Cara de ángel
En mi casa, como en otras muchas, los adornos navideños se ponen el dÃa de la Inmaculada. Aprovechamos además para comer juntos todos los que podemos de la familia, rematamos cantando el Mil Albricias (para sonrojo de los ajenos) y prácticamente marcamos de ese modo el comienzo de las fiestas. A partir de ese momento yo, no puede ser de otra manera, me siento poseÃda por el espÃritu navideño, con lo que a mà me gusta lo de ser poseÃda, y llena de paz y amor dejo de mirar las noticias para que los cretinos de guardia no echen borrones en mi recién adquirido pacÃfico y dulce (y temporal) carácter. Tengo que estar vigilante, de todas formas, porque lo malo de la dulzura cuando una no tiene práctica es que termina degenerando en una cosa meliflua, como de fase cariñosa de la intoxicación etÃlica (vulgo cogorza) pero con más equilibrio fÃsico.
Grave del todo creo que no llego a ponerme porque siguen sin gustarme (es más, se puede decir que los sigo aborreciendo) los angelitos aburridos de Rafael que se multiplican igual que los virus y sirven tanto para la carpeta adolescente como para el bote de azúcar en la tienda de regalos; estoy segura de que existe toda clase de objetos decorados con esas caritas que a mà siempre (porque cuando las vi por primera vez no sabÃa que los ángeles no tenÃan sexo, si no hubiera encontrado otra explicación seguramente) me han parecido hastiadas de esperar la foto, cosa lógica porque en pintar un cuadro se tardaba por regla general más que en sacar una instantánea (su propio nombre lo dice) aunque existe algún aficionado a lo de la fotografÃa que tardarÃa menos en sacar unos pinceles, una paleta y trazar unos garabatos, de lo que tarda en que un grupo humano esté a su gusto. Por otro lado, si en el grupo humano estoy yo, se puede apostar a que en el instante mismo de disparar su cámara abriré la boca, cerraré los ojos, pondré un rictus raro, o todo junto que para eso soy multifunción y no sé estarme quieta, y seguramente le estropearé la laboriosa composición; si además se le ocurre al fotógrafo obligarnos a decir patata o mermelada, llegaremos al 99% de posibilidades; y si tiene la brillante idea de soltar lo de «mirad al pajarito», la cosa no tiene remedio de ninguna de las maneras en un rato largo. Suerte que existen las cámaras digitales, y se pueden descartar todas las imágenes que estén mal sin gran dolor de corazón o de bolsillo. Rectifico: suerte relativa, porque siempre habrá quien no descarte nada, monte un bonito deuvedé y te siente en su salón a verlo sin escapatoria: miles de imágenes a ritmo de reproducción lento y con transiciones mareantes; al menos antes, mientras hacÃas como que escuchabas las explicaciones, podÃas pasar de forma rapidita, y hasta cierto punto disimulada, las páginas del álbum.









