Entradas archivadas en Octubre dEurope/Berlin 2005

Viernes, 28 de Octubre de 2005

Hay insultos que no llegaré a entender nunca. Uno de ellos es «hijo de puta», con lo fácil que es meterse con un sujeto sin aludir a su árbol genealógico (en algunos, viendo el resultado, maceta de plástico). Claro que si quien lo dice es, por ejemplo, alguien con toda la pinta de ser un viejo verde con su vida reducida a ser un pajillero del messenger, puede tener cierta lógica que con el anquilosamiento mental debido a la edad y a la falta de ejercicio (mental, porque de bíceps se entiende que irá sobrado, aunque seguramente descompensado, hay muy pocos ambidextros) tenga un concepto de la honra en plan siglo de oro mal digerido (o sin digerir, que de oro sólo conocerá sus muelas en el mejor de los casos), y el vocabulario limitado a cuatro consignitas y dos insultos (el otro es facha) que esparcen al viento con esas actitudes de Papa laico que a mí me resultan tan graciosas por lo ridículas.
Porque en el fondo un insulto dice mucho de quien lo emplea, creo yo. Si alguien llama a otras personas cum animo iniuriandi algo como «chupapollas», verbi gratia, será porque considera que serlo es malo, o que el asunto es desagradable en sí, y caben dos opciones: que él se haya visto obligado a hacerlo contra su voluntad, o que no haya voluntad que quiera hacérselo, con lo que tiene que costar hacerse contorsionista. En cualquier caso denota una paupérrima experiencia en ese aspecto del sexo, y por extensión me atrevería a decir que en todos. El miedo a lo desconocido, que se suele decir. Pero claro, igual es cruel sacarles del error y decirles que no es malo, y que si sistemáticamente se le niegan a ello no es porque el hecho en sí sea desagradable, sino porque el desagradable será él, con un 99,99% de posibilidades, como lo de las pruebas del ADN. Claro, cualquiera les dice que lo de «no quiero estropear nuestra amistad» es también una excusa. En cualquier caso, yo siempre he pensado que lo verdaderamente grave es ser «soplapollas», cualidad común a los sujetos en los que estoy pensando (pero ya dejo de hacerlo, que con cinco minutos tienen de sobra). Porque en caso de soplar algo, mejor harían agenciándose un instrumento. Vale, sagaces no son, así que tendré que aclarar que de viento, que los veo buscando un piano o una guitarra mientras hinchan los carrillitos, que seguro que los tienen fofos al modo de Chiqui Benegas. No es que el viento vaya a devolverles el oxígeno que en algún momento les ha faltado y que ha causado los irreparables estragos, pero al menos podrán tener así una especie de suerte intrínseca a su naturaleza.

Viernes, 28 de Octubre de 2005

Soy una mujer de propósitos firmes, y uno de ellos era no contestar más testigos. Como también soy voluble, ahora me veo contestando uno sobre polvos, que suena a maquillaje, por culpa de Dockof. Pero le perdono. Me siento buena hoy.

1. ¿Cuál ha sido el mejor polvo de tu vida?
No sé, mi vida no ha terminado, así que tendré que decir el último, porque no puedo hacer balance global. Lo describiría, pero él y yo somos discretos para estas cosas, y éste es un blog verde sólo en la estética. Para los malpensados, lo del último es por mi afán de superación, no porque el listón estuviera por los suelos.
2. ¿Cuál es el sitio más original donde has echado un polvo?
Pues no sé, si la pregunta fuese sobre el “raro”, sabría qué decir, por infrecuente; pero original, original, me parece que ninguno. Está todo inventado.
3. ¿Qué es lo que más te gusta en el momento de un polvo?
Él. Y el deseo.
4. ¿Y lo que menos te gusta?
Sobre esto tengo que ser tajante: los calcetines. O sea, uno no puede esperar que yo siga siendo la bomba sexual que soy si se queda delante de mí en calcetines.
5. ¿Qué fantasía sexual te queda por cumplir?
Muchas, yo tengo mucha imaginación. Y mi pareja también, claro.
6. ¿Con qué personaje masculino o femenino de la blogosfera te darías un revolcón sin dudar?
¿Un revolcón? ¿eso no es más bien de mozos y toros en fiestas? aysss.
No es que tenga tendencias ninfómanas, es sólo que me dijeron una vez que elegir era carecer y yo me lo aprendí muy bien porque soy aplicadita para todo. Así que podéis coger la columna de la derecha, eliminar las «blogueras» (soy yo la que imagina, no vosotros, queridos lectores) y luego tomar los que sean mayores de edad, (y dignidad y gobierno), de uno en uno o en grupos. Y los lectores sin blog que se añadan.
El testigo no lo paso, que lo coja el que quiera (sigo sintiéndome buena, como al principio del post, voy camino de santa)
Y sanseacabó, que esto parece un post de CSI, tanto polvo, tanto polvo… si es que se nos va la fuerza por la boca.

