Entradas archivadas en Agosto dEurope/Berlin 2005

Miércoles, 31 de Agosto de 2005

La vuelta de las vacaciones suele ser el tiempo de hacer recuento de los libros leídos durante el descanso, una lectura mucho más relajada que la realizada durante el resto del año, por lo menos generalmente, aunque a veces no hay más remedio que ponerse al día con lo que se va a necesitar en el futuro, o una coge inadvertidamente la «Gramática parda», de Juan García Hortelano, y no consigue leer más que un par de capítulos por noche y eso con dificultad, se me está haciendo eterna esta semana. Pero para cabezota, yo, así que seguiré luchando por llegar al final algún día de estos y saber qué ocurre con Venus Carolina Paula, Paulette, Duvet y el resto.
Sin embargo, este verano nos hemos enterado de que al menos dos personas no tendrán lista de libros leídos, ni durante este verano ni en ningún otro momento, porque ambos confiesan que jamás han leído un libro: Victoria Beckham (antes Adams) y Flavio Briatore, que es un señor del que antes sabíamos porque salía con Naomi Campbell y ahora porque entra con Fernando Alonso. La verdad es que lo de la ex-spice ha escandalizado mucho más que lo del empresario italiano, supongo que porque aquí se tiene a la pobre chica entre ceja y ceja desde que alguien le atribuyó el haber dicho que España huele a ajo. Que conste que ella lee revistas, y además ha rectificado y ha dicho que en realidad «nunca ha terminado uno», no que no los empiece, y que él se ha curtido en la escuela de la vida, cosa que si eres una furcia no sirve para que te admiren, pero si eres multimillonario sí.
En realidad no «confiesan», porque no parece que nada les fuerce a reconocer semejante carencia, o quizá es que suponen que no haber leído jamás (se dice pronto) un libro no es una carencia en absoluto. Más bien lo manifiestan sin problemas, que es una cosa más acorde con su pertenencia a la jet set (aunque la rectificación de Victoria la coloca en la subclase advenediza o parvenu) que lo de confesar, tan clase media. Bueno, tan clase media de antes, donde la cultura era una aspiración general, una cualidad envidiada, y casi nadie se complacía en su ignorancia so pena de ser señalado públicamente como asno.
Claro que también hay quien se pasa por el otro extremo y alardea de leer mucho cuando cada frase que dice o escribe es, si no un desmentido a la cantidad, al menos un claro indicativo de sus capacidades de entendimiento y penetración aliñadas, eso sí, con un desparpajo sonrojante (para el prójimo, claro). Porque ya puestos, no sé qué es peor, si no haber leído jamás un libro, o leerlos siendo tan impermeable a su lectura que por no asimilar no se asimile siquiera como se escribe el nombre del autor sin faltas de ortografía, que cualquier día vamos a poder leer que alguien ha leído todo Becker y no será una hábil fusión entre Beckham (el marido de Victoria) y el poeta con la que el esforzado brutito ponga de manifiesto su afición a dar patadas al diccionario. Por lo menos a mí así me haría gracia en lugar de darme risa.

