La oscura historia de la ninfa
Será que a veces Dios te pone a prueba, y te entregan un premio en la tierra. Desde luego si yo fuese Maria de la Pau Janer lo pensarÃa. O que el de arriba está jugando con la cuerda esa que aprieta pero no ahoga, o que el genio de la lámpara era el del chiste, no sé, algo que explique por qué a esta chica primero le dan más 600.000 euros y luego se dedican a denostar su creación o lo que sea que haya parido su ingenio. Primero uno de los que le otorgan el premio, mi por otra parte admirado Marsé (al que debo, entre otras cosas, que cada vez que veo un determinado tipo humano inmediatamente lo bautice como pijoaparte), rebaja su obra de tal forma que cabrÃa pensar que sólo la leerán los suscriptores de Planeta y los pobres a los que se la regalen, que cuando uno va a buscar un libro a partir de primeros de noviembre tiene que bucear apartando al ganador, al finalista, al del código y la enésima edición de «La sombra del viento»; mucho más coherente me hubiera parecido Marsé si antes de la pataleta hubiera dimitido del jurado, pero una vez que formas parte del que concede el premio, es de bastante mal gusto amargarle la noche a la chica. Después, en la presentación a bombo, platillo y escritor, le toca en suerte como introductor (en este caso en el mal sentido) mi no-paisano (parece mentira, con lo que él se encarga de decir que nació en Madrid, que el mundo se empeñe en colocar su alumbramiento en Valladolid, como con Aznar, que tampoco) Umbral, que se ha despachado a gusto usando a la criatura como punta de lanza en una vieja rencilla con Pérez-Reverte, al que suelo admirar hasta el nudo de la novela, y luego no, ni falta que le hace. Por otro lado, sabiendo como se las gastan en la editorial catalana (esto yo creo que puede ser considerado incluso redundancia), es posible que sólo sea una especie de campaña de publicidad, para captar quizá el sector de lectores que no compran «el planeta» por sistema, incluso a los que tal vez lo rehuimos. Y si no es eso, pues habrá que recomendar al heredero de Lara un poquito más de ojo, que se le desmanda la cuadra.
¡Qué bonito tiene que ser asistir a una tertulia de escritores! Sin que ellos te vean, claro.


El viernes, quien sabe por que extraña razón, me senté un momento por la tarde delante de la televisión y el
Se forman asÃ, primero por reacción a lo establecido y luego por aluvión de ismos correctos, una especie de Papas laicos que con aparente beatitud pontifican sobre las ideas (ajenas, por supuesto, dado que las propias son inamovibles y les vienen dadas en base a su militancia declarada o vergonzante si pertenecen a la extraña tropa de estómagos agradecidos; mira por donde de tropa a trepa no hay más que una vocal, fuerte, eso sÃ), mientras los adoradores nocturnos de algún miles gloriosus con pasado heroico inventado besan su anillo de pescador presas de excitaciones próximas al éxtasis. Desde su supuesta altura intelectual (¿no lo habÃa comentado? son intelectuales, lo que se dice la intelligenzia, aunque el pudor de la inteligencia no sea capaz de atemperarles el enconamiento) arengan a otros menos dotados, con panegÃricos escogidos y frases aparentemente inocuas pero de las que, extrañamente, «los suyos» sacan conclusiones que hacen temblar a quien los escuche o lea, aunque no sea de «los otros» y aunque esa división, simple y como de fútbol, le repela. También brillan en los obituarios, tanto que casi los convierten en elegÃas, no tanto como dicen que brillaba 






