Hace un tiempo, no recuerdo a propósito de qué exactamente, habló Nicolás en un comentario en esta bitácora de «hambre de piel» y yo, que a veces tiendo al psicodrama aunque intento contenerme por el bien del equilibrio de los que me rodean, quedé impresionada con la expresión. O más que con la expresión, con el abismo de nada que dibujó mi mente, tan gráfica ella a mi pesar, al leerla. Para paliar algunas soledades desde siempre han existido alivios a modo de tiritas, vendas o cataplasmas, según la extensión del vacío que sea necesario cubrir, o de la herida que haya que calmar; sin embargo, todos los remedios no dejaban de ser pobres sucedáneos en los que faltaba casi todo, hasta lo más básico quizá que es la verdadera voluntad del ser humano en funciones de solución. ciberbesoPero también el «hambre de piel» tiene que existir cuando, por una broma del destino o por vaya usted a saber qué carambola cósmica, uno ha encontrado a su amor en este bar inmenso que es una parte de Internet y, dando un paso más, ha hecho de su amor su amante. Si el ciberligue es de la misma ciudad lo del inicio es accesorio, que para comprobar las dificultades de un simca 1000 o equivalente, en el peor de los casos, le da a todo el mundo, además ahora los coches vienen mejor equipados; pero si el adsl ha salvado kilómetros y kilómetros, la cosa se pone difícil (dura incluso, imagino) porque uno puede escuchar palabras dulces y gemidos en su oído, puede hasta ver la carne vicariamente estremecida, pero no puede tocar ni ser tocado, con lo importante que es, y se tiene que contentar con contar desesperadamente los días que faltan para el próximo encuentro, mientras crecen el deseo, las expectativas y la exasperación. Sin embargo, parece que gracias a investigaciones para lograr el bienestar de los pollos (reconozco que me ha sorprendido lo de los pollos, todavía estoy con la risa floja), los hombres van a poder paliar esa deficiencia de los amores lejanos: en camino están los ciberabrazos. Bueno, para ser rigurosa con lo que he leído, la investigación es más blanca y se trata de que los niños no echen de menos a sus padres, pero un abrazo es un abrazo, y para que pase de blanco a verde no se necesita más que cambiar el destinatario y la intención.
El sabio refranero popular ya avisa de que besos y abrazos no hacen chiquillos, pero tocan a vísperas, así que empiezo a imaginar por donde van a ir los tiros con el siguiente avance.