Archivo de Septiembre de 2005

Cirugía de entretenimiento

Casi nadie duda de la importancia del (buen) aspecto físico. Aquel vístete como un señor, que según te vean te tratan, de los tiempos de nuestras abuelas, sólo que ahora te puede interesar parecer «un señor», un «jipipijo», un «concienciado», un «alternativo», etc. Y además la sofisticación del hombre blanco ha hecho que entre las cosas a nuestro alcance esté, además de una tienda de ropa, una consulta de cirujano donde elegir los rasgos que queremos cambiar. Y dentro de un tiempo desaparecerán los calvos sin necesidad de someterse a esos implantes que les dejan la cabeza como la de la Nancy, llena de filas ordenaditas de cabellos.
Existe una comedia de Edgar Neville, «Margarita y los hombres», en la que cambia radicalmente la consideración y el comportamiento que el jefe y las compañeras de la protagonista tienen hacia ella cuando, tras sufrir un atropello, es reconstruída completamente y «a la carta» por el cirujano plástico. Porque antes de eso Margarita era, en palabras del autor, «fea, pero ella no acababa de saberlo, así que es como si no lo fuera»
Como Neville escribió su comedia en los años 30, para plantearse una transformación física era necesaria la excusa de un accidente, aún dentro de la ficción (casi poética) de la obra. Ahora sólo es necesario que te seleccionen para un reality. Claro que tampoco es sencillo esto: tienes que ser lo suficientemente feo, pero con posibilidades de arreglo y recuperación dentro del tiempo que dure la emisión, y tu familia tiene que ser capaz de dar la carnaza adecuada a los productores del «programa de entretenimiento». Lo que ocurra después ya «no es un problema» que incumba a la producción. De las posibles consecuencias por lo visto nadie les informa, al menos si son «anónimos». Porque en la versión con paciente VIP que ha protagonizado René Higuita (que jugó en el Real Valladolid, y como empiecen con los exjugadores feos de este equipo no terminan nunca, qué diferencia entre, por ejemplo, Valderrama y Míchel) habrán tenido algo más de cuidado. Desde luego, la lista de operaciones es… ¿salvaje? y encaminada, aunque no lo digan, a borrar lo más posible los rasgos raciales diferentes. Diferentes del hombre blanco (idealizado, que hombre blanco es también Paquirrín), caucásico que hemos aprendido a decir con las series estadounidenses de policías.
Claro que «parecer blanco» es lo que suelen perseguir muchos de los que se someten a una operación de cirugía estética, nadie se ensancha la nariz, o la pone puente, o se achina los ojos como un oriental. Menos en los labios, que la moda es (o ha sido durante una época) más bien africana buscándolos grandes, carnosos, apetecibles. En la boca, me refiero, porque lo que se lleva en labios vaginales la verdad es que no lo sé. Todavía.

Dando la nota

Supongo que es inherente al cargo, uno es político y por tanto, aficionado a dar la nota, pero nunca dejará de sorprenderme que algunos ayuntamientos, y ahora otras instituciones provinciales (autonómicas creo que no, pero ya llegará), asuman como parte de su trabajo la defensa o exaltación de jóvenes (y jóvenas, y no tan jóvenes) que se presentan a un concurso de televisión para encontrar una forma de ganarse las habichuelas.
Recuerdo de los tiempos del primer Gran Hermano el recibimiento al concursante que ganó el concurso en su tierra, asomado a un balcón mientras saludaba a la multitud (o muchedumbre), lo que no sé es si llegaron a nombrarle hijo predilecto por su forma de cepillarse los dientes o algo así. No sé si de entonces o del primer Operación Triunfo datan las líneas telefónicas gratuítas para que los concienciados convecinos de un concursante voten como posesos, mientras la productora del programa (pograma creo que para muchos votantes compulsivos) se frota las manos viendo el catetismo que reina en Expaña. Los concienciados convecinos por otro lado no suelen quejarse de ese empleo de fondos públicos, curiosamente.
Hasta ahora todo se movía más bien en términos de, digamos, «apoyo positivo», pero hete aquí que la semana pasada una persona del jurado de Operación Triunfo, y directora del casting del programa, se dirigió a la concursante victimizada de turno (todos los concursos tienen una víctima, por anodina, por desequilibrada, porque desafina como un gato agonizante…), y además más votada de esta edición, diciéndole que estaba allí porque su gente había votado por ella (evidencia que se podía haber ahorrado, de eso vive precisamente su empresa), pero que sus interpretaciones eran monótonas, lineales y de afinación sospechosa (más o menos) y han pasado a la defensa en modo «cruzada».
La concursante en cuestión desde que han insistido los profesores en que exprese en el escenario tiene una cara de pasmo continuo, así que no sé si las palabras llegaron o no a hacerle mella, porque con ojos de dibujo animado japonés me cuesta entender los sentimientos ajenos, aunque imagino que sí, pero lo que tengo claro es que se ha creado de la nada un Fuenteovejuna (pongamos por caso de justicia popular) insular.
Impresionante resulta ya que la familia de una concursante entre en una espiral de conspiraciones cósmicas porque el oído se les tapona con el lógico cariño filial y fraternal, patético el apoyo de los que devienen en fans (del concursante, jamás de la RAE, sospecho que es incompatible, basta con darse una vueltecita por los foros de todos) por paisanaje y/o lástima, repugnante lo de algunos medios (viendo esto algunas hojas parroquiales parecen the times) arengando, pero que entren en la rueda los políticos, aún con su extrema tendencia a chupar ruedas, no sé si es para reír o llorar, pero desde luego es desafinar.