Viernes, 14 de Octubre de 2005

Será que ningún Pigmalión moderno me ha enseñado que la lluvia, aunque no sea en Sevilla, es una maravilla. O que cuando era pequeña había una monja que, con un gusto que no sé ahora mismo cómo calificar, una cosa mixta entre la escatología suave la poesía ñoña, nos decía que cuando llovía era que «los angelitos hacían pis». Toda ella lirismo. Y se quedaba tan ancha. A esa tierna edad y siendo ya la princesadelguisante, sólo podía darme repelús, aunque no sé si por entonces lamentaba que los habitantes de los cielos (palomas en particular y pajaritos variados en general incluidos) no conociesen los pañales de celulosa; aunque es posible que si en el Cielo no hay retretes, tampoco haya papeleras donde tirar los pañales, con lo cual sería mucho peor. Con lo sencillo que hubiera resultado decir que los angelitos lloraban, que por otra parte es seguramente lo que hacen, hartos de verse representados como embriones de Shirley Temple. Claro que esto yo no lo pensaba entonces, que a mí Shirley Temple me parecía adorable, y me llevé un disgusto cuando mi madre me dijo que no podíamos traerla a casa porque aunque yo estaba viéndola en la tele, era en realidad una señora muy mayor. Aunque no ha muerto, ahora sospecho que habita entre nosotros reencarnada prematuramente.
Sé que me he desviado, pero es que me da un poco de vergüenza reconocer que a mí los días de lluvia me ponen gris. Yo pensaba hasta ahora que era seguramente debido a que ni soy guiri ni soy una plantita, pero anoche, en una mini-ronda de bitácoras, comprobé que lo que soy es rarita, porque todo el mundo ama la lluvia o ha disfrutado mojándose (sigo hablando de lluvia, estrictamente). Yo sólo me veo capaz de apreciar la lluvia de verano, más aún si es una tormenta. Pero en invierno la lluvia trae una manada de gente que con el paraguas no controla los límites de lo que ocupa (no saben donde terminan ellos y su paraguas y donde comienzan los ojos y cabezas ajenos), de baldosas con premio, que al pisarlas se levantan todas contentas y te llenan de cascarrias la pierna, de conductores pisacharcos… Sí, también se puede ir sin paraguas, pero como estábamos en plena sequía me he comprado una máscara de pestañas que no es waterproof, para tardar menos en desmaquillarme; claro que si voy sin paraguas no es que vaya a tardar menos, es que no voy a necesitar hacerlo. Me lo pensaré, pero de momento sigo prefiriendo que llueva en países lejanos, donde nunca llueve. Offre-moi des perles de pluie.

Martes, 11 de Octubre de 2005

No sé si lo habré dicho alguna vez, seguramente sí, porque los humanos tenemos cuatro ideas que vamos repitiendo con envoltorios diferentes (en el mejor de los casos), y llevo más de un año dándole ocasionalmente a la tecla, pero tengo fascinación por los títulos. No esa obsesión clasemedia por el papelito que te dan al terminar la carrera, ni la contraria que padecen algunos para justificar no haber querido/podido estudiar una, ni por los de cambio, que nunca me resultaron difíciles y además no viví yo la época de las familias asfixiadas por las letras, ni por los nobiliarios porque no soy Serafín, sino por los títulos de canciones, películas y libros. Seguramente es, además del reconocimiento de una carencia, el grado más grave, siendo graves todos, de fascinación por las palabras; ya lo decía la suegra del cartero de Pablo Neruda:

«No hay peor droga que el bla-bla. Hace sentir a una mesonera de pueblo como una princesa veneciana. Y después, cuando viene el momento de la verdad, la vuelta a la realidad, te das cuenta de que las palabras son un cheque sin fondo.»

