Existen muchos tipos humanos molestos (que ME molestan, claro), personas que, sin ser fusilables, ni siquiera afusilables como algún ministro de Interior de España dijo (por una vez no fue el titular de cultura el autor de la patada, claro que en aquel Gobierno las patadas tenían un fan entusiasta), resultan irritantes cuando se les tiene al lado. Yo los llamaba los hombres orquesta, pero ahora me da un poco de reparo porque hay una bitácora escrita por el hombreorquesta (y de las buenas además), y no quisiera yo que se molestase ni que se diese por aludido. Pero es que aún no he encontrado otro nombre.
¿Quiénes son los hombres (también hay mujeres, pero no soy una sindicalista, así que en hombre incluyo a los dos) orquesta? Son los que van a hacer algo, y donde el resto del mundo no emite ningún sonido, ellos van chiun-chiun-chiun al ritmillo que marcan sus pies o sus manos, y a veces también sin seguir el ritmo, martirizándote con sus sonsonetes. Son los que paran el coche en un semáforo, y golpean el volante haciendo tap-tap-tap, como si fuesen los dibujantes de un cómic y tuviesen que forzar la onomatopeya. O circulando encuentran una curva y hacen ñiuuuuuuum. En los restaurantes pasan a modo batería, en lugar de baquetas son los cubiertos, pero enseguida encuentran donde golpear: si tienen menos inhibiciones, en la copa, si se cortan un poco, en el borde del plato. Y si no hay cubiertos, ya improvisarán una especie de tam-tam con la mesa, sus deditos y un tipi-tipi-tipi. Ni siquiera leyendo están en silencio, cada poco tiempo recuerdan a los que les rodean que están vivos haciendo cosas como tch-tch sin levantar la vista del libro. Los ves pasar a tu lado en el trabajo susurrando chaaas-chas-chaaas cuando se dirigen a la máquina de las fotocopias, y si tienes el día bueno piensas que quizá es que para evadirse piensa que está en Baqueira evitando a los esquiadores patosos que sólo van los días que están allí los Reyes; si tienes el día malo piensas en un agujero repentino bajo sus pies y “chof”.
No quiero ni imaginarme qué sonidos emitirán en situaciones más íntimas. No quiero, pero lo hago, claro.
Puede ser fobia al silencio, que seguro que existe, pero yo creo que es que se han tragado la máquina de marcianitos.