Lunes, 22 de Agosto de 2005

Reconozco que me gusta la playa.
Estoy cómoda escuchando el oleaje, dejando que el sol borre un poco mi palidez, con mucho cuidado, evitando las horas centrales del día según aconsejan los dermatólogos e impone mi delicada piel. Claro que también hay que evitar las primeras horas, porque pasan las máquinas por la playa, y las últimas, éstas por una razón evidente: no hay ya sol que valga. Así que armada de bikini, protector solar, toalla grande, libro y cuadernito, voy alternando posturas: boca arriba y boca abajo; técnicamente supongo que tendría que decir decúbito supino y decúbito prono, pero eso me parece más bien referido a ahogados que a mí intentando broncearme y observando a los animales de playa que pululan alrededor y que son los únicos que pueden perturbar el momento de paz con esa cualidad intrínseca que tienen de ponerse justo en un lugar donde puedan molestar. Y molestan, porque o hablan demasiado alto, o llevan a cabo una actividad excesiva sin pensar en que salpican con la arena. O, casi siempre, las dos cosas.
Me llaman especialmente la atención los que van con el maletín de Mary Poppins, una bolsita o mochila de tamaño normal, a veces incluso pequeña teniendo en cuenta lo que esconde, para que te confíes y creas que son inofensivos, de la que, en cuanto la posan sobre la arena, empiezan a sacar todo lo que les resulta imprescindible para cuatro o cinco horas de playa, a saber: unas palas (raquetas sin cuerdas) con las que inmediatamente comenzarán a enredar los dos de la tribu (se desplazan en grupos de varios individuos) que se hayan despojado antes de sus ropas, tap, tap, tap, mientras rezas sin ninguna esperanza porque al menos sean hábiles y no termines tú devolviendo la jodía pelotita dos de cada tres veces; un «frisbi» con vida propia que se niega a ir hacia donde le indican (no insisteré en que son torpes, va de suyo); unas botellas de agua de litro y medio o refrescos de dos litros que semientierran en la arena (así se mantiene fresquito, dicen) para dar tragos entre su actividad frenética; un balón para jugar al fútbol o a una especie de voley; varias toallas, pero no exactamente una para cada componente de la tribu, porque siempre hay quien la comparte, preferiblemente una pareja de estética alternativa (o sea, que son justo lo contrario de un anuncio de colonia, tiran más a promoción de carrefour); un paquete de galletas, para entretenerse mientras llega la hora de «picar» algo o porque por influencia anglosajona imitan al té de las cinco varias veces durante la tarde; bocadillos (con pinta de ser de choped) para «picar» algo después de las palas, el partidillo y el frisbi, ellos que no están acostumbrados a tanto deporte, como sus cuerpos danone (blanditos y blancos) delatan; los manguitos del niño; las palas, cubos, rastrillos, regaderas y demás aparejos para el mismo niño u otro (da igual, se reproducen bastante) que en lugar de hacer castillitos en la orilla se dedicará finalmente a correr alrededor de tu toalla, salpicándote de arena y colaborando en que termines como una croqueta; y cuando esparcen todo por debajo de la sombrilla (sí, también llevan sombrilla) no te explicas cómo han podido llevarlo metido en la minibolsita que porta cada uno.
Seguramente existan estos tipos en otros espacios, pero es al borde del mar donde yo tengo ocasión de observarlos, por lo tanto para mí viven sólo en verano, al menos mientras siga desconociendo dónde tienen sus cuarteles de invierno o en qué se transforman con el frío, aunque empiezo a sospechar que una de las parejas que el sábado cenó en la mesa de al lado nuestro en el restaurante pertenecía a un grupo de esos. A Ararat le hubiera encantado el muestrario tan elaborado de malos modales, sobre todo porque aunque estaban lo suficientemente próximos como para escuchar (desventajas de llevar los oídos puestos y de que los otros desconozcan la manera de hablar bajo, como si sólo les importase a ellos su conversación) que ella se había dormido tan rápido la noche anterior que no sabía si «había meado» y por eso él se había librado de «cumplir» (Sic todavía está colorado de las ordinarieces, pero las repite haciendo un sacrificio en aras de la mejor comprensión del tipo exacto de especímenes; afortunadamente estábamos ya con el café, y el chupito ayudó a pasar el trago), no estaban tan cerca como para que los proyectiles que ella (era a la que yo veía bien) expulsaba al hablar con la boca llena nos llegasen a alcanzar. Siempre hay algo por lo que dar las gracias.

Miércoles, 10 de Agosto de 2005

Yo no sé cómo se siente una cuando su pareja descubre que ha sido o está siendo infiel. Imagino que aunque la reacción del traicionado no sea ya como en el teatro del siglo de oro, tampoco será ligera como un vodevil, así que con más o menos drama tiene que ser un trance amargo.

