Entradas archivadas en Noviembre dEurope/Berlin 2005

Miércoles, 9 de Noviembre de 2005

janer en una tertulia literariaSerá que a veces Dios te pone a prueba, y te entregan un premio en la tierra. Desde luego si yo fuese Maria de la Pau Janer lo pensaría. O que el de arriba está jugando con la cuerda esa que aprieta pero no ahoga, o que el genio de la lámpara era el del chiste, no sé, algo que explique por qué a esta chica primero le dan más 600.000 euros y luego se dedican a denostar su creación o lo que sea que haya parido su ingenio. Primero uno de los que le otorgan el premio, mi por otra parte admirado Marsé (al que debo, entre otras cosas, que cada vez que veo un determinado tipo humano inmediatamente lo bautice como pijoaparte), rebaja su obra de tal forma que cabría pensar que sólo la leerán los suscriptores de Planeta y los pobres a los que se la regalen, que cuando uno va a buscar un libro a partir de primeros de noviembre tiene que bucear apartando al ganador, al finalista, al del código y la enésima edición de «La sombra del viento»; mucho más coherente me hubiera parecido Marsé si antes de la pataleta hubiera dimitido del jurado, pero una vez que formas parte del que concede el premio, es de bastante mal gusto amargarle la noche a la chica. Después, en la presentación a bombo, platillo y escritor, le toca en suerte como introductor (en este caso en el mal sentido) mi no-paisano (parece mentira, con lo que él se encarga de decir que nació en Madrid, que el mundo se empeñe en colocar su alumbramiento en Valladolid, como con Aznar, que tampoco) Umbral, que se ha despachado a gusto usando a la criatura como punta de lanza en una vieja rencilla con Pérez-Reverte, al que suelo admirar hasta el nudo de la novela, y luego no, ni falta que le hace. Por otro lado, sabiendo como se las gastan en la editorial catalana (esto yo creo que puede ser considerado incluso redundancia), es posible que sólo sea una especie de campaña de publicidad, para captar quizá el sector de lectores que no compran «el planeta» por sistema, incluso a los que tal vez lo rehuimos. Y si no es eso, pues habrá que recomendar al heredero de Lara un poquito más de ojo, que se le desmanda la cuadra.
¡Qué bonito tiene que ser asistir a una tertulia de escritores! Sin que ellos te vean, claro.

Martes, 8 de Noviembre de 2005

Se suele acusar a los lenguajes profesionales o técnicos de oscuros; una jerga accesible sólo a quienes se desenvuelven en esos mundos. Puede que antes fuese así, pero con la cantidad y calidad de horas de tele que vemos casi todos (el casi es por Nicolás), manejamos con soltura, aunque seguramente no con propiedad, términos de las disciplinas más variadas, igual calificamos a alguien de borderline que discutimos sobre píxeles y shares. Pero a mí me parece, de forma puramente subjetiva, claro, que la verdadera popularización se ha dado en el lenguaje jurídico, imagino que por el infinito número de famosillos de cuarta que para tener un ratito de televisión o una portada en color necesitan algo con lo que entretener sus periodos entre bodas y bautizos, toda vez que las comuniones (o sea, primeras Comuniones) cotizan a la baja, en parte por laicismo y en parte porque los niños a la edad en la que suelen/solían comulgar por primera vez tienden irremediablemente a zangolotinos y no resultan nada favorecedores en la foto de una estrella, salvo que sea de las que defienden valores eternos, pero de esas quedan ya pocas: las que antaño hacían besamanos en el palacio de Oriente ahora han descubierto los encantos de Cuba, y hasta algún moelno ha remezclado a la Pantoja; por otra parte tampoco es que ésta últimamente pudiese ser estandarte de nada al vivir amancebada como los quinquis de antaño, y a Paquirrín se le ha pasado la edad, aunque no la pinta, que el pobre no ha pasado de zangolotino a latin lover ni mirándole caritativamente.
Cerrado el campo de las celebraciones, el personaje se acerca a un programa (en este caso pograma) y expone sus procesos (más penosos que otra cosa) con todo lujo de detalles y redundancias. Luego es posible que algún avezado periodista de investigación sentado en un sillón de un plató que imita un saloncito (visitas chillonas incluidas) analice un auto de admisión de la «querella criminal» por el juzgado de Instrucción diciendo que «crea jurisprudencia» sin que nadie se tome la molestia de desmentirle, quizá porque quien puede hacerlo considera que todos los espectadores son tan conscientes de la falsedad de la afirmación como de que no van a encontrarse jamás una abogada como Ally McBeal (bueno, igual de delgadas puede que sí, no todas son Cristina Almeida, a alguna darán ganas de pagarle en potajes), que en España cuando un abogado se pone exótico echa mano de la melena y el sombrero, del bigote poblado, o del bordeo de la delincuencia; pero no es cierto, luego la gente termina escribiendo cosas como pena penal (estos ojitos míos lo han visto), y este tipo construcción suena mal, salvo que uno sea Quintero, León y Quiroga.

