Quizá porque el tamaño de mi ciudad permite siempre volver a comer a casa, a mí me encantan los restaurantes. Y que conste que en «restaurantes» incluyo también a «los chinos», que la comida oriental me gusta. De acuerdo, no toda, pero tampoco comería unas albóndigas (ni nada si puedo elegir) en un sitio con serrín en el suelo, ni en ningún otro que no sea mi casa, ni pido riñones por ahí por mucho que me gusten porque una vez comí unos que tenían que estar mal lavados; bueno, no los comí, porque olían a orines (triste experiencia que repetí la vez que me decidí a probar los zarajos), pero el plato me lo trajeron. Yo es que creo que los olores están por algo, y no como nada que huela a excremento; lo intento, pero mi cuerpo es más tiquismiquis que mi mente y no se deja. Ya sé que al ver la afirmación todo el mundo dirá «ni yo tampoco», pero eso no es cierto, porque la mayor parte de la gente sí come verdura cocida, puede que hasta coliflor o berza, y a ver a qué huele la verdura cocida… Que sí, yo también sé eso de que tiene vitaminas, hierro, fibra y mil beneficios para el organismo, pero todas sus bondades no borran el hecho de que oler, huele a pedo; y no sólo cuando se está cociendo, sino también después. Había que decirlo. Sin embargo los chinos son más refinados, y la verdura la meten en los rollitos de primavera, que entre la masa frita y la salsa agridulce una no se entera del hedor ni casi del sabor. Y si es un punto más sofisticado el restaurante (lo que viene a ser «oriental» en lugar de «chino»), tiene hasta tempura de verduras, que está muy rica y se puede comer sin arrugar la nariz.
patitos inocentesAunque para decir la verdad, en los chinos como hasta carne. Bueno, cerdo y pato, mayormente, sobre todo pato laqueado , y eso que el sitio donde voy tiene que luchar contra la asociación de (malas) ideas que provoca el hecho de estar situado justo enfrente del Campo Grande. Es que decir Campo Grande es como decir patos. Pero estoy completamente segura de que los patos del restaurante son otros, los del estanque del Campo Grande abultan el doble, están hechos unos verdaderos toretes (los patos no, pero las ocas dan hasta un poco de miedo, menos mal que nunca se ha arrancado una a mi paso) debido a la dieta de pan abundante a la que les someten los paseantes. Cuando yo era pequeña además de pan les tirábamos trozos del barquillo que nos compraban al llegar al estanque, aunque las últimas veces que he ido no he visto al barquillero; no sé si es que ya no hay o es que tiene vacaciones en agosto. El caso es que bien no sé si lo estarán, pero al menos sí están abundantemente alimentados; tanto, que si arrojas un pedazo de comida al estanque, los patos se comportan como modelos y apartan la cara con gesto mixto de asco y desprecio. El estado del bienestar ha llegado a ellos también.