La vuelta de las vacaciones suele ser el tiempo de hacer recuento de los libros leídos durante el descanso, una lectura mucho más relajada que la realizada durante el resto del año, por lo menos generalmente, aunque a veces no hay más remedio que ponerse al día con lo que se va a necesitar en el futuro, o una coge inadvertidamente la «Gramática parda», de Juan García Hortelano, y no consigue leer más que un par de capítulos por noche y eso con dificultad, se me está haciendo eterna esta semana. Pero para cabezota, yo, así que seguiré luchando por llegar al final algún día de estos y saber qué ocurre con Venus Carolina Paula, Paulette, Duvet y el resto.
Sin embargo, este verano nos hemos enterado de que al menos dos personas no tendrán lista de libros leídos, ni durante este verano ni en ningún otro momento, porque ambos confiesan que jamás han leído un libro: Victoria Beckham (antes Adams) y Flavio Briatore, que es un señor del que antes sabíamos porque salía con Naomi Campbell y ahora porque entra con Fernando Alonso. La verdad es que lo de la ex-spice ha escandalizado mucho más que lo del empresario italiano, supongo que porque aquí se tiene a la pobre chica entre ceja y ceja desde que alguien le atribuyó el haber dicho que España huele a ajo. Que conste que ella lee revistas, y además ha rectificado y ha dicho que en realidad «nunca ha terminado uno», no que no los empiece, y que él se ha curtido en la escuela de la vida, cosa que si eres una furcia no sirve para que te admiren, pero si eres multimillonario sí.
En realidad no «confiesan», porque no parece que nada les fuerce a reconocer semejante carencia, o quizá es que suponen que no haber leído jamás (se dice pronto) un libro no es una carencia en absoluto. Más bien lo manifiestan sin problemas, que es una cosa más acorde con su pertenencia a la jet set (aunque la rectificación de Victoria la coloca en la subclase advenediza o parvenu) que lo de confesar, tan clase media. Bueno, tan clase media de antes, donde la cultura era una aspiración general, una cualidad envidiada, y casi nadie se complacía en su ignorancia so pena de ser señalado públicamente como asno.
Claro que también hay quien se pasa por el otro extremo y alardea de leer mucho cuando cada frase que dice o escribe es, si no un desmentido a la cantidad, al menos un claro indicativo de sus capacidades de entendimiento y penetración aliñadas, eso sí, con un desparpajo sonrojante (para el prójimo, claro). Porque ya puestos, no sé qué es peor, si no haber leído jamás un libro, o leerlos siendo tan impermeable a su lectura que por no asimilar no se asimile siquiera como se escribe el nombre del autor sin faltas de ortografía, que cualquier día vamos a poder leer que alguien ha leído todo Becker y no será una hábil fusión entre Beckham (el marido de Victoria) y el poeta con la que el esforzado brutito ponga de manifiesto su afición a dar patadas al diccionario. Por lo menos a mí así me haría gracia en lugar de darme risa.