Reconozco que me gusta la playa.
Estoy cómoda escuchando el oleaje, dejando que el sol borre un poco mi palidez, con mucho cuidado, evitando las horas centrales del día según aconsejan los dermatólogos e impone mi delicada piel. Claro que también hay que evitar las primeras horas, porque pasan las máquinas por la playa, y las últimas, éstas por una razón evidente: no hay ya sol que valga. Así que armada de bikini, protector solar, toalla grande, libro y cuadernito, voy alternando posturas: boca arriba y boca abajo; técnicamente supongo que tendría que decir decúbito supino y decúbito prono, pero eso me parece más bien referido a ahogados que a mí intentando broncearme y observando a los animales de playa que pululan alrededor y que son los únicos que pueden perturbar el momento de paz con esa cualidad intrínseca que tienen de ponerse justo en un lugar donde puedan molestar. Y molestan, porque o hablan demasiado alto, o llevan a cabo una actividad excesiva sin pensar en que salpican con la arena. O, casi siempre, las dos cosas.
Me llaman especialmente la atención los que van con el maletín de Mary Poppins, una bolsita o mochila de tamaño normal, a veces incluso pequeña teniendo en cuenta lo que esconde, para que te confíes y creas que son inofensivos, de la que, en cuanto la posan sobre la arena, empiezan a sacar todo lo que les resulta imprescindible para cuatro o cinco horas de playa, a saber: unas palas (raquetas sin cuerdas) con las que inmediatamente comenzarán a enredar los dos de la tribu (se desplazan en grupos de varios individuos) que se hayan despojado antes de sus ropas, tap, tap, tap, mientras rezas sin ninguna esperanza porque al menos sean hábiles y no termines tú devolviendo la jodía pelotita dos de cada tres veces; un «frisbi» con vida propia que se niega a ir hacia donde le indican (no insisteré en que son torpes, va de suyo); unas botellas de agua de litro y medio o refrescos de dos litros que semientierran en la arena (así se mantiene fresquito, dicen) para dar tragos entre su actividad frenética; un balón para jugar al fútbol o a una especie de voley; varias toallas, pero no exactamente una para cada componente de la tribu, porque siempre hay quien la comparte, preferiblemente una pareja de estética alternativa (o sea, que son justo lo contrario de un anuncio de colonia, tiran más a promoción de carrefour); un paquete de galletas, para entretenerse mientras llega la hora de «picar» algo o porque por influencia anglosajona imitan al té de las cinco varias veces durante la tarde; bocadillos (con pinta de ser de choped) para «picar» algo después de las palas, el partidillo y el frisbi, ellos que no están acostumbrados a tanto deporte, como sus cuerpos danone (blanditos y blancos) delatan; los manguitos del niño; las palas, cubos, rastrillos, regaderas y demás aparejos para el mismo niño u otro (da igual, se reproducen bastante) que en lugar de hacer castillitos en la orilla se dedicará finalmente a correr alrededor de tu toalla, salpicándote de arena y colaborando en que termines como una croqueta; y cuando esparcen todo por debajo de la sombrilla (sí, también llevan sombrilla) no te explicas cómo han podido llevarlo metido en la minibolsita que porta cada uno.
Seguramente existan estos tipos en otros espacios, pero es al borde del mar donde yo tengo ocasión de observarlos, por lo tanto para mí viven sólo en verano, al menos mientras siga desconociendo dónde tienen sus cuarteles de invierno o en qué se transforman con el frío, aunque empiezo a sospechar que una de las parejas que el sábado cenó en la mesa de al lado nuestro en el restaurante pertenecía a un grupo de esos. A Ararat le hubiera encantado el muestrario tan elaborado de malos modales, sobre todo porque aunque estaban lo suficientemente próximos como para escuchar (desventajas de llevar los oídos puestos y de que los otros desconozcan la manera de hablar bajo, como si sólo les importase a ellos su conversación) que ella se había dormido tan rápido la noche anterior que no sabía si «había meado» y por eso él se había librado de «cumplir» (Sic todavía está colorado de las ordinarieces, pero las repite haciendo un sacrificio en aras de la mejor comprensión del tipo exacto de especímenes; afortunadamente estábamos ya con el café, y el chupito ayudó a pasar el trago), no estaban tan cerca como para que los proyectiles que ella (era a la que yo veía bien) expulsaba al hablar con la boca llena nos llegasen a alcanzar. Siempre hay algo por lo que dar las gracias.