Estamos ya a cinco de julio, en vísperas de conocer si Madrid va a ser o no la organizadora de los Juegos Olímpicos de 2012 (a mí me parece que, desgraciadamente, no; pero es que yo carezco por completo de intuición, tanto que he aprendido que en cuanto miro una recua de concursantes de reality puedo señalar sin equivocarme al finalista: será el que más me estomague en las dos frases que escuche a cada uno), en medio de parejas homosexuales desoladas porque los periódicos daban por hecho que ayer podrían casarse ya y sólo alguno mencionaba el enojoso (y caduco) trámite del expediente previo (por culpa de los impedimentos que los legisladores timoratos no se atreven a quitar, a ver cuándo eliminamos el parentesco y el ligamen), y se supone que es verano ya, pero no logro hacerme a la idea porque me faltan puntos de referencia.
Mientras estudiaba, el inicio del verano (a ver si logro pulir mi estilo y pongo cosas como estío, o mejor agreste estío) tenía fecha: la del último examen, que solía coincidir invariablemente con un empeoramiento general del tiempo. Desde entonces, yo creo que el principio viene marcado por el posado en bikini de esa adolescente perpetua, elegante a la manera de Versace (sí, es antítesis): Ana Obregón. Los hombres, por lo menos los no gays (podría poner heterosexuales, pero me parece mucho más adecuado al momento actual referirme a ellos como no homosexuales sólo que metiendo una palabra más moderna y de regusto anglo), no suelen ser muy entusiastas de ella, pero es porque ignoran que tiene su mérito andar con los pies a las diez y diez (y a veces a las nueve y cuarto; a las ocho y veinte no se los he visto aún pero fijo que antes de cumplir los sesenta lo logra) y la espalda curvada de modo que el culo, que en ella tiene toda la pinta de llamarse pompis, quede como una repisa donde posar una maceta sin peligro; esa figura de esqueleto de caponata no es espontánea, así que reconozcamos el trabajo que la mujer lleva cuarenta años (o más) realizando.
Pero este retraso me va a permitir estar al día cuando me vaya de vacaciones, porque desde anoche sé que lo que yo en mi ignorancia llamaba spray, vaporizador o pulverizador, ahora tiene un nombre muchísimo más poético, por lo menos para L’Oreal: bruma. Esto permitirá evitar decir «me voy a echar el spray», frase que evoca desde luego un paisaje de neveras, sombrillas de mahou, trajes de baño tipo braga náutica, mariconeras y gente gritona que llama a sus padres con palabras llanas (fonéticamente quiero decir) y a sus hijos con un determinante delante, envuelto todo en olor a sardinas asadas, y sustituirlo por «me voy a envolver en una bruma de protector solar».
Aunque como de momento (resistencia a lo novedoso, creo que es) me parece una cursilada, y a mí las cursiladas (y los cursis, especialmente los que lo llevan como divisa) me resultan ridículas, creo que seguiré sin ir radiando cada cosa que haga encima de la toalla; además, con lo cerca que se ponen de mí en una playa (hasta en las desiertas), seguro que los vecinos de arena lo ven todo estupendamente sin necesidad de que se lo cuente.