Como bebés

Siempre me ha llamado mucho la atención la gente que ve conspiraciones en todo, pero es porque nunca me había encontrado con una de frente, como me sucedió el sábado por la noche. Ocurrió como suceden todas las revelaciones, de repente, pero analizándolo a posteriori (a priori era difícil porque no había sucedido) me doy cuenta de que había indicios claros desde hacía mucho tiempo pero los había ido despreciando. Es más, en pleno análisis he llegado a la conclusión de que no influyó para nada en mi apreciación que la camarera olvidase traerme el agua, ni el vino ingerido aprovechando que no había que coger el coche.
El hecho (estremecedor en mi opinión) es que alguien quiere terminar con los tenedores de postre y nos está obligando poco a poco a usar la cucharilla para todo, como si fuésemos bebés. Las razones se me escapan, aunque barajo varias: quizá sea más caro comprar tenedores que cucharas, porque como llevan piquitos será más costoso hacerlos, o puede que piensen que como ahora se desayunan cereales (puaj) y en cualquier momento nos agarramos al yogur, la evolución humana lo que pide es que directamente nos nazca una cuchara en la mano, o tal vez la culpa sea de la novelle cuisine (y de la recua de cocineros reconvertidos en restauradores) que se empeñó en hacer flotar cualquier postre sobre sopas frías de papaya, pero el hecho incuestionable es que se está sometiendo a tal ninguneo a los tenedores de postre que estoy convencida de que las nuevas generaciones (españoles de la generación ESO, ahora no hablo del PP) no saben ni que existe el instrumento ni su posible aplicación para comer cómodamente una tarta.

No es una simple marginación como la de las palas de pescado, al menos éstas sí aparecen en casi todos los restaurantes, aunque la falta de costumbre haga que un número indecente de ciudadanos se las lleven a la boca. Pero el tenedor de postre no. El tenedor de postre ya no aparece, sólo el de fruta, espero, porque comer un melocotón con cuchara tiene que ser de circo; no puedo constatarlo porque cuando salgo por ahí voy del tiramisú o las tartas de moka a los panqueques o los crêpes y para todo eso te ponen una solitaria cucharilla, da igual si estás en la tasca manolo o en el restaurante más caro. Bueno, cucharilla… antes al menos variaban en tamaño las de postre respecto a las de sopa, pero yo no sé si estamos progresando tanto que además de en altura hemos crecido en boca y ahora las cucharillas de postre tienen el tamaño ideal para tomar un consomé deprisa. O una papilla.

