Supongo que está bien que en una programación variada (que será lo que dan eso que ahora llamamos teles generalistas) exista un programa de cocina, y tal vez sea lógico que lo haga un cocinero, por aquello de zapatero (con perdón) a tus zapatos. El que una persona sola tenga que rellenar silencios incómodos durante el tiempo que, por ejemplo, tarda en trocear una zanahoria, y dando por hecho que como los programas son grabados nunca vamos a asistir a la rebanación del dedo por entretenida que pudiera resultar, imagino que explica que estos seres tengan tendencia a hablar como posesos y a explotar hasta la extenuación una serie breve de muletillas que terminan penetrando los cerebros y pasando al acervo lingüístico, como lo del fundamento, lo del rico-rico, y alguna cosa más. Es verdad que a Arguiñano, responsable de la popularización de esos términos, a veces le acompaña su hermana, pero para los efectos, y dado el salero que derrocha la criatura, es como si siguiese solo en pantalla, pero con dos bracitos más y otro gorro pululando. El otro cocinero que ahora hay en la tele, en la de todos, también se desgasta en tres o cuatro frases; al menos las veces que yo he visto un rato de su programa todo es «mira que increíble» y «eso no lo queremos». Está bien, me decía yo en alguno de los fluidos diálogos mentales que mantengo conmigo, son cocineros, no Demóstenes, ellos no tienen que hablar bien, no están ahí por eso, están ahí porque saben cocinar estupendamente y comparten su sabiduría, (aunque sólo parcialmente, porque ni viendo esos programas consigue una enterarse de a qué cantidad corresponde una pizca de sal y además le entran serias dudas con lo de la gotita de aceite, que para ellos es lo que para mí viene a ser un chorrito) con el resto de los mortales. Hasta el viernes.
El viernes, quien sabe por que extraña razón, me senté un momento por la tarde delante de la televisión y el cocinero cosmopolita anunció que iba a preparar un yogur con frutas. Yo ya le había visto preparar de mil formas una sandía ayudado, eso sí, por bastantes artefactos de esos que no hay en todas las cocinas, y pensé que podía ser interesante. Como un flash pasó por mi mente la rehabilitación de la yogurtera de mi infancia, que tras dos tandas de yogures caseros fue defenestrada porque esos eran extremadamente ácidos y nos gustaban mucho más los Danone, que además venían con cromos de la abeja Maya. Pues no. Ni rehabilitación de la yogurtera ni nada. Todo orondo el hombre, cogió un yogur envasado, abrió la tapa (sin especial habilidad, además), distribuyó su contenido en dos vasitos de plástico, puso encima unos arándanos, un pegotón de miel, cerró cada vasito con una tapadera ad hoc, y se quedó tan ancho el ciudadano, comentando, eso sí, lo sana que era la fruta natural. Además de parecerme un poco rácano lo de apañar a dos personas con un triste yogur decorado (¿en qué se gastará el dinero la producción del programa?), digo yo que si de eso se trata, con estas manitas y unas tijeras abro estupendamente los paquetes de puré de patatas en polvo, los mezclo con leche, mantequilla y sal, meto la pócima al microondas, y en un momento me sale una masa que puesta al lado de las salchichas que también meto dos minutos en el microondas (gracias, Señor, por el invento) después de pincharlas con un tenedor para que no estallen, queda muy decorativa y se come con ganas si uno tiene hambre. Incluso puedo poner unos arándanos en el plato, como detalle de alta cocina, porque en algún sitio los venderán (en las fruterías que yo frecuento no, son más ordinarios y/o tradicionales) y me da a mí que tienen que ser baratos, porque ahora los arándanos en los restaurantes los ponen con el pato, con el cerdo, con las tartas de queso… con todo, de tal manera que la alianza entre los «restauradores» y las «frutas del bosque» ha conseguido lo que hace quince años parecía impensable: destronar al kiwi.