CirugÃa de entretenimiento
Casi nadie duda de la importancia del (buen) aspecto fÃsico. Aquel vÃstete como un señor, que según te vean te tratan, de los tiempos de nuestras abuelas, sólo que ahora te puede interesar parecer «un señor», un «jipipijo», un «concienciado», un «alternativo», etc. Y además la sofisticación del hombre blanco ha hecho que entre las cosas a nuestro alcance esté, además de una tienda de ropa, una consulta de cirujano donde elegir los rasgos que queremos cambiar. Y dentro de un tiempo desaparecerán los calvos sin necesidad de someterse a esos implantes que les dejan la cabeza como la de la Nancy, llena de filas ordenaditas de cabellos.
Existe una comedia de Edgar Neville, «Margarita y los hombres», en la que cambia radicalmente la consideración y el comportamiento que el jefe y las compañeras de la protagonista tienen hacia ella cuando, tras sufrir un atropello, es reconstruÃda completamente y «a la carta» por el cirujano plástico. Porque antes de eso Margarita era, en palabras del autor, «fea, pero ella no acababa de saberlo, asà que es como si no lo fuera»
Como Neville escribió su comedia en los años 30, para plantearse una transformación fÃsica era necesaria la excusa de un accidente, aún dentro de la ficción (casi poética) de la obra. Ahora sólo es necesario que te seleccionen para un reality.
Claro que tampoco es sencillo esto: tienes que ser lo suficientemente feo, pero con posibilidades de arreglo y recuperación dentro del tiempo que dure la emisión, y tu familia tiene que ser capaz de dar la carnaza adecuada a los productores del «programa de entretenimiento». Lo que ocurra después ya «no es un problema» que incumba a la producción. De las posibles consecuencias por lo visto nadie les informa, al menos si son «anónimos». Porque en la versión con paciente VIP que ha protagonizado René Higuita (que jugó en el Real Valladolid, y como empiecen con los exjugadores feos de este equipo no terminan nunca, qué diferencia entre, por ejemplo, Valderrama y MÃchel) habrán tenido algo más de cuidado. Desde luego, la lista de operaciones es… ¿salvaje? y encaminada, aunque no lo digan, a borrar lo más posible los rasgos raciales diferentes. Diferentes del hombre blanco (idealizado, que hombre blanco es también PaquirrÃn), caucásico que hemos aprendido a decir con las series estadounidenses de policÃas.
Claro que «parecer blanco» es lo que suelen perseguir muchos de los que se someten a una operación de cirugÃa estética, nadie se ensancha la nariz, o la pone puente, o se achina los ojos como un oriental. Menos en los labios, que la moda es (o ha sido durante una época) más bien africana buscándolos grandes, carnosos, apetecibles. En la boca, me refiero, porque lo que se lleva en labios vaginales la verdad es que no lo sé. TodavÃa.


Supongo que es inherente al cargo, uno es polÃtico y por tanto, aficionado a dar la nota, pero nunca dejará de sorprenderme que algunos ayuntamientos, y ahora otras instituciones provinciales (autonómicas creo que no, pero ya llegará), asuman como parte de su trabajo la defensa o exaltación de jóvenes (y jóvenas, y no tan jóvenes) que se presentan a un concurso de televisión para encontrar una forma de ganarse las habichuelas.
El hecho (estremecedor en mi opinión) es que alguien quiere terminar con los tenedores de postre y nos está obligando poco a poco a usar la cucharilla para todo, como si fuésemos bebés. Las razones se me escapan, aunque barajo varias: quizá sea más caro comprar tenedores que cucharas, porque como llevan piquitos será más costoso hacerlos, o puede que piensen que como ahora se desayunan cereales (puaj) y en cualquier momento nos agarramos al yogur, la evolución humana lo que pide es que directamente nos nazca una cuchara en la mano, o tal vez la culpa sea de la novelle cuisine (y de la recua de cocineros reconvertidos en restauradores) que se empeñó en hacer flotar cualquier postre sobre sopas frÃas de papaya, pero el hecho incuestionable es que se está sometiendo a tal ninguneo a los tenedores de postre que estoy convencida de que las nuevas generaciones (españoles de la generación ESO, ahora no hablo del PP) no saben ni que existe el instrumento ni su posible aplicación para comer cómodamente una tarta.
El tenedor de postre ya no aparece, sólo el de fruta, espero, porque comer un melocotón con cuchara tiene que ser de circo; no puedo constatarlo porque cuando salgo por ahà voy del tiramisú o las tartas de moka a los panqueques o los crêpes y para todo eso te ponen una solitaria cucharilla, da igual si estás en la tasca manolo o en el restaurante más caro. Bueno, cucharilla… antes al menos variaban en tamaño las de postre respecto a las de sopa, pero yo no sé si estamos progresando tanto que además de en altura hemos crecido en boca y ahora las cucharillas de postre tienen el tamaño ideal para tomar un consomé deprisa. O una papilla.
Llevaba un tiempo yo oyendo lo de los 