Lunes, 7 de Noviembre de 2005

Supongo que está bien que en una programación variada (que será lo que dan eso que ahora llamamos teles generalistas) exista un programa de cocina, y tal vez sea lógico que lo haga un cocinero, por aquello de zapatero (con perdón) a tus zapatos. El que una persona sola tenga que rellenar silencios incómodos durante el tiempo que, por ejemplo, tarda en trocear una zanahoria, y dando por hecho que como los programas son grabados nunca vamos a asistir a la rebanación del dedo por entretenida que pudiera resultar, imagino que explica que estos seres tengan tendencia a hablar como posesos y a explotar hasta la extenuación una serie breve de muletillas que terminan penetrando los cerebros y pasando al acervo lingüístico, como lo del fundamento, lo del rico-rico, y alguna cosa más. Es verdad que a Arguiñano, responsable de la popularización de esos términos, a veces le acompaña su hermana, pero para los efectos, y dado el salero que derrocha la criatura, es como si siguiese solo en pantalla, pero con dos bracitos más y otro gorro pululando. El otro cocinero que ahora hay en la tele, en la de todos, también se desgasta en tres o cuatro frases; al menos las veces que yo he visto un rato de su programa todo es «mira que increíble» y «eso no lo queremos». Está bien, me decía yo en alguno de los fluidos diálogos mentales que mantengo conmigo, son cocineros, no Demóstenes, ellos no tienen que hablar bien, no están ahí por eso, están ahí porque saben cocinar estupendamente y comparten su sabiduría, (aunque sólo parcialmente, porque ni viendo esos programas consigue una enterarse de a qué cantidad corresponde una pizca de sal y además le entran serias dudas con lo de la gotita de aceite, que para ellos es lo que para mí viene a ser un chorrito) con el resto de los mortales. Hasta el viernes.
El viernes, quien sabe por que extraña razón, me senté un momento por la tarde delante de la televisión y el cocinero cosmopolita anunció que iba a preparar un yogur con frutas. Yo ya le había visto preparar de mil formas una sandía ayudado, eso sí, por bastantes artefactos de esos que no hay en todas las cocinas, y pensé que podía ser interesante. Como un flash pasó por mi mente la rehabilitación de la yogurtera de mi infancia, que tras dos tandas de yogures caseros fue defenestrada porque esos eran extremadamente ácidos y nos gustaban mucho más los Danone, que además venían con cromos de la abeja Maya. Pues no. Ni rehabilitación de la yogurtera ni nada. Todo orondo el hombre, cogió un yogur envasado, abrió la tapa (sin especial habilidad, además), distribuyó su contenido en dos vasitos de plástico, puso encima unos arándanos, un pegotón de miel, cerró cada vasito con una tapadera ad hoc, y se quedó tan ancho el ciudadano, comentando, eso sí, lo sana que era la fruta natural. Además de parecerme un poco rácano lo de apañar a dos personas con un triste yogur decorado (¿en qué se gastará el dinero la producción del programa?), digo yo que si de eso se trata, con estas manitas y unas tijeras abro estupendamente los paquetes de puré de patatas en polvo, los mezclo con leche, mantequilla y sal, meto la pócima al microondas, y en un momento me sale una masa que puesta al lado de las salchichas que también meto dos minutos en el microondas (gracias, Señor, por el invento) después de pincharlas con un tenedor para que no estallen, queda muy decorativa y se come con ganas si uno tiene hambre. Incluso puedo poner unos arándanos en el plato, como detalle de alta cocina, porque en algún sitio los venderán (en las fruterías que yo frecuento no, son más ordinarios y/o tradicionales) y me da a mí que tienen que ser baratos, porque ahora los arándanos en los restaurantes los ponen con el pato, con el cerdo, con las tartas de queso… con todo, de tal manera que la alianza entre los «restauradores» y las «frutas del bosque» ha conseguido lo que hace quince años parecía impensable: destronar al kiwi.

