Archivo de Noviembre de 2005
Ídolos de(l) aire
Cuando Tom Cruise era aquí Tom Cruis y no Tom Crus, la mayor parte de mis compañeras se enamoraron de él al verle en el papel de Maverick. A mí la película no me impresionó tanto como para eso, ni el mundo de los aviones y aviadores me emocionaba tanto como para aprenderme los diálogos de Top Gun de memoria como alguien que conozco, así que lo que más recuerdo de la peli es la canción, tan propia para bailar sin bailar, esa cosa tan desmayada y enardecedora cuando tienes una pareja que te gusta, más roce que baile. Como digo, ni la película ni su protagonista me impresionaron tanto como para saber que estaba inspirada en la vida de un tal Randy Cunningham, y mucho menos para saber que luego había hecho carrera como político, y vengo a enterarme ahora, cuando le han pillado con las manos en la caja, y ha hecho eso tan lógico, y a lo que tan acostumbrados estamos en España, de confesar cuando le pillan in fraganti, dimitir y asumir gallardamente las consecuencias. Allí Bush, que ya sabemos que es tonto y gobierna un pueblo de ignorantes, se ha apresurado a condenar la actitud del pobre hombre, cuando aquí sabemos perfectamente que esas cosillas no deben tener consecuencias políticas, que la política no se mete en esas cosas salvo cuando uno gana unas elecciones y puede exhibir el resultado como una especie de absolución anterior a la declaración del delito; ahí sí, ahí se puede reclamar que no se judicialice la vida política. Ahora el protagonista es más feo (no creo que más bajito), las escenas de aviones se ruedan en Venezuela y no hay cancioncilla que salve la película.
Abrazo partido
Hace un tiempo, no recuerdo a propósito de qué exactamente, habló Nicolás en un comentario en esta bitácora de «hambre de piel» y yo, que a veces tiendo al psicodrama aunque intento contenerme por el bien del equilibrio de los que me rodean, quedé impresionada con la expresión. O más que con la expresión, con el abismo de nada que dibujó mi mente, tan gráfica ella a mi pesar, al leerla. Para paliar algunas soledades desde siempre han existido alivios a modo de tiritas, vendas o cataplasmas, según la extensión del vacío que sea necesario cubrir, o de la herida que haya que calmar; sin embargo, todos los remedios no dejaban de ser pobres sucedáneos en los que faltaba casi todo, hasta lo más básico quizá que es la verdadera voluntad del ser humano en funciones de solución.
Pero también el «hambre de piel» tiene que existir cuando, por una broma del destino o por vaya usted a saber qué carambola cósmica, uno ha encontrado a su amor en este bar inmenso que es una parte de Internet y, dando un paso más, ha hecho de su amor su amante. Si el ciberligue es de la misma ciudad lo del inicio es accesorio, que para comprobar las dificultades de un simca 1000 o equivalente, en el peor de los casos, le da a todo el mundo, además ahora los coches vienen mejor equipados; pero si el adsl ha salvado kilómetros y kilómetros, la cosa se pone difícil (dura incluso, imagino) porque uno puede escuchar palabras dulces y gemidos en su oído, puede hasta ver la carne vicariamente estremecida, pero no puede tocar ni ser tocado, con lo importante que es, y se tiene que contentar con contar desesperadamente los días que faltan para el próximo encuentro, mientras crecen el deseo, las expectativas y la exasperación. Sin embargo, parece que gracias a investigaciones para lograr el bienestar de los pollos (reconozco que me ha sorprendido lo de los pollos, todavía estoy con la risa floja), los hombres van a poder paliar esa deficiencia de los amores lejanos: en camino están los ciberabrazos. Bueno, para ser rigurosa con lo que he leído, la investigación es más blanca y se trata de que los niños no echen de menos a sus padres, pero un abrazo es un abrazo, y para que pase de blanco a verde no se necesita más que cambiar el destinatario y la intención.
El sabio refranero popular ya avisa de que besos y abrazos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas, así que empiezo a imaginar por donde van a ir los tiros con el siguiente avance.
Babimocosetes
El baby mocosete (léase babi, no beibi, que entonces éramos menos políglotas; aunque parezca mentira, es posible) era un muñeco de mi infancia que no recuerdo si lloraba pero desde luego moqueaba. Unos mocos limpios, transparentes y completamente líquidos, de mentira, que eran el resultado de los biberones de agua con los que había que alimentarlo.
