con moquitos de verdadEl baby mocosete (léase babi, no beibi, que entonces éramos menos políglotas; aunque parezca mentira, es posible) era un muñeco de mi infancia que no recuerdo si lloraba pero desde luego moqueaba. Unos mocos limpios, transparentes y completamente líquidos, de mentira, que eran el resultado de los biberones de agua con los que había que alimentarlo.
Dicen que jugar con muñecos canaliza el instinto de maternidad que, como el valor a los soldados, se nos supone, pero yo creo además que limpiar mocos falsos tiene que entrenarnos también para distinguir a un tipo humano que acecha en cualquier esquina desde que una tiene lo que las abuelas llaman «edad de merecer»: el babimocosete. El babimocosete es una variante del malcasado, con dosis de Calimero. Como tras casarse (o emparejarse establemente, que también los hay atados sólo por la comodidad, la rutina, o «es que hay cosas que no sabes») ha pasado un periodo en el que no ejercitaba lo del ligue, suponiendo que alguna vez se le haya dado bien, cuando vuelve a hacerlo (con el aliciente añadido de la clandestinidad) echa mano del arma que le parece más eficaz: dar pena. Tras iniciar la aproximación con languidez, luego todo viene a ser que su mujer no le entiende (la subvariante magnánimo dice «no nos entendemos», la subvariante atormentado no da razones) o que no le atiende como esperaba, porque él se casó con una chica que era su novia y resulta que ahora se acuesta cada noche con una señora o con una madre. Y es que los hijos constituyen luego la poderosa razón (para ellos; sin piedad resulta excusa) por la que les resulta más sencillo buscar una amante que terminar con la situación que (presuntamente) les hace tan infelices. A mí cuando alguna vez les he escuchado o leído, siempre me hubiera gustado escuchar la versión contraria, a ver si ella esperaba esa tripa, esa calva y, sobre todo, esa desgana cuando se emparejó con el que era su novio, pero obviamente a quienes he conocido, gracias a Dios no padecido, ha sido a ellos, no a ellas. Los babimocosetes no suelen dejar nunca a la legítima, salvo que la legítima se dé por enterada y termine con ellos; entonces anuncian a los cuatro vientos lo de la «vida nueva» como si hubiera sido una decisión. Pero lo que suele quedar meridianamente claro es que, para algunos, follar sin seguridad (y no me refiero a los condones, ellos sabrán si los usan) es muy complicado. Y hacerlo regularmente, imposible sin pactos previos.