Beatriz al menos necesitaba poemas, otras sólo necesitan frases brillantes, y un buen título, aunque sea la antesala de la nada más extensa, no deja de ser una frase brillante muchas veces.
Claro, no todos los títulos. Algunos, tipo «Torrente-tres», me parecen absolutamente ramplones, aunque desde mi óptica perfectamente adecuados a lo que se espera tras ellos; ni los descriptivos al modo de «El fontanero, su mujer y otras cosas de meter», obra que no sé si es leyenda urbana o si verdaderamente existe (ahora mismo me da un poco de vergüenza mirarlo en imdb), pero que de existir imagino que tampoco lleva a engaño (ni sorpresa) a quienes se sienten a verla o a disfrutarla, que ya supongo que con ese título nadie espera que alguien la admire en modo pasivo ni con todos sus sentidos, excepto la vista y el oído, adormecidos. Los títulos que me gustan tienen que tener la dosis justa de descripción, muy poca en realidad, ser sonoros e impresionar de forma que se instalen en la mente hasta que leas o veas lo que anuncian.
Porque yo supongo que en definitiva los títulos son la carta de presentación de una obra, las armas con las que el autor la ha dotado para que seduzca en un plazo cortito y sea elegida entre otras muchas similares, la sonrisa (y cruces de piernas, erguimientos de pecho, caídas de ojos, etc.) que desplegamos en los cinco primeros minutos de una cita y que a veces llaman a tanto engaño como el título de una obra. No todas engañan, por supuesto; si tú tomas (ya sé que lo normal en mí sería poner coges, pero con la cantidad de hispanoamericanos que buscan porno, he decidido evitar la palabrita de marras en lo posible) algo llamado «lestatut» no lo haces esperando pasar un rato agradable ni ameno [Inciso: oh, sí, puede ser un prejuicio, lo será, seguramente el mismo que a los aborregados votantes de algunos partidos y nazionalistas cuneros les lleva a estimar que es palabra de Dios, te alabamos, óyenos. Con su pan se lo coman o comulguen, que la liturgia no les falte. Y si de mí dependiera, con sus aranceles], pero como de los diez que lo lean, a nueve les pagarán por ello y el décimo será algo similar a un masoquista, pues todos tan contentos. Sin embargo, cuando ves una obra titulada «Historia de un imbécil contada por él mismo» tienes que fijarte bien en que el autor es Félix de Azúa para eliminar el primer pensamiento automático: «hombre, ya ha escrito Carod su autobiografía». Es lo que tienen las antonomasias.

Jueves, 6 de Octubre de 2005

Existen muchos tipos humanos molestos (que ME molestan, claro), personas que, sin ser fusilables, ni siquiera afusilables como algún ministro de Interior de España dijo (por una vez no fue el titular de cultura el autor de la patada, claro que en aquel Gobierno las patadas tenían un fan entusiasta), resultan irritantes cuando se les tiene al lado. Yo los llamaba los hombres orquesta, pero ahora me da un poco de reparo porque hay una bitácora escrita por el hombreorquesta (y de las buenas además), y no quisiera yo que se molestase ni que se diese por aludido. Pero es que aún no he encontrado otro nombre.
¿Quiénes son los hombres (también hay mujeres, pero no soy una sindicalista, así que en hombre incluyo a los dos) orquesta? Son los que van a hacer algo, y donde el resto del mundo no emite ningún sonido, ellos van chiun-chiun-chiun al ritmillo que marcan sus pies o sus manos, y a veces también sin seguir el ritmo, martirizándote con sus sonsonetes. Son los que paran el coche en un semáforo, y golpean el volante haciendo tap-tap-tap, como si fuesen los dibujantes de un cómic y tuviesen que forzar la onomatopeya. O circulando encuentran una curva y hacen ñiuuuuuuum. En los restaurantes pasan a modo batería, en lugar de baquetas son los cubiertos, pero enseguida encuentran donde golpear: si tienen menos inhibiciones, en la copa, si se cortan un poco, en el borde del plato. Y si no hay cubiertos, ya improvisarán una especie de tam-tam con la mesa, sus deditos y un tipi-tipi-tipi. Ni siquiera leyendo están en silencio, cada poco tiempo recuerdan a los que les rodean que están vivos haciendo cosas como tch-tch sin levantar la vista del libro. Los ves pasar a tu lado en el trabajo susurrando chaaas-chas-chaaas cuando se dirigen a la máquina de las fotocopias, y si tienes el día bueno piensas que quizá es que para evadirse piensa que está en Baqueira evitando a los esquiadores patosos que sólo van los días que están allí los Reyes; si tienes el día malo piensas en un agujero repentino bajo sus pies y “chof”.
No quiero ni imaginarme qué sonidos emitirán en situaciones más íntimas. No quiero, pero lo hago, claro.
Puede ser fobia al silencio, que seguro que existe, pero yo creo que es que se han tragado la máquina de marcianitos.


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