Dicen que jugar con muñecos canaliza el instinto de maternidad que, como el valor a los soldados, se nos supone, pero yo creo además que limpiar mocos falsos tiene que entrenarnos también para distinguir a un tipo humano que acecha en cualquier esquina desde que una tiene lo que las abuelas llaman «edad de merecer»: el babimocosete. El babimocosete es una variante del malcasado, con dosis de Calimero. Como tras casarse (o emparejarse establemente, que también los hay atados sólo por la comodidad, la rutina, o «es que hay cosas que no sabes») ha pasado un periodo en el que no ejercitaba lo del ligue, suponiendo que alguna vez se le haya dado bien, cuando vuelve a hacerlo (con el aliciente añadido de la clandestinidad) echa mano del arma que le parece más eficaz: dar pena. Tras iniciar la aproximación con languidez, luego todo viene a ser que su mujer no le entiende (la subvariante magnánimo dice «no nos entendemos», la subvariante atormentado no da razones) o que no le atiende como esperaba, porque él se casó con una chica que era su novia y resulta que ahora se acuesta cada noche con una señora o con una madre. Y es que los hijos constituyen luego la poderosa razón (para ellos; sin piedad resulta excusa) por la que les resulta más sencillo buscar una amante que terminar con la situación que (presuntamente) les hace tan infelices. A mí cuando alguna vez les he escuchado o leído, siempre me hubiera gustado escuchar la versión contraria, a ver si ella esperaba esa tripa, esa calva y, sobre todo, esa desgana cuando se emparejó con el que era su novio, pero obviamente a quienes he conocido, gracias a Dios no padecido, ha sido a ellos, no a ellas. Los babimocosetes no suelen dejar nunca a la legítima, salvo que la legítima se dé por enterada y termine con ellos; entonces anuncian a los cuatro vientos lo de la «vida nueva» como si hubiera sido una decisión. Pero lo que suele quedar meridianamente claro es que, para algunos, follar sin seguridad (y no me refiero a los condones, ellos sabrán si los usan) es muy complicado. Y hacerlo regularmente, imposible sin pactos previos.
Ombligos varios
Como desde el principio tenía el huequecito reservado, aviso que si pincháis ahora en Agrifonte (arriba, debajo de la cabecera), en lugar de llevaros a la sonrisa de María, que es donde estaba redirigido, hallaréis una portada del sitio, con un extracto de las bitácoras alojadas aquí y muchos más enlaces, a los que se irá añadiendo otros cuando el máster pueda.
Parece que tiene intención de hacerlo en el fin de semana, aprovechando la ola de frío polar que se nos avecina; yo estoy dudando si sacar ya los gorritos, a los que me he aficionado desde que me dijeron que todo lo que tapa ayuda, y que no me hacen sentir Ana Karenina pero sí parecerlo (por tópico de rusa, quiero decir, no voy a sentirme protagonista de la novela de Cebrián porque para caer en eso tendría que sumergirme en vozka y yo soy más de ron añejo), o dedicarme a relajantes baños de burbujas. Después de estar un rato jugando con la paginita, he llegado a dos conclusiones: a Jorge no le gustarán los guisantes, seguramente, pero nadie puede decir ya que no es flexible. Bueno, y una conclusión más: hay que ver la capacidad que tengo para perder el tiempo, me da igual mirar una chimenea (me pones delante de una y no doy nada de guerra, parezco un prehomínido delante del fuego) que estallar burbujitas en una página (además en ésta si la pongo en modo maníaco y voy con el cursor de fuera a dentro me recuerda a las mascletás).
A lo único que soy inmune es a los acuarios, esos no fomentan nada de nada mi personalidad adictiva.
Cortesanos
Antaño la monarquía tenía un halo mágico que a algunos países (Japón, yendo lejos. Chorus: Japón, mira que está lejos Japón) les ha costado quitar, si es que lo han conseguido del todo. Aquí, modernos como somos, ya no pensamos ya que el rey tenga un origen divino. Por lo menos, no lo enunciamos así, aunque escuchando la pléyade de cortesanos babosos está claro que hay gente que, aunque reniegue del origen divino, está dispuesta a aceptar que el rey y su familia (por extensión, porque si encima ven méritos propios en ella ya pasarían de babosos a oligofrénicos) reciben en algún momento de su vida una especie de rayo divino o cósmico (versión para ateos militantes) que los convierte en los mejores seres humanos que pisan la tierra.
