Archivo de Enero de 2006

Baila conmigo

patita parriba
No sé si será porque desconozco la manera de bailar en pareja de forma acompasada, y que nadie empiece a sacar conclusiones pseudoloquesea, no es que yo no pueda adaptarme a una pareja, que puedo, es que soy de los tiempos del «¿cuántas veces te he pedido nena, ven conmigo esta noche a la verbena y tú te acabas tranquila tu caña y me dices que soy un hortera que ya no se baila “suspiros de España” que estamos en una nueva era…?» y sin práctica es imposible dejarse llevar ni aprenderse los movimientos de un pasodoble, que en cuanto suena uno en una boda viajo a la barra… No sé si será por esta nueva carencia que reconozco, repito, o porque no soy una jubilada anglosajona de crucero, pero poquitas cosas me resultan más ridículas que los profesionales de los bailes de salón. Me refiero a esas parejas vestidas de patinadores artísticos (otros que tal… ) que para sofisticar los bailes meten pasos de más (tres donde el pueblo da uno) y tela de menos (el otro día vi una camisa para él con la espalda transparente, puesta sobre esos pantaloncitos-mallas terminados en campana tobillera que se gastan, terrible, sin palabras), y son capaces de bailar cualquier cosa no sólo estirados, sino a punto de hacer el pinopuente mientras hacen molinillos con las manos estilizándose hasta la caricatura, que hasta Chayanne resulta amanerado cuando hace esas cosas… Una especie de recolectores de lirios del campo con faja ortopédica y ritmo acelerado de marchador olímpico, pasitos cortos y mucho movimiento de culo (aunque igual técnicamente es «de caderas») que como son menudos y hacen mucho ejercicio, suele ser escurrido. Por lo menos hasta que empieza la orgía de patitas p’arriba, normalmente en ellas que suelen ser más flexibles, y entonces parecen dos luchadores inapropiadamente vestidos representando una pelea de gatas karatekas, en la que ellos esquivan la patada rítmicamente con los brazos a punto de pedir la independencia, en lugar de ser una pareja seduciéndose.
Porque aunque a mí no me gusten los profesionales de los bailes de salón sí me gusta bailar acompañada, que así siempre se le puede echar la culpa al chachachá, aunque por lo general el final del baile sea más bien el movimiento apenas perceptible del bulto que formemos.

