No sé si lo habré dicho alguna vez, seguramente sí, porque los humanos tenemos cuatro ideas que vamos repitiendo con envoltorios diferentes (en el mejor de los casos), y llevo más de un año dándole ocasionalmente a la tecla, pero tengo fascinación por los títulos. No esa obsesión clasemedia por el papelito que te dan al terminar la carrera, ni la contraria que padecen algunos para justificar no haber querido/podido estudiar una, ni por los de cambio, que nunca me resultaron difíciles y además no viví yo la época de las familias asfixiadas por las letras, ni por los nobiliarios porque no soy Serafín, sino por los títulos de canciones, películas y libros. Seguramente es, además del reconocimiento de una carencia, el grado más grave, siendo graves todos, de fascinación por las palabras; ya lo decía la suegra del cartero de Pablo Neruda:

«No hay peor droga que el bla-bla. Hace sentir a una mesonera de pueblo como una princesa veneciana. Y después, cuando viene el momento de la verdad, la vuelta a la realidad, te das cuenta de que las palabras son un cheque sin fondo.»

Beatriz al menos necesitaba poemas, otras sólo necesitan frases brillantes, y un buen título, aunque sea la antesala de la nada más extensa, no deja de ser una frase brillante muchas veces.
Claro, no todos los títulos. Algunos, tipo «Torrente-tres», me parecen absolutamente ramplones, aunque desde mi óptica perfectamente adecuados a lo que se espera tras ellos; ni los descriptivos al modo de «El fontanero, su mujer y otras cosas de meter», obra que no sé si es leyenda urbana o si verdaderamente existe (ahora mismo me da un poco de vergüenza mirarlo en imdb), pero que de existir imagino que tampoco lleva a engaño (ni sorpresa) a quienes se sienten a verla o a disfrutarla, que ya supongo que con ese título nadie espera que alguien la admire en modo pasivo ni con todos sus sentidos, excepto la vista y el oído, adormecidos. Los títulos que me gustan tienen que tener la dosis justa de descripción, muy poca en realidad, ser sonoros e impresionar de forma que se instalen en la mente hasta que leas o veas lo que anuncian.
Porque yo supongo que en definitiva los títulos son la carta de presentación de una obra, las armas con las que el autor la ha dotado para que seduzca en un plazo cortito y sea elegida entre otras muchas similares, la sonrisa (y cruces de piernas, erguimientos de pecho, caídas de ojos, etc.) que desplegamos en los cinco primeros minutos de una cita y que a veces llaman a tanto engaño como el título de una obra. No todas engañan, por supuesto; si tú tomas (ya sé que lo normal en mí sería poner coges, pero con la cantidad de hispanoamericanos que buscan porno, he decidido evitar la palabrita de marras en lo posible) algo llamado «lestatut» no lo haces esperando pasar un rato agradable ni ameno [Inciso: oh, sí, puede ser un prejuicio, lo será, seguramente el mismo que a los aborregados votantes de algunos partidos y nazionalistas cuneros les lleva a estimar que es palabra de Dios, te alabamos, óyenos. Con su pan se lo coman o comulguen, que la liturgia no les falte. Y si de mí dependiera, con sus aranceles], pero como de los diez que lo lean, a nueve les pagarán por ello y el décimo será algo similar a un masoquista, pues todos tan contentos. Sin embargo, cuando ves una obra titulada «Historia de un imbécil contada por él mismo» tienes que fijarte bien en que el autor es Félix de Azúa para eliminar el primer pensamiento automático: «hombre, ya ha escrito Carod su autobiografía». Es lo que tienen las antonomasias.