manosHay cosas que uno escucha con cierta frecuencia a propósito de sí mismo. En mi caso, una de ellas es un poema (bueno, fragmentos, claro, nadie me aburre con él entero aunque hay una franja de edad en la que se lo saben) que se popularizó en los años progres y que recurrentemente se regraba en forma de canción, y otra es un refrán que me recita cualquiera que tiene la suerte de ser agraciado con una caricia, incluso con un roce casual de mis manos casi en cualquier época del año, pero especialmente, claro, en invierno. Hasta ayer yo pensaba que la gente era más bien exagerada, y que bueno, una tiene las manos frías pero tampoco para montar escándalos. Pero ayer se me ocurrió echarme una siesta rápida, y sucede que carezco de la habilidad común a otros humanos de dormir sentada. En principio no supone mayor problema, porque tampoco es que necesite una cama, sólo tumbarme y enroscarme, y por otro lado me evita dar el penoso espectáculo de la babilla cayéndose en público que se ve a veces en aviones o autobuses, pero claro, al tumbarme tengo que hacer algo con las manos, normalmente ponerlas debajo de mi cara, o pegadas a mi cuerpo; debajo no, porque aún no he descubierto cómo puede uno dormir sin preocuparse de los brazos, a mí siempre me estorba uno: cuando es mío porque se me duerme, y cuando es ajeno porque es, como cualquiera puede suponer, mayor que un guisante y ni siquiera está bajo el colchón. Pero ayer, que no sé si yo estaba muy sensible por el madrugón sumado al frío que hace por estas tierras ya o que las horas de teclado y ratón se habían acumulado, no encontraba forma humana de reconciliarme con mis manos, no frías, gélidas, me hacía tanto daño tocarme que no podía ni calentarlas. Si no lo hubiese sabido de antes, ayer habría entendido cuánto me han querido y me quieren para soportar semejantes manos. Para colmo de males, y por asociación evidente de ideas, se me metió en la cabeza una canción antiquísima de Miguel Bosé (por ponerte algún ejemplo te diré… ). Y claro, así no hay quien duerma una siesta pacífica, ni aunque se tenga el ¿consuelo? de tener el corazón caliente.