La decoración de las casas parece sencilla leyendo los suplementos dominicales o las revistas que se dedican a estas cosas, una vez que se asimila la jerga de ambientes acogedores y se consigue reprimir las carcajadas al leer que existen cosas para conseguir en tu casa el aroma de un loft de Nueva York, lo cual viene a demostrar que los lofts de Nueva York huelen mucho mejor que la escalera de una casa de vecinos en una capital de provincia a las tres de la tarde, porque ese aroma a nadie se le ha ocurrido embotellarlo ni ponerlo en una vela; o puede ser que aquí nos falta imaginación y vamos del aroma de pino al de rosa, y ya en plan delirio quizá compramos el ambientador de Royal Ambré.
Yo voy tomando notas mentales de todas las sugerencias, y por ejemplo sé perfectamente como tengo que decorar la piscina de mi ático (cuando tenga ambas cosas, claro), y como crear un ambiente acogedor para que cuando celebre allí cenas «casuales», que vienen a ser aquéllas que necesitan tres días de preparativos y en las que hay más comensales que sitios para sentarse, no se mezcle la arena usada para dar el toque playero con las brochetas de anchoítas y vegetales de temporada o con el pollo divertido (y sin salsa, que la salsa con la arena tiene que hacer un barro excepcionalmente pringoso, aunque sería peor si la salsa fuese de pato, que es más graso). Con la profusión de velas que recomiendan usar en estos casos empiezo a sospechar que quienes redactan estas secciones o hacen las pruebas con maniquíes, o están buscando el patrocinio de alguna empresa de extintores, porque a mí la experiencia me dice que la gente muy hábil no es en general, y con unas copas encima suele serlo menos aún, así que si tienen que comer y beber en equilibrio, y evitando velas y arena, más que una cena informal terminaría siendo una gymkana; menos mal que al menos pueden ir cómodamente (des)vestidos. Y tengo presente lo esencial que es instalar una ducha en medio de la terraza para que los invitados se quiten la arena antes de meterse en la piscina (que si quisiéramos un espectáculo de lucha en barro el procedimiento y los invitados serían otros) y el cloro cuando salgan de ella.
Como digo, yo iba haciendo acopio de ideas, sacándolas de los suplementos dominicales, esencialmente del que venden con «El Norte de Castilla» (decano, por cierto, de la prensa diaria española) y mil periódicos locales más, cuando ha ocurrido algo que me ha hecho darme de bruces con la, en este caso más que nunca cruda, realidad. A mi madre le han regalado esto:

Cuando nos lo enseñó, yo sólo dije «sufro», y uno de mis hermanos preguntó «¿Por qué? ¿hemos hecho algo malo?», con la consiguiente bronca de mi madre, que considera que hay que agradecer todos los regalos (que bueno, vale, estamos de acuerdo, damos por hecho la buena voluntad de quien regala, y agradecemos el detalle) y además le ha buscado a eso un sitio donde se ve (y aquí es donde discrepamos, porque bien, suponemos la buena intención, pero también el camino del infierno está lleno de buenas intenciones). Se ve mucho. Además, una vez que el ojo humano detecta la figurita, es incapaz de dejar de mirarla, se borra todo alrededor. Y este tipo de regalos tiene una vida eterna, se puede romper todo lo de la casa pero eso no; es más, puede arder la casa, que entre las cenizas de lo que fue tu hogar encontrarás la figurita entera, acompañada del porrón de porcelana en el que pone Alcázar de Segovia, como mucho con leves daños.
Así que de repente me he dado cuenta de que yo puedo ponerme al día en las últimas tendencias de decoración, ser tirando a minimalista, escoger con cuidado todo lo que compro y de repente puede llegar alguien, lleno de buena intención y cariño, y regalarme una figurita recuerdo de Benidorm (o una de Lladró, a mí me disgustan por igual) y además de no saber como rechazarla me dará cargo de conciencia esconderla; o varias. O un gato de escayola. O un enano de jardín para terminar de dar ambiente al ático con piscina a la que se sale desde el salón con aromas de loft de Nueva York.
Yo prometo que me conformo con flores o bombones.