Viernes, 4 de Noviembre de 2005

El mezclar religión y política tiene como problema, además de otros muchos (y nótese que digo religión en general y no catolicismo en particular, que no soy, ni quiero ser confundida con, una progre de salón) que incluso quienes renegaron muy tempranamente de ese contubernio (Dios mío, si alguno de ellos lo lee que consulte el diccionario antes de llamarme facha por usar la palabrita de marras), terminan copiando los tics que tanto criticaron. Es como si al final se hubiesen quedado en la rebelión del tejido o la melena, que consiste básicamente en vestir pana o camisetas y portar la corbata con el cuello más afectado que María Antonieta o ser un rebelde capilar, o sea, siguen llevando el pelo largo porque en un momento dado fue transgresor, sin darse cuenta de que con el paso del tiempo se han hecho conservadores, al menos del peinado (lo de conservador del cabello suele escapar a la voluntad y quedar en manos de algo llamado DHT, por lo visto) y del puestecito, y además impostores de las ideas.
Pablo IIISe forman así, primero por reacción a lo establecido y luego por aluvión de ismos correctos, una especie de Papas laicos que con aparente beatitud pontifican sobre las ideas (ajenas, por supuesto, dado que las propias son inamovibles y les vienen dadas en base a su militancia declarada o vergonzante si pertenecen a la extraña tropa de estómagos agradecidos; mira por donde de tropa a trepa no hay más que una vocal, fuerte, eso sí), mientras los adoradores nocturnos de algún miles gloriosus con pasado heroico inventado besan su anillo de pescador presas de excitaciones próximas al éxtasis. Desde su supuesta altura intelectual (¿no lo había comentado? son intelectuales, lo que se dice la intelligenzia, aunque el pudor de la inteligencia no sea capaz de atemperarles el enconamiento) arengan a otros menos dotados, con panegíricos escogidos y frases aparentemente inocuas pero de las que, extrañamente, «los suyos» sacan conclusiones que hacen temblar a quien los escuche o lea, aunque no sea de «los otros» y aunque esa división, simple y como de fútbol, le repela. También brillan en los obituarios, tanto que casi los convierten en elegías, no tanto como dicen que brillaba González Ruano, y desde luego sin tenerlo como ejemplo (conscientemente, claro, vade retro).
Sustituyeron la infalibilidad del Papa por la propia, y estar en posesión de la verdad hace que cuando miran alrededor, a esos alrededores llenos de gente menos dotada intelectualmente o, en caso de reconocer una cierta inteligencia, llena de mala fe por negarse a ver la Verdad, no puedan comprender ideas distintas a las que contra viento y marea, y negando la evidencia tantas y tantas veces, defienden. Suelen sacar mucho a pasear a la Inquisición (obviando, claro está, lo del brazo secular), pero se distinguen muy poco de los cazaherejes que velaban por la ortodoxia. A veces, incluso, tienen a su servicio importantes máquinas de propaganda de esas que dividen el mundo en los buenos (los suyos, sobra decirlo) y los malos. Sencillito y comprensible para todo el mundo.
papalaicoAñoran épocas que no conocieron como si de la Arcadia feliz se hubiera tratado, pero es que llegar a la vida pública tras una generación de vencedores y vencidos tiene que ser duro, sobre todo si el mayor anhelo de uno es militar en uno de los bandos y reescribir la historia. Eso obliga a buscar anacrónicamente herederos del otro bando para poder descargar la ira y el resentimiento contra ellos, particular y deshonroso empeño que va a ocuparles toda la vida. Curioso resentimiento, que no es personal sino inoculado a base de historias oídas de boca de gente que con su exaltación a posteriori tapaba la cobardía de un momento o directamente la equivocación.
Cuando les escucho no sé si ponerme a contar los tópicos esgrimidos o el número de adhesiones inquebrantables que se producen tras sus homilías, signo inequívoco del totalitarismo tanto de los que hablan como de los que oyen complacidos porque la música les suena y la letra cambia poco, pero hay poca gente por la que yo me decida a contar la arena del mar.

Jueves, 3 de Noviembre de 2005

En realidad para esta primera anotación pensaba yo hacer algo así como el «meiquinof» de la bitácora, pero ha pasado tanto tiempo desde que Jio (millones de gracias) me habilitó el rinconcito en su espacio hasta que por fin lo estoy estrenando, que esto ha venido a ser algo así como un parto, y aquí estoy, recuperándome del php y los css, sin ganas de recordarlos. Seguro que faltará algún detallito (aunque esta vez he puesto una aclaración para lo del nombre, que conste), pero me lo tomaré con calma, que las improvisaciones no son buenas, y si no, que se lo digan a Manuela de Madre, la pobre, que se aparta del discurso que tiene marcado y planta el inicio de la Inquisición en el siglo XIX, con un par. En fin, olvidemos a los ilustres padres y madres de la patria (he puesto lo de madres para sentirme políticamente ridícula, digo correcta), y vayamos al descorche en el buen sentido. Bienvenidos.


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