Cantad, malditos

Llevaba un tiempo yo oyendo lo de los podcast y esas cosas (bueno, leyendo), pero hasta que no se lo he visto al Capitán Calandraka no he picado. Ya sé que resulta un poco culo veo, culo quiero (aunque no he titulado el post «te doy una canción» como hace mi admirado Yambra; eso ya me parecía francamente irreverente), pero no hay nada que no esté yo dispuesta a hacer por aumentar mi atractivo espiritual, seguramente por culpa de Wolffo que me mete ideas raras en la cabeza.
La canción tiene algo más de un año, creo recordar, pero fue escucharla en la radio del coche con mi hermano pequeño y buscarla inmediatamente, completamente impactados por la profundidad de la letra desde la primera frase. Un impulso desconocido nos empujaba a intentar escucharla una y otra vez, una y otra vez, sobre todo a mí, que estoy peor sin duda (esto lo pongo para que no se mosquee cuando lo lea el fin de semana). No puedo remediarlo, me fascinan las expresiones artísticas con mensaje, como bien intuyó Nicolás, seguramente debido a mis tres años (o sea, todo B.U.P) de compositora para el festival de la Inmaculada (con temas obligatorios, esos postconcilio que forman las canciones de Misa) que se celebraba en el colegio. Claro que ahí componíamos las cuarenta criaturas de la clase juntas y se hacía más llevadero; en cambio la ejecución resultaba una tortura por la misma razón, las cuarenta berreábamos casi al tiempo y eso no hay oído que lo resista sin sufrimiento. Como digo, me encantan las canciones con mensaje, lo único malo suele ser que los cantautores que se esfuerzan con el mensaje hacen luego unas melodías tipo salmodia que me obligan a incluirles en la nómina de cantautores coñazo. Pero eso no ocurre aquí, la melodía es tan pegadiza que una (vale, yo, hablaré por mí) la escucha, llega al estribillo y no puede dejar de hacer los coros: ay ay ayayaya yayyyyyyyyyyyy. De la letra no voy a desvelar nada, sólo os pido que la escuchéis con atención.
Así que ya podéis conectar vuestros altavoces, subir el volumen y darle al play. Seguro que termináis coreando conmigo.

La ministra calva


La verdad es que entre esta mañana, que es cuando pensé el post pero bitácoras estaba mejorando el servicio (nótese el voto de confianza) y ahora, que es cuando lo escribo, mi mente se ha aturdido bastante mirando las fotos del vestido de la novia de Farruquito, una cosa inenarrable como de mil y una noches pasadas entre sueños Disney y pesadillas atroces, que no encuentro colgada aún por la red, pero viene hoy en todos los periódicos y merece una visita al quiosco si se tiene el alma un punto masoquista. Pero ni el vestido de la novia de Farruquito puede con las declaraciones de la señora ministra de Cultura, y eso que llevaba corona y todo el cuello cubierto de pedrería (la novia del bailaor, no la ministra que después fue «fraila»).
De toda esta entrevista publicada por el periódico que les cuida dejo aparte su afición a las nubes, y espero sinceramente que la afición sea a mirarlas, por ser original y no hacerlo con las musarañas, y no a olerlas, porque inmediatamente dejaría de ser chica Vogue para pasar a chica Evax (dejando aparte la cruel cronología). Pero claro, esto es superior a mis fuerzas:

P. Inefable lo suyo cuando un diputado aludió a usted en latín -”Calvo dixit”- y usted creyó que la comparaba con los ratoncitos Dixie y Pixie.
R. Sé más latín que pelos tengo en la cabeza. Hice siete años de latín y cuatro de griego. Le contesté en andaluz. Los andaluces somos muy juguetones con el lenguaje. Tendrían que haberme visto la cara que puse.

Que tendría un pase si no fuese por el diario de sesiones, en el cual, echando mano de Sic, podemos leer:

La señora MINISTRA DE CULTURA (Calvo Poyato): Gracias, señor presidente.
Señoría, usted para mí nunca será Van-Halen «Dixi» ni «Pixi»; será su señoría, el senador Van-Halen, precisamente porque estamos en una Cámara de representación democrática en nuestro país, precisamente porque estamos en el Senado.
Y desde ahora le adelanto que ese modelo de intervención, con alusiones pretendidamente ingeniosas acerca de las personas, en este caso de mi persona, si quiere, se las puede ahorrar, porque no voy a contestarlas.

Claro, leyendo eso, puede parecer que el senador Van-Halen es un dechado de ingenio, chispa, talento y buen humor (aunque sea del PP), pero justo delante de la perlita de Calvo Poyato está la intervención íntegra del buen hombre y yo ni mirándolo con la suspicacia de una ecologista mema he podido ver nada parecido a «una alusión pretendidamente ingeniosa acerca de las personas», en ese caso de su persona. Será que me faltan siete años de latín y cuatro de griego, aunque conociendo la afición de Calvo Poyato a juguetear con el lenguaje, Dios sabe qué habrá querido decir al manifestar lo del griego.
Por un momento he estado tentada de ponerme a aprender andaluz (¿andalú, supongo?), como si fuese una lengua diferente de la mía y no una variedad de la misma, a ver si le pillaba a Calvo Poyato su jugueteo con el lenguaje, y nada, no lo logro yo sola. Quizá algún andaluz fetén lo logre, porque yo de momento he llegado a la conclusión de que lo que llama Carmen Calvo Poyato andaluz es más bien salirse por peteneras.
Lleva mucho tiempo pareciendo la dama boba, pero gracias a su frase «sé más latín que pelos tengo en la cabeza» se acaba de destapar como un remedo de personaje de Ionesco.

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