Siringe era una ninfa de la Arcadia, bella como imaginamos siempre a todas las ninfas (las de Umbral incluidas).
Cuando se cruzó en el camino del libidinoso dios Pan le fascinó de tal modo que enseguida se convirtió en objeto de su deseo. Bien, la verdad es que Pan tenía algo de predisposición a dejarse llevar por la belleza de las ninfas que le rodeaban, porque era tan lascivo que destacaba por lúbrico entre los dioses griegos, y pocas cosas se me ocurren más difíciles que esa.
Pan persiguió a Siringe sin tregua mientras ella huía hasta que la pobre se vio detenida ante el río Ladón, sin atreverse a cruzar su cauce.

Desesperada y viéndose cercada por Pan, imploró a los dioses que acudiesen en su ayuda y estos, atendiendo a su plegaria con el sentido del humor que derrochan cuando conceden lo que se les pide (recordemos a Dafne), la transformaron en una caña.
Pan no se dio por vencido con la metamorfosis, enseguida cortó las cañas en tubos de distintas longitudes, los reunió y soplando a través de ellos hizo entonar a Siringe las más hermosas melodías, contenta cuando los labios de Pan la rozaban y muda si el dios no la besaba.
Desde entonces Siringe es también la flauta de Pan.