huele bienLa realidad es tozuda, o eso dicen. Yo tendría que saberlo, si algo debería de poder reconocer es la cabezonería, ya que si tengo el día bueno soy encantadoramente constante y aplicada, y cuando no, adorablemente testaruda (adjetivo yo, sí, y no voy a ser benevolente en estas fechas con todos menos conmigo). Y la realidad, aunque no termina de estropear todo, sí va echando borrones en mis buenos propósitos. Ayer salí para el correspondiente round de compras, toda equipada para el frío (sombrero, abrigo, botas, guantes, etc.) y para la Navidad (mi espíritu navideño), pero el espíritu navideño se evaporó en cuanto entré en un probador, y no por culpa del espejo, ni de los modistos empeñados en vestir efebitos ignorando nuestras caderas (porque ellos luego no aprecian que una las mueva bailando ni nada), sino porque en un instante comprendí que con los perfumes y colonias que vemos en anuncios hasta la náusea, ocurre en muchos casos como con los libros: se regalan, pero no se usan en absoluto, decoran el cuarto de baño o el salón donde no se entra; o se usan mal, y se leen en diagonal añadiendo unas gotas de confusión en ignorancias puras e irredentas o se echan sin criterio sobre el sudor añejo. Es que fue abrir el único probador libre, e invadirme un olor a tocino revenido (que no sé cómo olerá exactamente, pero seguro que muy mal), denso hasta el punto de poder cortarse con un cuchillo. Bueno, lo de que se podía cortar no lo comprobé porque en el bolso no llevo cuchillo (es que llevo el bolso más vacío de lo que el tópico dice, y nada ilegal salvo el tabaco, que está a punto de serlo), y de haberlo llevado quizá más que para el olor lo hubiera empleado en el agente activo del hedor, si hubiera llegado a saber quien era. O sea, que la Navidad no es un mundo donde todo el mundo es bueno (inocente sí parece, por lo menos el presidente electo de Bolivia), atractivo y perfumado. Y encima no pierdo el olfato ni con el trancazo que llevo. Qué chasco.