De las penas
Se suele acusar a los lenguajes profesionales o técnicos de oscuros; una jerga accesible sólo a quienes se desenvuelven en esos mundos. Puede que antes fuese así, pero con la cantidad y calidad de horas de tele que vemos casi todos (el casi es por Nicolás), manejamos con soltura, aunque seguramente no con propiedad, términos de las disciplinas más variadas, igual calificamos a alguien de borderline que discutimos sobre píxeles y shares. Pero a mí me parece, de forma puramente subjetiva, claro, que la verdadera popularización se ha dado en el lenguaje jurídico, imagino que por el infinito número de famosillos de cuarta que para tener un ratito de televisión o una portada en color necesitan algo con lo que entretener sus periodos entre bodas y bautizos, toda vez que las comuniones (o sea, primeras Comuniones) cotizan a la baja, en parte por laicismo y en parte porque los niños a la edad en la que suelen/solían comulgar por primera vez tienden irremediablemente a zangolotinos y no resultan nada favorecedores en la foto de una estrella, salvo que sea de las que defienden valores eternos, pero de esas quedan ya pocas: las que antaño hacían besamanos en el palacio de Oriente ahora han descubierto los encantos de Cuba, y hasta algún moelno ha remezclado a la Pantoja; por otra parte tampoco es que ésta últimamente pudiese ser estandarte de nada al vivir amancebada como los quinquis de antaño, y a Paquirrín se le ha pasado la edad, aunque no la pinta, que el pobre no ha pasado de zangolotino a latin lover ni mirándole caritativamente.
Cerrado el campo de las celebraciones, el personaje se acerca a un programa (en este caso pograma) y expone sus procesos (más penosos que otra cosa) con todo lujo de detalles y redundancias. Luego es posible que algún avezado periodista de investigación sentado en un sillón de un plató que imita un saloncito (visitas chillonas incluidas) analice un auto de admisión de la «querella criminal» por el juzgado de Instrucción diciendo que «crea jurisprudencia» sin que nadie se tome la molestia de desmentirle, quizá porque quien puede hacerlo considera que todos los espectadores son tan conscientes de la falsedad de la afirmación como de que no van a encontrarse jamás una abogada como Ally McBeal (bueno, igual de delgadas puede que sí, no todas son Cristina Almeida, a alguna darán ganas de pagarle en potajes), que en España cuando un abogado se pone exótico echa mano de la melena y el sombrero, del bigote poblado, o del bordeo de la delincuencia; pero no es cierto, luego la gente termina escribiendo cosas como pena penal (estos ojitos míos lo han visto), y este tipo construcción suena mal, salvo que uno sea Quintero, León y Quiroga.