La nieve y Japón sin pasar por Fernández Ochoa

bolas de nieveTambién aquí hemos tenido nieve durante el fin de semana. Poca, porque nevó el sábado sólo entre la hora de salir a cenar y la de las primeras copas, más o menos, pero suficiente para no dejarme con la frustración de ser el único sitio sin nevada, pasando el frío que pasamos. La nieve cuando no estamos acostumbrados a ella (y aquí no lo estamos, no suele nevar) altera un poco los planes, así que en lugar de ir al restaurante previsto para la cena nos conformamos con unas raciones en el de la esquina, por aquello de no ir patinando, pero lo que no cambia nunca es acostarte con la esperanza de que durante la noche nieve tanto, tanto, que amanezcas incomunicado. Claro que el deseo era más fuerte cuando iba al colegio y nunca se cumplió tampoco.
Otra cosa que no cambia es que rellenen todos los telediarios con «el temporal» y justamente anoche, viendo uno de ellos, una de las secuencias para ilustrar lo del clima era un niño pequeño, de unos cuatro años quizá, convenientemente equipado para la nieve fuera de una estación de esquí, que miraba confiado y quietecito a la cámara cuando, de repente, plaf, un bolón de nieve aterrizaba en el lado derecho de su cara; tras el pasmo inicial, rompía a llorar desconcertado. El cafre que lanzaba, seguramente familiar, no salía en pantalla en ningún momento, ni aparecía nadie para consolar a la criatura en el tiempo que seguía allí colocado.
Yo creo que este tipo de actitudes con los niños es un efecto pernicioso de la superioridad tecnológica y adquisitiva de los japoneses, y seguramente habrá alguna tesis explicándolo mejor, pero esquemáticamente contaré como he llegado yo a esta conclusión, sencilla y poco comprometida, lo reconozco, al no implicar ninguna «nacionalidad histórica». Los japoneses fueron de los primeros en poseer en masa cámaras de vídeo domésticas. Como cualquier ser humano filmaban a sus familiares, y de entre estos, como es lógico, a sus hijos. Claro, para sacar a los hijos en vídeo es mejor que sean niños que adolescentes, que cuando son adolescentes ya se ponen más huraños y hacen idioteces como poner la mano delante de la cámara porque nunca están presentables y son conscientes de ello; los niños son más desinhibidos aunque generalmente tienen la cabeza grande, y los niños japoneses yo creo que más (o el cuerpo más pequeño, no sé, como menos proporcionado todo, siempre que no pensemos en el Fary o en Óscar Ladoire), lo cual llevó a que los primeros vídeos domésticos que vimos en España fuesen niños japoneses en diversas actividades que terminaban siempre igual: cayéndose vencidos por esas cabezas privilegiadas, justo al contrario que los balancitos, mientras sonaban risas enlatadas. Luego ya hubo una verdadera invasión de vídeos de esos protagonizados por bebés occidentales, a los que sus desaprensivos padres ponían justo al borde del equilibrio, o muertos de sueño delante de la papilla, o incordiando a la mascota hasta que la mascota se revolvía. En pocas ocasiones recuerdo yo haber notado que temblase la mano del cámara aficionado, presuntamente familiar de la criatura, cuando la reacción normal al ver a tu hijo (y no sólo tu hijo, cualquier niño, que para eso tienen esa pinta blandita y cabezona, para producir ternura y ganas de protegerlos) a punto de darse una galleta es soltar el aparato y coger a la criatura. Claro que haciendo eso el niño no saldría en la tele. Seguro que una vez pasado el berrinche, al niño del bolazo de ayer también le compensa, cuando sus padres le enseñen la cinta donde hayan grabado el trozo de telediario y le expliquen que ese día nació un estrellado.

Las niñas bonitas cobran mucho más dinero

la zorra mirando a las gallinasAnoche, durante un breve instante en el que la tele soltó su programación mientras encendíamos el dvd para ver lo que queríamos, en no sé qué cadena, en no sé qué programa (sería un telediario), salió de pronto un señor muy mayor pintado como una mona (ciega, claro), con su boquita descolgada en rojo cereza haciendo juego con sus mejillas arreboladas. Normalmente no sería tan cruel y dejaría pasar la pinta del presunto humano, a fin de cuentas la humanidad lo que es propiamente es fea, porque nos hemos sofisticado tanto buscando los cánones de belleza que lo natural nos resulta extraño, aunque afortunadamente aún deseable, pero es que con el sujeto en cuestión puedo elegir entre fijarme en la pinta y fijarme en sus ¿ideas? y actitudes.
Claro, si me fijo en las actitudes, veo que es un candidato ideal a ilustrar la entrada «paniaguado» del diccionario de la RAE (Real Academia Española sin más, lo de «de la lengua» no va en el nombre) o el bonito cuento de «la zorra cuidando el gallinero», aunque a él seguramente le gustaría más ilustrar la entrada «jacobino» de cualquier enciclopedia, pese a llamar a veces a la moderación, y yo creo que no puede descartar conseguirlo, en cuanto incluyan «jacobino asilvestrado» sería una injusticia de dimensiones inimaginables no ponerle a él, sonriente, al lado.
Como digo, seguramente tendría que centrarme más en su actitud y menos en su aspecto, pero como lo único que tiene solución es lo segundo, desde aquí me permito recordarle que en maquillaje menos es más, que para el rojo en labios y mejillas hay que ser un bellezón, y que a ciertas edades más vale ir discreto, apenas un fond de teint en tono natural que tape las imperfecciones, y un colorete que pase desapercibido. A fin de cuentas las putas viejas son muy respetables, seguro, pero no son un modelo de elegancia, y basta con que comparta con ellas la falta de jubilación a tiempo. Además, la elegancia es importante en un gobierno donde sólo hay imagen, y eso a ratos.

