Infiel
Yo no sé cómo se siente una cuando su pareja descubre que ha sido o está siendo infiel. Imagino que aunque la reacción del traicionado no sea ya como en el teatro del siglo de oro, tampoco será ligera como un vodevil, asà que con más o menos drama tiene que ser un trance amargo.

De todas formas, espero no saberlo jamás. Lo que sà sé es que si la pareja es peluquero, la situación tiene que ser peor, porque están acostumbrados a hacer que se sientan culpables sus clientas por haber acudido a otro salón, en el que por supuesto nunca te han cortado bien el pelo («a ver cómo arreglamos esto», te dicen fijando sus ojos en los tuyos a través del espejo mientras te vas encogiendo en el sillón) o por haber tardado mucho (a su juicio, claro) desde la vez anterior («hay que ver que raÃces, a ver cómo arreglamos esto», comenta el técnico capilar mirándote con gesto mixto de experto y de Alcalde de Zalamea a punto de reparar su honra).
La penitencia está clara, siempre te van a cortar el pelo mucho más de lo que tenÃas pensado, con ese concepto que tienen ellos de «sólo las puntas», y además con coartada: o para arreglar el estropicio de corte de la otra peluquerÃa, o para eliminar las puntas abiertas fruto de tu dejadez (sigue encogiéndote en el sillón, sigue).
Y en esa situación de indefensión en la que te colocan según entras, a ver cómo te quejas de los tirones de pelo, si sólo se te ocurre cantar lo de «jardÃn prohibido». Además, el último rastro de arrojo se te va cuando ya te envuelven la cabeza en papel de aluminio, después de habértela llenado de unos cilindros flexibles de colorines en los que enrollan tu pelo mechón a mechón, para que después de verte como Medusa te veas como la hija ilegÃtima de Barbarella y Star Trek durante un par de horitas.
Definitivamente, algunas profesiones llevan muy mal lo de la infidelidad.