Total, que en estos días estamos muy contentos porque vencimos a Franco, (no, no tengo edad de haber sido una luchadora, pero mi primera persona del plural es tan inexacta como si hubiera puesto la tercera e incluido a todos los que dicen que lo hicieron, cuando a lo que se limitó la mayoría es a celebrar cómodamente, cuando no a lamentar, que se había muerto) y porque llevamos treinta años de monarquía. A mí me parece que sí constituye un motivo de celebración llevar treinta años en democracia, algo menos si tenemos en cuenta que hasta 1977 no entra en vigor la Ley para la Reforma Política, ni se legalizan los partidos políticos, ni se celebran unas verdaderas elecciones democráticas, y normal reconocer el papel que también desempeñó el rey en aquel proceso de desmantelamiento pacífico de un régimen que se suponía «atado y bien atado». No me parece poco motivo, la verdad. Por eso no puedo entender un reportaje de Telemadrid que vi anoche. Reconozco que sólo llegué a ver un trozo, por lo cual tal vez la parte sustancial me la perdí, aunque como era un recorrido año por año de hechos ¿significativos? durante el reinado de Don Juan Carlos, tiendo a pensar que todo el programa vino a ser lo mismo. Lo que no puedo entender es que de cada año se seleccionasen unos tres hechos (pongamos: que se produce el intento de golpe de Estado de Tejero, que muere Chanquete, y otro por el estilo) y que luego se entreviste a una persona con la que el rey hubiera tenido contacto ese año, que de las que yo vi eran: el cámara que grabó el mensaje del Rey el 23-F; su colega de las regatas contando que el rey vomitó una vez que tomó un café con sal; uno que practicaba tiro al plato con él y que para hacerse la foto el rey le colocó en un tocón (él decía tallo, pero un tallo de flor no hubiese soportado el peso) con el fin de aproximar (Señor, a su altura no podré estar nunca, cuenta él que le dijo) alturas; el dueño de un restaurante que contaba como una vez el rey, puesto que su restaurante no tenía inalámbrico, se levantó de la mesa para ir a la barra y atender una llamada (luego este restaurante, viendo los precios, habrá puesto una central de comunicaciones por satélite o algo así); una niña que toca el violín a la que el rey dio un beso de gnomo (o eso entendí); un periodista que contó una insulsa (lo de insulsa voy a dejar de ponerlo, de aquí en adelante se puede añadir sin problema casi a cada historieta) anécdota sobre como el rey jugaba al escondite con él en una tienda durante un viaje a Australia; un torero que le brindó un toro y habló con él sobre trapío; el capitán del Atlético de Madrid cuando hicieron doblete, que nos recordó que el príncipe para el fútbol sí tiene criterio; un señor al que entregaron una zodiac porque a finales de los ochenta tenía que hacer señales con espejos u hogueras para que le fuesen a buscar a la isla donde vivía; un voluntario del chapapote (del Prestige, a ver si hubo algo sobre el Mar Egeo _1992_ no llegué); los padres de una víctima de los atentados terroristas de Madrid del 11 de marzo de 2004; Albert Boadella, que narró como el rey es incapaz de asistir en silencio a una obra de teatro suya; Ángel Nieto, por quien el rey se preocupó mucho cuando se cayó de la moto en 500cc y mandó a alguien para que preguntase qué tal estaba; Concha Velasco que contó como cuando los reyes fueron a ver su obra «Buenas noches, madre» el servicio de seguridad intentó que no disparase el arma con el que la protagonista se suicida, y un reportero del «caiga quien caiga» que le dio unas gafas blancas (luego habrá quien diga que quitaron el programa porque se les habían terminado las ideas, si es que…) cuando se casó la infanta Cristina.
Desde luego no se puede negar que la muestra era variada, no sé si también representativa. Sólo que visto sin grandes dosis de maldad, una termina concluyendo que el rey es una figura compuesta de unos gramitos de conseguidor (por la zodiac, unos pisos que se terminaron no sé donde, y la intervención del ejército en lo del chapapote, logros atribuidos todos a la intercesión directa del monarca, no sé si con razón o no, por los entrevistados), otros de consolador (sincero, eso sí), y grandes dosis de cazador, regatista, y todas esas cosas de deporte que exigen un gran desembolso previo.
En fin, no sé si el reportaje habrá sido el resultado de una de esas brillantes ideas alrededor de una mesa, en plan «¿y por qué en lugar del reportaje de siempre no hacemos uno mostrando el lado más humano, buscando gente de todos los ámbitos que haya tenido contacto con él?», que yo supongo que se le suele ocurrir al que está haciendo méritos o al que quiere terminar y marcharse de una santa vez a comer, pero creo que se les ha ido un poco la mano, y han presentado una mezcla de «Padrecito» e inútil importante, porque si treinta años dan sólo para eso, caro nos sale.
Y aquí estoy yo, intentando decidir si el reportaje lo hizo un republicano listo, o un monárquico bobo al que se le ha ido la mano intentando demostrar que el rey es una «persona humana» muy campechana (chorus:« en eso es muy Borbón»).
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