De todas formas, espero no saberlo jamás. Lo que sí sé es que si la pareja es peluquero, la situación tiene que ser peor, porque están acostumbrados a hacer que se sientan culpables sus clientas por haber acudido a otro salón, en el que por supuesto nunca te han cortado bien el pelo («a ver cómo arreglamos esto», te dicen fijando sus ojos en los tuyos a través del espejo mientras te vas encogiendo en el sillón) o por haber tardado mucho (a su juicio, claro) desde la vez anterior («hay que ver que raíces, a ver cómo arreglamos esto», comenta el técnico capilar mirándote con gesto mixto de experto y de Alcalde de Zalamea a punto de reparar su honra).
La penitencia está clara, siempre te van a cortar el pelo mucho más de lo que tenías pensado, con ese concepto que tienen ellos de «sólo las puntas», y además con coartada: o para arreglar el estropicio de corte de la otra peluquería, o para eliminar las puntas abiertas fruto de tu dejadez (sigue encogiéndote en el sillón, sigue).
Y en esa situación de indefensión en la que te colocan según entras, a ver cómo te quejas de los tirones de pelo, si sólo se te ocurre cantar lo de «jardín prohibido». Además, el último rastro de arrojo se te va cuando ya te envuelven la cabeza en papel de aluminio, después de habértela llenado de unos cilindros flexibles de colorines en los que enrollan tu pelo mechón a mechón, para que después de verte como Medusa te veas como la hija ilegítima de Barbarella y Star Trek durante un par de horitas.
Definitivamente, algunas profesiones llevan muy mal lo de la infidelidad.

Viernes, 5 de Agosto de 2005

Venía yo dispuesta a contar lo más destacable de mis tranquilísimas vacaciones, que es lo que cabalmente corresponde, con la ventaja añadida de que los lectores de esta bitácora os vais a librar de la tanda de fotos adorables y vídeos entrañables que suele acompañar a los retornos, sazonados con prolijas explicaciones, por dos razones, a saber: que aunque las hubiese, soy muy pudorosa en público, y que como ni la cámara de fotos ni la de vídeo son nuevas, ni el sitio de vacaciones desconocido, habrá en total una media docena de imágenes de recuerdo que ni siquiera he descargado de la cámara porque estoy vaga con lo de instalar el software.
Digo que venía dispuesta a esto pero después de la desconexión voluntaria de la realidad y las noticias a la que me he sometido, el aterrizaje ha sido en forma de guardias civiles, transformados de nuevo en guardias cerriles, de Roquetas de Mar (Almería, Expaña), y esperaba ver yo una especie de clamor en algunas de las bitácoras que ojeo y que tanto se preocupan por los derechos humanos cuando los viola, por ejemplo, Estados Unidos; pero no me daba yo cuenta de la importante diferencia, ahí es el país entero, aquí elementos incontrolados heredados del antiguo régimen (el de Franco, no el de antes de la Revolución Francesa) de un cuerpo muy respetable pero ajeno por completo al Gobierno, q.D.g.
Yo, que ya sabéis como soy, tiendo a pensar que si los hechos ocurrieron el 24 de julio, el señor ministro ha sido un poco lento de reflejos, pero eso es porque en mi esquema mental no sigo la doctrina Sonsoles de prioridades, en la que lo primero es el descanso y el ocio (y eso que entiendo perfectamente que una flauta mágica paralice las voluntades más firmes, por lo menos la mía es indudable que sí). Pero claro, ella no es mi señorita, y en cambio sí es la del ministro Alonso (y resto de ministros), que de estrés no van a enfermar, no.
O sea, que al señor lo apalizan, según la autopsia, el día 24 de julio, el ministro solicita comparecer el día 4 de agosto y se fijará la comparecencia para el día 17 (de agosto, lo aclaro porque al paso que lleva la burra podía ser septiembre). Pero lo peor de todo es que algunos miembros del cuerpo, para hacer progre al Duque de Ahumada, van y realizan declaraciones como estas del presidente de la Asociación Independiente de la Guardia Civil, que no tienen desperdicio porque ya lo son en sí mismas. Y al zoquete le ha faltado añadir que el agricultor golpeó repetidamente con su pecho en las botas de algún agente, produciéndole rozones en las suelas. Es evidente que al muerto no se le puede resucitar, que los agentes expedientados de momento son presuntos delincuentes con distintos grados de participación en el delito, y que de todo eso se encargará la justicia, pero a este señor, y por lo visto a algunos de sus compañeros, convendría darle algún cursillo de reciclaje para fijar conceptos como proporcionalidad, Estado de Derecho, presunción de inocencia, tratos inhumanos y degradantes, en fin, minucias que jamás harán que se manifieste la intelectualidad de este país pero que yo, modestamente, creo que tienen su importancia también aquí, aunque el muerto no pertenezca a ninguna minoría y aunque Roquetas de Mar esté tan cerca que escandalizarse por lo que allí ocurre resulte vulgar.


myspace
Alojamiento: textografico.com y Jio Todos los textos de esta web están escritos por la PrincesadelGuisante, salvo indicación contraria.