Baila conmigo

No sé si será porque desconozco la manera de bailar en pareja de forma acompasada, y que nadie empiece a sacar conclusiones pseudoloquesea, no es que yo no pueda adaptarme a una pareja, que puedo, es que soy de los tiempos del «¿cuántas veces te he pedido nena, ven conmigo esta noche a la verbena y tú te acabas tranquila tu caña y me dices que soy un hortera que ya no se baila “suspiros de España†que estamos en una nueva era…?» y sin práctica es imposible dejarse llevar ni aprenderse los movimientos de un pasodoble, que en cuanto suena uno en una boda viajo a la barra… No sé si será por esta nueva carencia que reconozco, repito, o porque no soy una jubilada anglosajona de crucero, pero poquitas cosas me resultan más ridÃculas que los profesionales de los bailes de salón. Me refiero a esas parejas vestidas de patinadores artÃsticos (otros que tal… ) que para sofisticar los bailes meten pasos de más (tres donde el pueblo da uno) y tela de menos (el otro dÃa vi una camisa para él con la espalda transparente, puesta sobre esos pantaloncitos-mallas terminados en campana tobillera que se gastan, terrible, sin palabras), y son capaces de bailar cualquier cosa no sólo estirados, sino a punto de hacer el pinopuente mientras hacen molinillos con las manos estilizándose hasta la caricatura, que hasta Chayanne resulta amanerado cuando hace esas cosas… Una especie de recolectores de lirios del campo con faja ortopédica y ritmo acelerado de marchador olÃmpico, pasitos cortos y mucho movimiento de culo (aunque igual técnicamente es «de caderas») que como son menudos y hacen mucho ejercicio, suele ser escurrido. Por lo menos hasta que empieza la orgÃa de patitas p’arriba, normalmente en ellas que suelen ser más flexibles, y entonces parecen dos luchadores inapropiadamente vestidos representando una pelea de gatas karatekas, en la que ellos esquivan la patada rÃtmicamente con los brazos a punto de pedir la independencia, en lugar de ser una pareja seduciéndose.
Porque aunque a mà no me gusten los profesionales de los bailes de salón sà me gusta bailar acompañada, que asà siempre se le puede echar la culpa al chachachá, aunque por lo general el final del baile sea más bien el movimiento apenas perceptible del bulto que formemos.


También aquà hemos tenido nieve durante el fin de semana. Poca, porque nevó el sábado sólo entre la hora de salir a cenar y la de las primeras copas, más o menos, pero suficiente para no dejarme con la frustración de ser el único sitio sin nevada, pasando el frÃo que pasamos. La nieve cuando no estamos acostumbrados a ella (y aquà no lo estamos, no suele nevar) altera un poco los planes, asà que en lugar de ir al restaurante previsto para la cena nos conformamos con unas raciones en el de la esquina, por aquello de no ir patinando, pero lo que no cambia nunca es acostarte con la esperanza de que durante la noche nieve tanto, tanto, que amanezcas incomunicado. Claro que el deseo era más fuerte cuando iba al colegio y nunca se cumplió tampoco.
Anoche, durante un breve instante en el que la tele soltó su programación mientras encendÃamos el dvd para ver lo que querÃamos, en no sé qué cadena, en no sé qué programa (serÃa un telediario), salió de pronto un señor muy mayor pintado como una mona (ciega, claro), con su boquita descolgada en rojo cereza haciendo juego con sus mejillas arreboladas. Normalmente no serÃa tan cruel y dejarÃa pasar la pinta del presunto humano, a fin de cuentas la humanidad lo que es propiamente es fea, porque nos hemos sofisticado tanto buscando los cánones de belleza que lo natural nos resulta extraño, aunque afortunadamente aún deseable, pero es que con el sujeto en cuestión puedo elegir entre fijarme en la pinta y fijarme en sus ¿ideas? y actitudes.







