sin ventilación.
Realmente está muy bien el servicio, porque ya puestos se podría pagar porque fuese un operario de la empresa a repartir un par de orinales, dos botellas de bebidas isotónicas y un par de bombonas de oxígeno; o un poco de valium y unos pañales para adultos; o enviar un cura, y quizá un ministro de otra religión (según la cuota que se pague, claro) para confortar a los futuros exvecinos en sus últimos momentos y poner de serie una cajita en el ascensor con papel, boli, y las instrucciones para redactar un testamento ológrafo, que los notarios tampoco van a estar por acudir un domingo a ningún sitio si no es la tele o algo deportivo.