Suicidio cotidiano

resignación
De entre todas las virtudes que no me adornan, pocas habrá más contrarias a mi naturaleza que la resignación, porque para tenerla es necesario poseer también, entre otras cosas, paciencia, y a mí no me repartieron de eso al nacer ni he sido capaz luego de hacerme con un capitalito para tiempos peores. Quizá alguna vez pueda parecer resignada a un observador poco atento, pero lo que me habrá ocurrido es que he perdido todo interés en el asunto y no hay, o no suele haber, forma humana de recuperarlo; pero si no lo he perdido, seguiré rebelándome (en plan poético, que siendo realista es más dando cabezazos contra el muro) aunque el resto del mundo vea que no hay esperanza. Si fuese cierto que existe un infierno personal, pensado a la medida de cada uno para penar hasta el fin de los tiempos, el mío estaría pintado de gris, eternamente resignada, aburrida, conformada, viendo pasar el mundo fuera.
Me ocurre todo lo contrario que a los españoles como pueblo. Seguramente habrá quien lo atribuya a nuestra herencia cristiana, pero yo creo más bien que responde a que en la era de la Tolerancia (que fue la anterior a la de la Cacerolada y a la del Talante), la practicaron tanto que ahora la aplican en cualquier circunstancia. Porque aunque resignarse sea aburrido, es también menos cansado que luchar.
Así que no te alegres cuando no me importe lo que hagas, es que ya no me importarás tú.

La resignación es un suicidio cotidiano. Balzac

Alone in the dark

Pocas cosas habrá más engañosas en la vida que una descripción objetiva de algo o de alguien, porque los hechos o los datos los reorganizamos luego en nuestra imaginación según los patrones que tenemos establecidos, para bien o para mal. No me refiero a la leyenda esa que corre por Internet de que en los chats y demás todas las jovencitardiente, nenacachonda, sexi17 y similares son respetables señores barbudos o jovenzuelos con granos, que ahí más que nada lo que hacen, si es que lo hacen, es mentir, sino a cuando uno da datos reales pero el resultado al montarlos no es una imagen exacta del objeto o sujeto descrito.
El sábado por la noche (en realidad y para ser exactos cuando hacía pocas horas que habíamos estrenado el domingo, pero la mayor parte de la gente no «cambia de día» hasta que se levanta de la cama) pensaba en ello con mi copa sobre la mesa mientras miraba alrededor. Frente a mí había un grupo de personas de esos que en cuanto se encuentran se escinden por sexos (ellas a un lado de la barra, ellos al otro, separados por una esquina), que es una cosa que yo no he terminado de entender nunca, y que además me fastidia bastante cuando de forma inevitable me ha tocado salir con uno de esos grupos; no sé si la separación por sexos será un producto de la educación recibida, o una sabia medida de profilaxis para evitar que con el roce nazca el cariño y termine el grupo en un totum revolutum secreto o discreto de intercambio de parejas. En el subgrupo femenino había un ejemplar que además resultaba bastante ubicuo (por eso me fijé en ella, y por ella en ellos) cuya descripción, si alguien se la hubiera pedido, seguramente sería «rubia, pelo ondulado, alrededor de 1,80 de estatura (a voleo, yo sigo sin poder calcular pesos, medidas y edades; pero era poco más alta que yo con tacones), ojos rasgados». Ella no mentiría y en la mente de gran parte de quienes escuchasen estos datos se formaría una especie de diosa de la belleza; si además hubiera podido añadir que los ojos eran azules o verdes (no lo sé, no había tanta luz y yo salgo sin gafas ni lentillas, como para ver sólo lo que tengo encima) el dibujo sería irresistible para casi cualquiera. Y sin embargo, desde que me fijé en ella la bauticé como «lanzadora de peso de la (ex)RDA».
De lo cual deduzco dos cosas: que lo de las autodescripciones es una cosa muy absurda que no sirve en absoluto para nada (a saber qué se encontrarán los usuarios de pilinguis cuando llamen a estudiante juguetona pecho 100), y que más vale no tardar mucho cuando por imponderables de la vida se me deja sola.

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